La reina Victòria y las trescientas familias

La cronología, ese marzo de 1939, y la mucha prisa que tenían los ocupantes para alterar el callejero, delata un gusto por las monarquías y su árbol genealógico. Cuando el actual Ayuntamiento pensó en cambiarlos, o al menos eso dijo en 2015, quizá se echó para atrás en estos rincones al comprobar cómo forman parte de una ciudad ajena a esas polémicas y muy peligrosa si se le toca un poco las narices

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Jordi Corominas

Jordi Corominas

La línea divisoria entre Monterols y la zona del Turó Park es la vía Augusta. Una vez la descendemos entramos en el carrer de la reina Victòria, y no alude a la británica abuela de Europa, o tempora o mores, sino a la mujer de Alfonso XIII. El bautizo de este tramo aislado como todo el conjunto de las últimas semanas se estableció el 7 de marzo de 1939 para reemplazar a Mariana Pineda.

La fecha y la metamorfosis están repletas de simbolismo, aunque si uno pasea por esa recta entenderá el trasvase desde la arquitectura. Salvo una finca con aspecto de haberse construido con anterioridad casi todas remiten a un estilo propio de los tiempos victoriosos del primer Franquismo, cuando la Diagonal devino la avenida más emblemática de Barcelona y empezó a cimentarse el prestigio del upper como lugar característico de riqueza.

Algunos historiadores de la época mencionan arbustos para tapar los restaurantes de este bulevar, a recuperar para la ciudad, con el objetivo de no ostentar tanta diferencia entre las clases pudientes y los derrotados. Si se ascendían unas pocas calles la discreción desaparecía al ser innecesaria desde un sosiego absoluto, casi monótono.

La Historia explica el por qué todo este perímetro pasó a ser una cuna experimental para las nuevas tendencias. El racionalismo olía a República, pero sus artífices eran talentosos, y los gerifaltes de la urbe no iban a desperdiciarlos de buenas a primeras.

Jordi Corominas

En los números 24 y 26 de Reina Victoria encontramos dos inmuebles con características similares. El primero sirve para comprender la sociología del barrio, pues fue encargado al modesto arquitecto Bartomeu Llongueras por Delmiro Rivière, jefe del homónimo grupo empresarial de telas metálicas con mucho reconocimiento antes y después de la contienda civil. Figuraba en muchas notas de sociedad, y cuando murió en noviembre de 1964 a los cincuenta y tres años todo el abolengo condal se congregó en su entierro y funeral, celebrado, como no podía ser de otra manera, en la cercana iglesia de San Gregorio Taumaturgo.

El bloque responde a las novedosas premisas de los mandamases de aquel entonces. Al estar ubicada en la esquina con Modolell debía destacar por encima de las demás, y eso reluce en su entrada, fastuosa en contraste con esos materiales propios de la extraña y hegemónica mezcla durante aquel período entre racionalismo y novecentismo. Tiene una tribuna artificial en el centro, con frontones en el primer y el cuarto piso, mientras los tramos laterales despliegan esa obra vista como si quisieran conectarse con la vivienda contigua, de la que hablaremos en el siguiente párrafo. La culminación tiene forma de mansarda geométrica, como si Llongueras quisiera poner su particular guinda.

El número 26 tiene más empaque por su autor, Pere Benavent de Barberà, uno de esos nombres desaparecidos del prestigio pese a ser omnipresentes en la cuadrícula urbana. De entre sus proyectos mi favorito es uno de su etapa vinculada al GATPAC, la casa Jacint Esteva, en el cruce de passeig de Gràcia con Rosselló.

Me fascina por atrevido al romper con el resto del paseo, más asociado con el Modernismo. La fachada brilla por su desnudez y dos tribunas, única concesión al pasado, como ejes prismáticos. En la parte de abajo algunos recordarán el restaurante La puñalada, enclave de una mitificada tertulia con Josep Pla entre sus visitantes de más relumbrón.

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Su pieza en Reina Victoria parece obedecer a un entendimiento con Llongueras desde la jerarquía familiar, pues a partir de mis pesquisas puedo deducir sin mucho temor a equivocarme la relación de parentela de Ángeles Rivière con Delmiro. En el catastro el inmueble correspondía a su marido Antoni Pons, finado en 1993 y presidente de la Sociedad de Propietarios entre 1975 y 1981, aunque previamente la hemeroteca lo sitúa junto a su mujer en muchos saraos benéficos y fiestas de alto copete.

La casa Antoni Pons es más ortodoxa en sus soluciones, si bien se adecúa a la moda sin mucho estrépito. Es más baja que su antecesora, de ahí la mención a los rangos, y desde la simetría quiere ser más armónica y menos estruendosa por el uso de pilastras estriadas con capiteles, frontones y balaustradas de piedra corrida.

La apuesta cromática es arquetípica al combinar el rojo del falso ladrillo con el blanco en los sectores más remarcables, con algo de fantasía en la mansarda, donde las chimeneas como los sutiles balcones panorámicos demuestran gran conocimiento del oficio desde la experiencia de haber transitado por varias épocas y adaptarse a todas para sobrevivir, no en vano Benavent de Barberà fue discípulo de Sagnier y el maestro era el número 1 en esa tesitura.

Para terminar, no está de más reflexionar sobre el nomenclátor. Cada distrito tiene su idiosincrasia y la mayoría de nombres resistentes de la barrida franquista se encuentran entre Sarrià y Sant Gervasi. La cronología, ese marzo de 1939, mucha prisa tenían los ocupantes para alterar el callejero, delata un gusto por las monarquías y su árbol genealógico. Cuando el actual Ayuntamiento pensó en cambiarlos, o al menos eso dijo en 2015, quizá se echó para atrás en estos rincones al comprobar cómo forman parte de una ciudad ajena a esas polémicas y muy peligrosa si les tocan un poco las narices.

Desde esta perspectiva sospecho la permanencia de la Reina Victoria durante una larga temporada, como mucho podrían apuntar a Her Majesty, pues Mariana Pineda encaja en Gràcia y el antiguo Escornalbou no tiene intención de moverse del Guinardó. Cada barrio tiene sus particularidades, y en este caso hasta los nombres son susceptibles de producir conflictos porque cualquier denominación surge de movientes políticos.

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