Folch i Camarasa, la manía de escribirse a sí mismo

El escritor y traductor Ramon Folch y Camarasa murió el miércoles. Si bien en el mundo de las letras tocó diferentes teclas, todas con acierto, las preferencias, a la hora de definirse, van por este orden: escritor catalán, novelista, autor teatral y traductor

Oriol Puig
 
 
 
Folch i Camarassa

Folch i Camarassa

El talante modesto y afable de Ramon Folch i Camarasa no se acaba de ajustar con la ambición de su tarea. Siempre rehuyó el éxito fácil e inmediato, las capillas y la promoción personal cómoda, para poder entregarse en cuerpo y alma a la creación y a la traducción. Por ello, probablemente, sus novelas y piezas teatrales son tan poco conocidas hoy en día, en un mundo donde los medios de comunicación y el mercado editorial ya tienen trabajo a cantar excelencias de la última novedad, al día siguiente definitivamente anticuada. Corresponderá a las instituciones hacer emerger las aportaciones de valía, otorgarle los honores, para que la sociedad no pueda prescindir de él.

Nacido en Barcelona en 1926, Ramon Folch i Camarasa pertenece a la última generación de antes de la guerra civil que se formó bajo los principios que habían hecho posible un siglo de renacimiento cultural. Siguió las huellas de una familia de hermanos ilustres, los Folch i Torres, pasó la infancia leyendo todo tipo de historias que había concebido su padre, el escritor Josep M. Folch i Torres. Los primeros diez años lo marcaron decisivamente. Había vivido un clima de bonanza intelectual que después intentó recomponer mediante diversas iniciativas, y en el que, de hecho, poco intervinieron los estudios en los Escolapios y la licenciatura de Derecho, obtenida en 1950. Folch i Camarasa no se dedicó nunca, a las leyes.

Si bien en el mundo de las letras tocó diferentes teclas, todas con acierto, sus preferencias, a la hora de definirse, van por este orden: escritor catalán, novelista, autor teatral y traductor. Ya de pequeño vivió sumergido en el mundo de los libros y en breve, aún adolescente, se puso a escribir porque, como él ha dicho algunas veces, «me parecía la cosa más natural del mundo». La influencia del padre, los tíos y de su hermano Jordi fue, de manera indudable, muy importante, pero si se inclinó de manera definitiva hacia este mundo es porque el gusanillo de la escritura había entrado en su interior. La trayectoria de Ramon Folch i Camarasa estaba encarrilada: vida y literatura ya iban de la mano, para siempre.

Escritor prolífico

Primero, en el teatro. Siempre expresó su debilidad y que, por encima de todo, le hubiera gustado convertirse en dramaturgo, pero las dificultades intrínsecas de este mundo lo disuadieron de dedicarse a ello. Aun así, escribió una cuarentena de obras, una buena parte de las cuales permanecen inéditas, y obtuvo el reconocimiento de algunos galardones. En 1954 salió a la luz Camins de ciutat, su primera novela. Era el inicio de una carrera fecunda como narrador, coronada con los principales premios, como el Joanot Martorell, Víctor Català, el Sant Jordi o el Sant Joan. Una carrera reconocida, asimismo, por la crítica, que desde el principio valoró muy positivamente el esfuerzo del novelista para llegar a amplios sectores de la sociedad sin ceder en la exigencia estética. Algunas de sus obras, además, han ganado la afección del público, con bastantes reediciones, como La visita, L’alegre festa o Testa de vell en bronze.

Sus ficciones, en la línea del realismo psicológico, abordan la experiencia humana, a menudo la propia experiencia. Tanto es así que en buena parte no cuesta mucho seguir en ellos aspectos autobiográficos, convenientemente manipulados, como la presencia de un padre notorio, familias numerosas, la disyuntiva entre la integridad y el éxito o una fe cristiana que lo sacia todo. En la novela Les meves nits en blanc se refería, bien gráficamente, a «la manía de escribirme a mí mismo». Se desahogaba, con ironía, en el Manual del perfecte escriptor mediocre, uno de los libros más atrevidos de las letras catalanas: «Por falta de imaginación, seguramente, necesito” copiar “del modelo vivo, y aunque me proponga desfigurarlo por decencia e incluso por prudencia, el modelo real se me impone y me hallo incpaz de deformar una realidad que es infinitamente más artística que lo que sería mi arte de inventor de historias y personajes».

En el campo de la prosa de no ficción, a parte de este Manual tan curioso y de otro, L’art de viure de dos en dos, en 1968 publicó Bon dia, pare, una biografía del popular escritor Josep M. Folch i Torres. «Rodeado por ti, aplastado bajo tu peso glorioso, en vano habría intentado vivir por mi cuenta; pronto me di cuenta de que mi cuenta era la tuya […]. Y, sin embargo, la acepto esta herencia, toda entera, con lo bueno y lo malo; acepto este peso y esta alienación, con amor y con orgullo ». Una herencia que llevó a proseguir las Páginas vividas de Folch i Torres, rebautizadas como Historias posibles, aparecidas primeramente a Patufet de la segunda época y, después, en dos volúmenes antológicos, 1976 y 1980. Igualmente, es autor de los guiones de los diversos libros de cómics que, de 1981 a esta parte, ha protagonizado el personaje de Massagran, creado por su padre.

Traductor incansable

Su faceta de traductor es, asimismo, muy destacable. En 1959, Folch i Camarasa debutó como traductor al catalán, con el Diario de Anna Frank. A partir de entonces, con el relajamiento de la censura franquista, tradujo al catalán ficciones y ensayos concebidos en inglés, en francés, en italiano e, incluso, en español, como Un mundo feliz de Aldous Huxley, el Homenaje a Cataluña de George Orwell y varias epopeyas de Graham Greene. Combinó la reescritura de los grandes clásicos contemporáneos (Daudet, Colette, Faulkner, Fitzgerald, Hemingway, Nabokov y Mailer) con el género negro (Simenon, Chandler, Agatha Christie y Highsmith), el ensayo (Marx, Engels, Sartre, Russell y Aranguren) y los productos de carácter más popular (Blyton, Martín-virgil y Candel).

En diciembre de 1970 se incorpora a la Organización Mundial de la Salud (OMS) como traductor fijo y se traslada con toda la familia a Ginebra. Trabaja durante trece años. A lo largo de estos años también publicó 22 nuevas traducciones al catalán, entre las que destacan Temps difícils, Un adéu a las armes y Retorn a Brideshead. En 1981 escribió Sala de miralls, novela con la que ganó el premio Ramon Llull. En Palau de Plegamans, donde vivía, continuó escribiendo y traduciendo, además de dirigir la Fundación Folch i Torres. Una fundación creada por los descendientes y amigos de los cinco hermanos de estos apellidos que todos eran conscientes de que había que reunir, ordenar y difundir su múltiple obra literaria y cultural, antes de que se dispersara el recuerdo y se perdiera su ejemplo. Ahora, la fundación continuará manteniendo el mismo deseo: preservar la tarea de Folch i Camarasa y no sólo eso, sino darla más a conocer.

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