En caso de duda, diga Sagnier

Como a veces paseo con alumnos me gusta decirles eso de “en caso de duda diga Sagnier”, y la fórmula suele funcionar. Pero es arriesgada por la heterodoxia de sus matices estéticos, nada uniformes al ser un incombustible y honesto trabajador esmerado en eso del cliente siempre tiene la razón

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
La Casa Sagnier, als jardins d'Enric Sagnier, actualment un Centre Cívic i Espai de Joves | Foto: Jordi Corominas

La Casa Sagnier, als jardins d'Enric Sagnier, actualment un Centre Cívic i Espai de Joves | Foto: Jordi Corominas

La semana pasada empezamos a surcar la plaza Molina, y advertimos de la posibilidad de agotarla. Entre los elementos dejados en el tintero figura una placa -a veces conviene mirar al suelo sin tener el móvil en la mano- en recuerdo de los encuentros en el lugar de los artífices de la revista Dau Al Set, base de un movimiento vanguardista con nombres del calibre de Antoni Tàpies, Joan Ponç, Modest Cuixart o Joan Brossa.

Esos jóvenes retomaban, probablemente con clara conciencia al tener una maleta cultural bastante repleta, la energía creativa de la zona, simbolizada en la ocupación del espacio por Joan Maragall, quien vivió los últimos años de su breve e intensa existencia intelectual en las inmediaciones, convirtiéndose así no sólo en un veraneante de Sant Gervasi, sino en su primer residente ilustre. Su muerte en 1911 produjo un apagón para toda Catalunya, dominada en la esfera de la hegemonía por Eugeni d’Ors, empecinado en decretar la muerte del Modernismo con la ayuda institucional de la Lliga Regionalista, la misma aniquiladora de tanta preponderancia en 1920, como bien narra Andreu Navarra en la última biografía, casi definitiva, del Pantarca, editada por Tusquets.

El fallecimiento del poeta en su domicilio del carrer Alfons XII -no estaría de más rebautizar la calle en su honor como pedimos desde hace más de un lustro- tuvo algo de metafórico. Una época terminaba y otra más sólida, superados los balbuceos eufóricos de la Renaixença y su cenit modernista, empezaba a andar hasta mostrarse pletórica con la Mancomunitat de 1914.

Solemos enmarcar hombres y períodos mediante la cronología. Sin embargo, hay personas capaces de rebasarla, y entre ellas figura con letras doradas Enric Sagnier i Villavecchia, con una singladura tan dilatada como su trayectoria arquitectónica, consistente sólo en la geografía barcelonesa de casi trescientas construcciones documentadas.

Detall de la Casa Sagnier | Foto: Jordi Corominas

Como a veces paseo con alumnos me gusta decirles eso de “en caso de duda diga Sagnier”, y la fórmula suele funcionar. Pero es arriesgada por la heterodoxia de sus matices estéticos, nada uniformes al ser un incombustible y honesto trabajador esmerado en eso del cliente siempre tiene la razón. Según la leyenda si el propietario del terreno le pedía una pieza de diez millones él cuadraba el presupuesto sin pestañear, y eso explicaría en parte lo prolífico de su actividad, visible a lo largo y ancho de la capital catalana, con algunas cotas significativas, del Tibidado al alfa y omega de passeig de Gràcia o al Palau de Justicia, donde firma junto a Domènech i Estapà, otro olvidado por culpa de la dictadura de la trilogía válida para el turismo y ganar campeonatos de trivial pursuit.

Para no ser extenuante citaré en una enumeración sus edificios más notorios, así al pasear podrán asombrarse por haberlo ignorado durante tanto tiempo: Aduana de Barcelona, Casa Garriga i Nogués, Casa Rodolf Juncadella, Caixa de Pensions de la via Laietana, Casa del Doctor Genové en la Rambla, Casa Pasqual i Pons de Passeig de Gràcia, Iglesia de Nostra Senyora de Pompeia en la Diagonal, Iglesia de Cristo Rey en la plaça dels jardins d’Elx en la Sagrera, Nueva iglesia de Sant Joan d’Horta y así hasta el infinito.

Una zona muy interesante para entender los tejemanejes de los arquitectos de principios de la pasada centuria es la rambla Catalunya, donde muchos de ellos se reservaron un hueco para sus viviendas particulares. La de Sagnier estaba en el número 104 de la avenida más bonita de la ciudad y hoy en día es un hotel, pero más allá de eso es fascinante observarla y considerarla desde su credo al no depender de patrocinadores. Se erigió en 1894 y en su primera versión era un elogio a la verticalidad con esa coronación con cierto aire gótico, arruinada, tampoco era indemne a las tendencias, por una tribuna datada en 1906, como si así quisiera equiparse a los nuevos ricos de los alrededores, ufanos de ver la calle y ser vistos en sus orondos interiores.

Su familia, como muchas otras, tenía una finca vacacional en Sant Gervasi, entre las calles de Brusi y Copérnico. En 1900, su padre Lluís pidió derribarla y alzar una nueva, y así fue como el hijo se puso, nunca mejor dicho, manos a la obra en ese rincón ajardinado. Ideó un bloque cúbico con alas laterales decorado con cierta profusión gótica, con gárgolas proyectadas a cierta distancia de la fachada, ventanas ojivales y una culminación con almenas, moda medieval con la pretensión de igualar a esa nueva aristocracia con sus antecesores de la Corona de Aragón, algo remarcable también en el nomenclátor del Eixample, rebosante de alusiones a esos momentos estelares de la Historia Catalana.

Façana de la Casa Sagnier | Foto: Jordi Corominas

Por si eso fuera poco dotó al inmueble de doce habitaciones, una capilla particular y una sala de juegos, un clásico para las clases holgadas de por aquel entonces, como tuve la ocasión de comprobar en la casa Burés, ahora transformada en apartamentos de lujos y en su origen una apabullante retahíla de estancias a cada cual más alucinante, con la de los niños llena de mosaicos alusivos a cuentos tradicionales como Hansel y Gretel.

Para el disfrute de los más pequeños el caserío estival llegó a tener un pequeño circuito con un trenecito de vapor en miniatura. El progenitor del hiperactivo arquitecto expiró en 1913 y su hijo le siguió al otro barrio en 1931, pocos meses después de la proclamación de la Segunda República. Tras la Guerra Civil el edificio fue ocupado por la sección femenina de la Falange, y entre 1955 y 1981 fue sede del Colegio Femenino Virgen Inmaculada. Desde 2007 acoge un Centro Cívico, y como si la Historia quisiera repetirse en uno de sus instantes más bellos se ornamentó con el morado feminista, continuación de su pertenencia sin mucha memoria para con su creador, presente en el nombre del lugar, hoy en dia Jardins d’Enric Sagnier, apartados del mundanal ruido para eternizar el aislamiento de sus andares fundacionales.

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