Demasiado olvido e Historia

La iglesia de Santa María de Sants, ya saben eso de el nom fa la cosa, sobrevivió en su formato decimonónico hasta el 19 de julio de 1936. Antes, durante la Semana Trágica, se salvó de milagro, pero cuando estalló la Guerra Civil los anarquistas no tuvieron ningún tipo de piedad, entre otros motivos por la personalidad del párroco Josep Puig i Moliner, quien nunca escondió sus simpatías por los sublevados

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Foto: Jordi Corominas

Foto: Jordi Corominas

Estamos en una zona extraña y de contienda. Lo primero por la ubicación de sus piezas, fundamentales para el barrio y apelotonadas, como cuando éramos pequeños y podíamos decidir dónde posicionar las principales construcciones de una ciudad imaginaria. Lo segundo, como siempre, surge desde la Historia.

Estoy ante las cocheras de Sants. En otro texto mencioné la idoneidad de un tranvía por esta calle tan comercial, y claro, los elementos juegan a mi favor. Hoy en día son el mayor centro cívico de Barcelona, pero antes tuvieron una estrecha vinculación en el transporte público de los raíles, al menos hasta 1968, cuando cayó en desuso y se pensó instalar un museo para, perdonen la repetición léxica, el tranvía, refutado por los vecinos, quienes al final ganaron, algo típico en Barcelona, pero siempre remarcable, pues sin las reivindicaciones de cercanía con contenido nuestra capital sería mucho más desangelada.

Foto: Jordi Corominas

La inauguración como equipamiento se produjo en 1984, en consonancia con las políticas del Ayuntamiento socialista para mejorar las distintas periferias urbanas, de Nou Barris al Clot, de Sants hasta el Guinardó. Estos márgenes tienen otro interés por sus templos. Cuando paseo siempre intento recordar cuatro nombres dorados, todos ellos en el límite hasta su integración a la gran hechicera. La capella d’en Marcús formaba parte de un cementerio de una Vila nova próxima a la muralla, y lo mismo ocurrió con Santa Maria de les Puelles y Sant Pau del Camp, no así con Nostra Senyora del Coll, más alejada del mundanal ruido desde su privilegiada posición en el Carmel.

A este cuarteto podríamos añadir Santa María de Sants, cuyas múltiples transformaciones la han descartado de esta fama antigua. La primera mención del templo en un documento data del año 780 de la era cristiana, y por un dibujo aparecido en La Ilustración catalana conocemos su aspecto hasta 1828, cuando el edificio románico fue derruido para dar paso a una parroquia de aspecto más bien neoclásico, firmada por Francesc Renart, con un campanario altísimo, el más elevado de las afueras hasta la irrupción de las torres de la Sagrada Familia, silenciosas dueñas de la verticalidad hasta el punto de generar estos últimos meses un debate sobre si la terminación de la Basílica puede conllevar una Barcelona con ínfulas en el firmamento para romper con su habitual moderación en este aspecto.

Foto: Jordi Corominas

La iglesia de Santa María de Sants, ya saben eso de el nom fa la cosa, sobrevivió en su formato decimonónico hasta el 19 de julio de 1936. Antes, durante la Semana Trágica, se salvó de milagro, pero cuando estalló la Guerra Civil los anarquistas no tuvieron ningún tipo de piedad, entre otros motivos por la personalidad del párroco Josep Puig i Moliner, quien nunca escondió sus simpatías por los sublevados. El templo quemó casi por completo, salvándose el campanario, eliminado de la circulación poco después.

Cuando terminaron las hostilidades se optó por edificar la versión definitiva mediante un largo proceso dilatado entre 1940 y 1965. Duran y Reynals, uno de los autores más en boga durante la primera posguerra, no se complicó en exceso la vida, y si bien su trayectoria es destacable en lo civil no podemos decir lo mismo en su vertiente religiosa, con una fachada de aire novecentista solucionado por los esgrafiados, motivo de duda cronológica en su parte superior al figurar los representados con sus nombres en catalán.

Foto: Jordi Corominas

El color del frontispicio, entre marrón y teja, contribuye a la fealdad, enmendada hasta cierto punto por el nuevo campanario, una espadaña con tres badajos con cierta originalidad, aunque lo único loable es la escalinata de ingreso, muy en consonancia con el entorno de la plaça Bonet i Muixí, antes dedicada a Málaga, donde es posible apreciar un homenaje als Castellers de 2011 y la única masía superviviente de Sants, medio oculta entre la maleza pese a haber recuperado vigor en el último decenio a partir de actividades vinculadas a las cocheras.

Tras la muerte del dictador Santa María ha quedado como un punto reconocible sin excesivas emociones. Como la hemeroteca es muy sabia he podido reaccionar para no caer en el ridículo de afirmar su función durante el renacimiento de la CNT en febrero de 1976, pues el hecho se produjo en Sant Medir de la Bordeta, una monstruosidad de Jordi Bonet y Armengol, pero aquí lo trascendente es ver cómo se prefirió ir a la zona más modesta y despreciada por muchos barceloneses, quienes en más de una ocasión hicieron mofa de este sector de la ciudad, casi como si hablaran de apestados.

No sé qué pensarían sobre los ciegos. Dejó atrás Bonet i Muixí, desde mi punto de vista demasiado encajonada en sí misma, y accedo a la plaça Ibèria. En el nomenclátor sentimental de muchos fue la del violín, bien por disfrutar de ese instrumento en los domingos de baile, bien por las melodías de un invidente con pocos recursos. Cito estas memorias populares, recogidas por Josep M. Villarrubia i Estrany, para no generar confusión por el bar de las inmediaciones, el viejo Floren, recuperado por jóvenes bodegueros con cierta sapiencia del pasado de este rincón mágico hasta en sus aledaños, como el carrer Dalmau, con un imponente palacio ideado por Enric Figuera y Ribas para los Cros. Y como llevamos páginas hablando de confines alcanzamos un punto de no retorno desde un ángulo, el mismo acogedor de una pieza demasiado omitida tanto por su simbolismo al separar dos universos como por su rotundidad arquitectónica. Sants, sin saberlo, también tiene un Flatiron.

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