La sentencia y la educación (1): «A mí sólo me hace callar la mama»

Proponemos la creación del Premio Ondas a la Comunicación insumisa. Premio que, sin necesidad de deliberaciones, habría que dar al chico o chica que creó la pancarta que dice: "A MI SOLO ME HACE CALLAR LA MAMA". Una muy acertada e ingeniosa crítica a la represión, a la vez que una oportuna reivindicación de la educación familiar y de la autoridad de las mamás. Felicitaciones al ganador de este premio a la insumisión creativa

Ana Yuste | Jaume Trilla
 
 
'A mi només em fa callar la mama' | Foto Twitter: @Bertacado

'A mi només em fa callar la mama' | Foto Twitter: @Bertacado

En una de las tertulias sobre los hechos derivados de la sentencia del Tribunal Supremo que estos días proliferan en los medios de comunicación, alguien se preguntó, retóricamente: «¿De dónde han salido estos chicos que hacen frente a la policía y queman contenedores?». Decimos que era una pregunta retórica, ya que el tertuliano tenía bien clara su respuesta. Más o menos vino a decir esto: «Los chicos y chicas que estos días están creando en la calle los disturbios violentos que contemplamos por televisión son el resultado directo del adoctrinamiento independentista que han recibido en los centros educativos catalanes». Ya sabemos que, para un sector muy beligerante contrario a la causa soberanista, el presunto adoctrinamiento escolar -unido a la inmersión lingüística y a la supuesta parcialidad extrema de los medios de comunicación catalanes de titularidad pública- es la causa de todo lo que está pasando ahora en las calles de nuestras ciudades.

Esta es una muestra más de la gran simplicidad -por no decir frivolidad- con la que a menudo se interpretan los procesos educativos; unos procesos que, por su propia naturaleza, suelen ser extraordinariamente complejos. Porque lo cierto es que aquellas chicas y chicos que ahora queman contenedores han salido del mismo sistema educativo del que provienen los chicos y chicas independentistas que no queman contenedores; los chicos y las chicas ultras que el otro día agredían a pacíficos manifestantes independentistas; las chicas y los chicos que se quedan en casa; o también los hombres y mujeres que ahora son Mossos d’Esquadra.

Del mismo modo que mucha de la gente mayor que ha estado participando en las manifestaciones y marchas independentistas se formó en el mismo sistema educativo franquista que formó (¿formar?) a todo el grupo de viejos fascistas que aún sienten nostalgia de la dictadura. La educación es así de hipercompleja. La mezcla de los múltiples influjos educativos que se reciben (familiares, escolares, informales…), filtrados y depurados por la individualidad de cada uno y por su libre albedrío, hace posible que el hijo de un Guardia Civil pueda convertirse en votante convencido de un partido independentista, o que un lector empedernido del diario ABC provenga de una familia de raíces republicanas.

Con este reconocimiento de la gran complejidad de los procesos educativos, no estamos defendiendo que la educación sea un fenómeno totalmente aleatorio o imprevisible. Si creyéramos eso pararíamos ahora mismo de escribir este artículo y también nos daríamos de baja de nuestro oficio: ¿qué sentido tendría dedicarse a la pedagogía si creyéramos que los resultados de la educación siempre serán inevitablemente del todo azarosos?. Si nos dedicamos a la pedagogía es porque estamos convencidos de que hay procesos formativos convenientes y otros que son muy perniciosos; métodos eficaces y eficientes y otros que no lo son tanto o que no lo son en absoluto; valores que se pueden potenciar exitosamente a través de la educación y contravalores que deberían aniquilar también por medio de la educación… Todo esto no quita el reconocer que un cierto grado de imprevisibilidad en los resultados estará siempre presente en el educación; al menos, mientras no nos hayamos convertido todos en robots.

Pero vamos a la propuesta de que los amigos de la Fundació Periodisme Plural nos hicieron hace unos días: un artículo sobre la sentencia del Supremo y la educación. De entre las diferentes vertientes posibles de esta relación nos hemos decidido por dos de ellas que comentaremos en sendos artículos. En este, veremos algunos de los aprendizajes informales provocados por toda esta movida de la sentencia. La segunda entrega la dedicaremos al tratamiento de la sentencia en los centros educativos.

La sentencia y la educación informal

La educación informal es riquísima: tan rica como contradictoria. A diferencia de la educación formal (que necesariamente debe elegir sus contenidos), la educación informal no es selectiva; es un fiel reflejo de la realidad social y, por tanto, informalmente se pueden aprender cosas positivas y cosas negativas, valores y contravalores, verdades y mentiras …

Comenzaremos con un ejemplo negativo que muy oportunamente ha sugerido Jaume Cela en un artículo reciente del  Diario de la Educación. Un ejemplo que, además, nos sirve ahora para ligar la educación formal con la informal. Decía Jaume en el artículo más breve que, según afirma, ha publicado nunca: «Será difícil, muy difícil, explicar a Montesquieu, conversar sobre la separación de poderes en las aulas de secundaria o en la universidad». Ciertamente, una de las cosas más tristes que hemos podido aprender con la sentencia, antes de la sentencia y después de la sentencia, es que la separación de poderes predicada por Montesquieu no ha existido en España, al menos, en todo lo referente al Procés. Y esto, a pesar de lo que no se cansan de afirmar ampulosamente los mismos que se han dedicado a mezclar los poderes de la manera más burda. Como ya se ha puesto de relieve: si en España la separación de poderes fuera tan real como dicen, no sería necesario hacer tanta propaganda.
Sin embargo, nos permitiremos añadir un complemento al breve artículo de Jaume. Es cierto que para explicar bien cualquier cosa es bueno utilizar ejemplos positivos; es decir, los que muestran, mediante casos y experiencias exitosas, qué y cómo se debe hacer. Pero hay que reconocer que a menudo los ejemplos «a contrario» también son muy didácticos. Hay que ser optimistas y pensar que, en un futuro -si es cercano, mejor- los libros de texto, cuando expliquen Montesquieu, pondrán como ejemplo de una clara violación del principio de la separación de poderes los caso de la España de estos días. Vaya…, que los hechos más nefastos también puede desprenderse algún aprendizaje positivo. Ya lo escribía Walt Whitman en su libro más conocido:

“¿Has aprendido lecciones sólo de quienes te admiraban, y eran tiernos contigo, y te cedían el paso? ¿No has aprendido grandes lecciones de quienes te rechazan y se unen contra ti?, ¿o te tratan con desprecio o te disputan el paso?” (Hojas de hierba).

Vamos ahora a algo positivo que informalmente hemos aprendido durante esta movida: el montón de conocimientos jurídicos que hemos tenido que adquirir para entender un poco todo lo que estaba pasando. Conceptos, procedimientos, leyes…: requisitos exigibles a los delitos de rebelión o de sedición, si estos delitos tienen su correspondencia en otras legislaciones europeas, cómo no se debe pedir una extradición, de quién depende la fiscalía, qué es el abogacía del estado, el gran poder que tiene el presidente de un tribunal, condiciones y límites de la prisión preventiva y de la libertad condicional, las penas máximas y mínimas de los delitos, etc. etc. Estos días no nos hemos cansado de escuchar, con gran interés y atención, a catedráticos de derecho y otros expertos aleccionándonos sobre todo esto. Desconocemos si toda esta movida habrá hecho crecer las vocaciones jurídicas y si, en los próximos años, aumentará la matrícula en las facultades de Derecho, pero lo que sí se puede confirmar es que la cultura jurídica del país se ha ampliado significativamente: «no hay mal que por bien no venga».

Un aspecto no tan positivo es que, informalmente, pero con toda la premeditación del mundo, algunas instancias -políticas, judiciales, policiales, mediáticas … – han intentado poner en práctica una especie de educación preventiva. Han querido educar en el miedo escarmentando al personal: «Si la haces, la pagas» y «si sigues, ya sabes lo que te va a pasar». De hecho, muchos castigos incluyen esta voluntad de escarmentar. Escarmiento que, además, han querido hacer extensivo, de forma vicaria, al conjunto de la población; es el castigo ejemplar : «Vigila, que si haces como ellos …». En estos momentos tampoco sabríamos decir si esta manía para escarmentar ha tenido el éxito que los escarmentadors pretendían.

Los condenados, que no manifiestan ningún tipo de arrepentimiento, afirman que lo volverían a hacer. Y, por su parte, los seguidores de los condenados, en vez de coger miedo, parece que la sentencia les ha alentado y reafirmado en su independentismo. El castigo -y menos el vengativo, injusto y desproporcionado- no siempre es eficaz; a veces es muy contraproducente y dificulta aún más la consecución de los objetivos del verdugo.

Más cosas que hemos aprendido. Algunas que ya sabíamos sobre el lenguaje, pero que últimamente hemos podido ver amplificadas hasta límites inconcebibles. Sabíamos que las palabras son polisémicas, pero no sabíamos que lo son tanto como en la sentencia se recuerda. La palabra que ha salido peor parada es sin duda la de «violencia». Se ha dicho, por ejemplo, que también es violencia lo que hicieron los que decidieron ir pacíficamente a votar; y aún es más violencia lo que hicieron aquellos que lo organizaron todo (urnas, papeletas, colegios electorales …) para que los que quisieran pudieran ir a votar pacíficamente. Dicen que todo esto también es violencia ya que de esta manera obligaron a las fuerzas policiales españolas a usar la violencia.

Dicho de manera más sencilla: si no hubiera habido urnas ni votantes, éstos se habrían ahorrado los porrazos y las balas de goma; la culpa pues de la violencia es de los que pusieron las urnas y los que decidieron introducir un papelito. Esto, más que polisemia ya es retorcimiento del discurso y manipulación flagrante de las palabras.

Seguimos con las palabras. También estamos aprendiendo ahora que hay palabras tabú, expresiones que está prohibido utilizar en los medios de comunicación: «presos políticos», etc. Quizás los niños lo asociarán a cuando en casa les prohíben o recriminan el uso de ciertas palabras: «¡No digas tacos!», «Es muy feo que digas palabrotas», «¡No seas malhablado!»… Para las Juntas Electorales, «exilio «es como una palabrota. Sin embargo, hay que reconocer que esta clase de prohibiciones tampoco sirven de gran cosa. Si acaso, a veces tienen efectos formativos indirectos e indeseables por los prohibicionistas: pueden contribuir, por ejemplo, el desarrollo de la creatividad.

En este sentido y ya para acabar, proponemos la creación del Premio Ondas a la Comunicación insumisa. Premio que, sin necesidad de muchas deliberaciones, este año habría que otorgarlo al chico o la chica que se ha inventado esta pancarta que dice: «A MI SOLO ME HACE CALLAR LA MAMA». Una muy acertada e ingeniosa crítica a la represión que pretende imponer la sentencia, a la vez que una oportuna reivindicación de la educación familiar y de la autoridad de las mamas. Felicitaciones al ganador  in pectore  de este premio a la insumisión creativa.

Ana Yuste | Jaume Trilla
Sobre Ana Yuste | Jaume Trilla

Professors de la Facultat d’Educació de la Universitat de Barcelona Más artículos

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