Una Barcelona invisible: Can Peguera (II)

El verdugo era un mecanismo del sistema, pero cuando la sangre brota caliente estos matices quedan anulados por la rabia, otro juego a favor del poderoso, siempre triunfante en su dominio de la estructura

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Hay una extraña concatenación de casualidades. Muchas veces he repetido eso de que no lo son, y es cierto. Hoy quería escribir sobre Can Peguera, y lo haré, pero no desde la perspectiva pensada a lo largo de la semana, cuando mientras meditaba el texto me enfrasqué en otro artículo sobre verdugos y, de repente, la hemeroteca me llevó a una noticia relacionada con el tema de estas páginas.

La nota es del diez de febrero de 1935 y reza lo siguiente: “Crimen en San Andrés. Un hombre muerto a tiros. Anoche se comunicó en la Jefatura superior de Policía a los informadores que a primera hora de la tarde había sido muerto a tiros, en un bar sito en la calle Eduardo Tubau de la barriada de San Andrés, Federico Muñoz Contreras, de 55 años, natural de Cuenca y habitante en las casas baratas de Horta, número 2 U. Fue trasladado al Hospital Clínico ya cadáver. Presentaba las siguientes heridas de bala: una en la oreja izquierda, otra en la parte inferior de la región malar y la tercera en el lado izquierdo.”

El breve informaba de dos individuos a la fuga, y una imagen posterior de La Vanguardia precisaba la identidad de la víctima, el verdugo de la Audiencia de Barcelona, y claro uno se emociona con estas cosas, sobre todo en este caso al saber del lugar de residencia del finado, ni más ni menos, ni menos ni más, que el polígono de Can Peguera, por aquel entonces sin nombres en sus calles y extrañas numeraciones en los domicilios.

Como entenderán aquí había una historia, y lo precario de este funcionario me hizo remontarme al más ilustre de sus antecesores, ese pobre desgraciado famoso en toda la ciudad y rechazado a partes iguales, hasta el punto de asistir a las sesiones judiciales al vetarle el respetable frecuentar los teatros, y no sólo eso, pues en más de una ocasión le impidieron subir al tranvía, como si no fuera poca la carga de ejercer tamaña responsabilidad durante más de cuarenta años trufados de célebres ejecuciones y la frustración de ver como desde 1900, mediante la Ley Pulido, se quedaba sin asistentes a sus actos, él, tan amante de aplausos y voceríos, no en vano declaró aquello de querer ser torero por amor a la sangre exhibida en la arena, como si su labor estuviera vinculada a personas expectantes por observar su maestría con el garrote vil.

Nicomedes, quien perdió un hijo en una pelea y a una hija por suicidio, también vivió alejado del mundanal ruido, más concretamente entre canarios en el número 270 del carrer Verdi, más arriba de travessera de Dalt, donde la antigua calle de las monjas se empina casi como en una etapa del Tour. Falleció en 1912 y desde entonces nada fue lo mismo en su eximio gremio.

De hecho, Federico Muñoz, heredó la macabra tarea de Méndez tras ser asesinado Rogelio Pérez Vicario a manos de los anarquistas. Durante su reinado sólo terminó con la vida de dos delincuentes, en parte porque durante dos breves años de la Segunda República se anuló la pena de muerte, retomándose durante el bienio conservador por casos de terrorismo.

Es fácil cavilar sobre su soberano aburrimiento, y por eso mismo acudió a una taberna de toda la vida, la ilustración de La Vanguardia muestra un tugurio típico de aquellos tiempos, en el 19 de Eduard Tubau, hoy en día una calle cercana a la flamante plaça de la República de Nou Barris, un lugar estrecho, una línea recta tranquila, a priori sin mucha historia. La casa de los hechos aún permanece en pie. Lo vigilaban y terminar con sus días no resultó complicado. Quien disparó pidió un vermut, algo extraño para las tres y media de la tarde. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos.

Muñoz Contreras dejó viuda e hijos, quienes acudieron a la audiencia para reclamar sus pertenencias. Al cabo de tres días la prensa notificaba la detención de tres individuos, dos de ellos bien fichados por la policía. José González era un atracador de bajos vuelos, mientras Genís Urrea un ácrata con cierta fama en ese instante donde toda Barcelona se hallaba en tensión por los continuos enfrentamientos entre miembros de la CNT y escuadrones de camisas verdes de Estat Català. Estas escaramuzas, por ser suaves, tuvieron su momento álgido el 28 de abril de 1936, cuando a la altura del número 38 del carrer Muntaner fueron asesinados los hermanos Badia, reputados parafascistas implicados sin duda en los hechos de octubre de 1934.

En ese mismo sitio Santiago Rusiñol tuvo un taller, como recuerda una placa. Al lado siempre hay una corona de flores y hasta Quim Torra, por supuesto antes de ser President, acudió en más de una ocasión a dedicar palabras de honor a esos héroes de su panteón.

Pero bien, volvamos al asunto que nos concierne. Genís Urrea fue indultado en abril de 1936. Cuando estalló la Guerra volvió de Francia, donde estaba fugado, y se hizo agente de la Generalitat. Otro extracto periodístico de 1941 lo sitúa con toda probabilidad en la cárcel Modelo, acusado de apoyo a la rebelión. En 1952 fue uno de los últimos fusilados en el tétrico Camp de la Bota, espacio de memoria desde hace bien poco, pues durante los fastos nefastos del Fórum de las Culturas nadie pensó en los condenados por el Franquismo.

Si habéis llegado hasta aquí tenéis toda la razón en dudar. Falta un elemento. Nunca se supo a ciencia cierta el motivo del homicidio. Con toda probabilidad obedeció a una venganza por el último servicio del verdugo, datado el 21 de diciembre de 1934, cuando cumplió con su cometido y liquidó a Andrés Aranda, un anarquista culpable de haber matado a otro hombre en el curso de un atraco.

Como Can Peguera ha cambiado poco o nada a lo largo de las décadas me gustaría saber el inmueble exacto donde residió Muñoz Contreras. No lo sabré, pero en cambio sí puedo verificar su penuria, la misma de sus sicarios, como si así quisieran dar la razón a Pier Paolo Pasolini, quien durante el marzo de 1968 italiano ya avisó del sinsentido de atentar contra los policías, iguales en miseria al ser elegidos entre las clases bajas. El verdugo era un mecanismo del sistema, pero cuando la sangre brota caliente estos matices quedan anulados por la rabia, otro juego a favor del poderoso, siempre triunfante en su dominio de la estructura.

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