¿Quién teme a las fake-news?

El Consejo Audiovisual de Catalunya ha puesto en marcha un ambicioso y elogiado programa llamado eduCAC que se propone incidir en diversos aspectos de la educación mediática. El punto de partida fue la elaboración de unos materiales, talleres, formación de maestros y educadores del mundo del ocio, la atención a las familias, o la colaboración entre los medios de comunicación locales y las escuelas

Salvador Alsius
 
 
 
El diccionari Oxford va crear el terme 'fakenews' per explicar la construcció i difusió de mentides com a forma d'arribar al poder, o de mantenir-s'hi | Wikipedia

El diccionari Oxford va crear el terme 'fakenews' per explicar la construcció i difusió de mentides com a forma d'arribar al poder, o de mantenir-s'hi | Wikipedia

Desde hace un par de años mal contados hay una ola de miedos que se han apoderado de educadores y de familias. El miedo a las fake news, el miedo al big data, el miedo a los videojuegos… A propósito de estos temas, lo primero que hay que hacer es desangustiar un poco. Entre los años 70 y 80 se vivió con otro temor, en aquella época generado por la televisión, calificada despectivamente como «la caja tonta». Entonces, como ahora, se temía que aquella pantalla fuera portadora de todo tipo de ideas o de gustos que apartaran a los niños y jóvenes del recto camino.

Nada nuevo bajo la capa del sol, ni entonces ni actualmente. En el siglo XIX ya hubo un enemigo a combatir por parte de las mentes bienpensantes. Era la novela. Un género literario que era mirado con recelo porque podía llenar de pájaros la cabeza de los adolescentes. Y ya en pleno siglo XX el «sospechoso habitual» pasó a ser el cine. Los que tenemos una cierta edad podemos atestiguar cómo nuestros padres tomaban unas precauciones exageradas sobre los males que películas bastante inocentes podían infligir a nuestras neuronas o a nuestro sistema de valores.

El interés por la educación mediática ha ido oscilando al compás de estas aprensiones. Ciertamente lo hubo cuando el caballo de batalla era enseñar a mirar críticamente la televisión (en el mejor de los casos, porque había quien en suma recomendaba no mirarla en absoluto) y ha renacido ahora ante el síndrome de la pantallitis aguda que nos aflige. Sería muy recomendable, por tanto, mirarse la necesidad educativa en este terreno de una manera no tan reactiva y un poco más proactiva. Pero en todo caso, hoy por hoy, bienvenida sea esta reacción si no se convierte en un arrebato o en un puro recetario para salir del paso.

Tomamos el asunto de las fake-news. O de la desinformación, como los sabios nos dicen que deberíamos llamar a esta nueva plaga. En todas las mesas redondas, jornadas y debates que se han hecho sobre la cuestión siempre se suelen mencionar tres recetas. La primera es la legislación. Algunos países como Alemania o Francia han intentado hacer algo en este sentido. Pero es mala pieza en el telar, por dos motivos: en primer lugar porque ya se sabe que es difícil poner puertas al campo; y en segundo lugar porque las restricciones siempre acaban topando con el principio sagrado de la libertad de expresión.

La segunda recomendación es el fomento del periodismo de calidad, a través de mecanismos como los códigos deontológicos, las guías editoriales o libros de estilo, los defensores de los lectores, etc. Aquí el problema, además de que algunos piensan que todo esto es papel mojado, es que cada vez cuesta más determinar qué es y qué no es el periodismo de calidad. El señor Trump, por ejemplo, tiene sus ideas particulares sobre este concepto. Y la tercera fórmula que se invoca es la educación. La educación mediática, la educación informacional, la educación digital o combinaciones de estos términos. Y aquí sí, curiosamente, todo el mundo está de acuerdo. Entre otras razones porque decirlo, sólo decirlo, sale gratis y no compromete a mucho.

Pero como decíamos, bienvenida sea esta generalizada devoción si realmente sirve para sentar las bases para tomar en serio de una vez por todas el tema este de la educación en, con y para los medios de comunicación. Y existen algunos indicios para pensar que empieza a ser así. Uno de ellos, por ejemplo, es lo que dice al respecto la Nueva Directiva Europea sobre servicios audiovisuales. Este documento, aprobado por el Parlamento Europeo el pasado otoño, viene a ser una «ley de leyes» que pone al día la normativa a la que deben atenerse todos los países miembros respecto a una serie de cuestiones sobre el panorama televisivo, que tantas transformaciones está experimentando en los últimos tiempos. Esta normativa ya no se refiere sólo a la televisión convencional que ha influido nuestras vidas durante las últimas cinco o seis décadas,

Pues bien, la Directiva se refiere también a la educación mediática como un deber imperativo que deben asumir y canalizar todos los Estados miembros y que, dice textualmente, «no debe limitarse al aprendizaje de las herramientas y las tecnologías sino que debe tener el fin de aportar a los ciudadanos el pensamiento crítico necesario para discernir, analizar realidades complejas y reconocer la diferencia entre opiniones y hechos».
Efectivamente, ahora y siempre el concepto clave es el fomento de la actitud crítica. En este sentido la educación mediática entronca con las corrientes más actuales de la pedagogía, suficientemente conocidos por los lectores. Pero curiosamente las autoridades administrativas, así como otros pesos pesados ​​del mundo educativo o los maestros a pie de obra, no le han acabado de poner nunca la atención debida. Y eso a pesar de que todo el mundo sabe y reconoce que el mundo de las pantallas es lo que realmente motiva actualmente a los escolares… ¿Qué hay detrás de esto? Posiblemente algunos factores, de entre los cuales uno no menor es el respeto que todavía genera el desconocimiento del utillaje y los lenguajes que precisa la expresión audiovisual.

Entre los actores que últimamente han tomado la responsabilidad, si no resolver, sí al menos de paliar los déficits acumulados están, a nivel europeo, los organismos reguladores de los medios audiovisuales que, en muchos casos, más allá de sus funciones como «guardias urbanos» de las ondas, se han tomado muy en serio la tarea de contribuir a formar una ciudadanía bien informada y bien formada. Este es el caso del Consejo Audiovisual de Catalunya, que ha puesto en marcha un ambicioso programa llamado educacin que se propone incidir en diversos aspectos de la educación mediática: la realización de talleres en las escuelas, la formación de maestros y educadores del mundo del ocio, la atención a las familias, la colaboración entre los medios de comunicación locales y las escuelas, etc.

El punto de partida fue la elaboración de unos materiales que han sido elogiados por propios y extraños y que pueden encontrar en www.educac.cat. Allí se reúnen doce unidades didácticas sobre el mundo de la información, la ficción y la entretenimiento, la publicidad y la identidad digital, así como diversas propuestas de actividades de aula, varios itinerarios temáticos que enfatizan aspectos como la perspectiva de género o la diversidad cultural, y también unos tutoriales que pueden servir para acabar de vencer el respeto que tienen algunos enseñantes los utensilios necesarios para las nuevas formas de expresión que, les guste o no, son ahora tan presentes en el entorno vital de sus alumnos.

Salvador Alsius
Sobre Salvador Alsius

Periodista. Vicepresident del Consell Audiovisual de Catalunya (CAC) i coordinador del programa eduCAC Contacto: Twitter | Más artículos

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