La plaza sin voz

La plaza tiene un relato muy interesante para sus alrededores. Hasta 1948 no se abrió la avenida Infanta Carlota, actual Tarradellas, dato clave para mostrar cómo la cárcel Model estaba bien lejos del centro cuando la fundaron. Los campos cedieron para propiciar la aparición de viviendas lujosas donde, todo se debe narrar, hasta se introdujo un barrio chino paralelo, el perfumado, con prostñibulos más discretos con barras americanas entre Entença y la calle Buenos Aires

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Jordi Corominas

Jordi Corominas

Pocos barceloneses tienen anécdotas remarcables en la plaça Francesc Macià, integrada en esa trilogía barcelonesa con sus compañeras de Catalunya y España, trillizas con extraña forma de vida y en ocasiones inaccesible, aunque quien escribe siempre recordará la primera por una tarde en el Sandor con Enrique Vila-Matas para preparar una presentación literaria en su terraza, donde, de repente, se sentó a nuestro lado un peculiar cliente con gabardina y mucha afición a hojear con suma atención álbumes de cromos totalmente vacíos hasta provocarnos una carcajada que aún debe retumbar por ese ruidoso escenario como consecuencia de los coches de la Diagonal.

Mencionar la avenida determinante en la suerte del espacio de hoy nos lleva al origen del mismo. En Vida Privada de Josep Maria de Sagarra dos de los protagonistas circulan con su automóvil en las cercanías, una tierra baldía en ciernes, y eso nos lleva a considerar la Historia de la ampliación de Barcelona casi como un Far West nunca culminado, si bien la Exposición Internacional de 1929 apuntó algunos límites.

A principios de los años treinta se encargó a Nicolau Rubió i Tudurí el proyecto de urbanización de la avenida de Alfonso XIII entre la calle Urgell hasta el Palacio Real y los confines del término municipal. Antes de esto hubo en el enclave una granja experimental, desfasada por el progreso y la veloz expansión, determinante a la hora de establecer un entorno más bien singular, con dos enormes edificios en el lado montañoso obra de Josep Rodríguez Lloveras, experto en teatros e inmuebles destinados al espectáculo, y esta condición explica en parte la función decorativa de las dos piezas, despreciadas por la ciudadanía, no por juzgarlas feas, sino más bien por ignorarlas sin piedad alguna.

El centro de la plaza es ajardinada y hasta tiene nombre, Menorca, en honor al diseñador del conjunto, ampliado a posteriori con otras aportaciones en consonancia con el crecimiento franquista, cuando la Diagonal, lo hemos comentado en otras ocasiones, pasó a ser el epicentro local para continuar con la progresión hacia arriba, desdeñar el Eixample y plantar la pica del nuevo poder mediante celebraciones, ciertos ambientes ociosos y el recuerdo de la victoria en enero de 1939.

El cambio de rumbo pudo percibirse justo un mes después de la entrada de las tropas con el triunfal desfile y redundó en estos rituales hasta el Congreso Eucarístico de 1952, cuando se ubicó la ceremonia definitiva en esa larga línea recta. Mientras tanto, la plaza había mutado su lugar en el abecedario del nomenclátor. Durante la República se dedicó a Niceto Alcalá Zamora, en la guerra rindió parabienes a los hermanos Badia y cuando esta terminó se transformó en Calvo Sotelo desde la inevitable tendencia de politizar los núcleos más reconocibles mientras se eliminaban otros, como el Hotel Colón o el Palau de Belles Arts, para ratificar el adiós republicano y catalanista.

La plaza tiene un relato muy interesante por sus aledaños. Hasta 1948 no se abrió la avenida Infanta Carlota, actual Tarradellas, dato trascendente al mostrar cómo la cárcel Modelo estaba muy alejada del meollo cuando se fundó. Los campos cedieron para propiciar la aparición de hábitats lujosos donde, todo debe contarse, hasta se introdujo un barrio chino paralelo, el perfumado, con prostíbulos más discretos con barras americanas entre Entença y la calle Buenos Aires.

En este sentido el vicio tiene muchas máscaras, y si quieren hasta puede ser infantil, pero no piensen mal. Entre 1945 y 1958 hubo una pista de patinaje en el sector inferior de la plaza, desaparecido y reemplazado desde 1969 por una serie de bloques con finalidades empresariales y comerciales, desde los almacenes Sears hasta el de seguros Winterthur, con su característica fachada de óculos destinada en la actualidad a apartamentos de lujo.

Lo curioso, y fascinante, es cómo la plaza ha sido irradiadora de vanguardia casi sin saberlo. Un poco más lejos de su quilómetro cero observamos el inmaculado, aunque algo sucio, rascacielos Atalaya de Federico Correa, famoso además de por su vistosa originalidad por el crimen de Anna Permanyer en 2004. Si fuéramos a la izquierda, hacia el Cinc d’Oros, daríamos con toda la festiva actividad burguesa de Tuset Street y el origen de la pizza en Barcelona, aún resistente en muchos restaurantes del barrio sin el encanto del fundador, el Mario, en la esquina de Urgell con Londres.

Al ser una rotonda Francesc Macià es un elemento sin personalidad, conocido por todos y evitado por cualquiera. Para apreciarlo conviene tomarlo como un punto de partida en pos de explorar lo adyacente. En los años setenta la discoteca Metamorfosis, en el carrer de Beethoven, fue la mejor de la capital catalana según sus adictos, mientras ahora es recomendable caminar un poquito para chafardear la sede de Catalunya Ràdio o, simplemente, ir hasta Buenos Aires y visitar la Librería +Bernat, con el mérito de ser un emblema para los habitantes de este sector demasiado tranquilo como para animar la frecuentación de los jóvenes, quienes se sorprenderían de toda la cuadrícula de la vecindad, quizá demasiado estigmatizada por El Corte Inglés, aunque si mi apuran, para empezar y cerrar con recuerdos, la memoria vuelve a sonreír con esa manifestación espontánea, surgida desde el móvil con SMS y la rabia, ante las mentiras del Partido Popular tras el atentado de Atocha.

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