«¿De verdad queréis que siga?» o la crónica de una violación evitable

El Saló Eròtic ha apostado por una revisión que conduzca hacia una visión de la sexualidad más "diversa y feminista". En esta línea, se ha doblado la apuesta formativa y se han programado diversos microteatros, uno de los cuales, Sex Mirror, es una obra interactiva en que el público tiene el poder de parar una violación. O no.

Carla Benito / Sandra Vicente
 
 
Noemí Casquet, portaveu del Saló Eròtic, en una captura de pantalla de l'Spot promocional del 2019

Noemí Casquet, portaveu del Saló Eròtic, en una captura de pantalla de l'Spot promocional del 2019

«Una obra interactiva». Esta es la única información disponible antes de entrar a presenciar ‘Sex Mirror’, uno de los cuatro microteatros que el Salón Erótico de Barcelona ha puesto a disposición de los más de 25.000 asistentes de este año. Así pues, grupos de hasta treinta personas entran, juntas y casi a ciegas, por una puerta, tras la cual les espera un escenario aséptico. Blanco y frío. Nada más y nada menos que unos aseos, con su luz azulada y superficies brillantes, pero, en cierto modo, inquietantes.

Silencio, sólo roto por los murmullos de los espectadores, a la espera de lo que sucederá. De repente, un susurro empieza a sobresalir por encima de los demás. «Manu, que no, que quiero ir». Una pareja, que empieza a discutir: ella coge la bolsa y se levanta, pero él la toma por la muñeca. «No te vayas». A todo esto hay quien mira hacia otro lado, baja la cabeza o, incluso, se aparta de ellos, mostrando evidente incomodidad. Algunos, menos disimulados, acercan la cabeza intentando no perderse ninguna palabra malsonante, aprovechando hasta el extremo el morbo de una discusión de pareja. Varias caras son de sorpresa. Otros siguen hablando con el compañero de asiento sin darse cuenta de nada.

Ella calla. Observa a los asistentes, mirada serena, aunque con un poco de suspicacia. Con un tono de voz ya proyectado dice al público: «la obra ha comenzado. ¿Deseáis que sigamos? Si así lo decidís, deberéis acatar las consecuencias de lo que veréis». Él, que también se levanta, la complementa: «en cualquier momento podréis iros o decidir pararnos. ¿De verdad queréis que sigamos?», reitera. Más murmullos. Hay quien calla por curiosidad y quien lo hace porque, adentrado en su mundo, no se da cuenta aún de lo que pasa. Pero quien calla otorga.

Y comienza la acción. La de verdad: ella insiste en marcharse. Él no la deja. Es más, la acaricia para convencerla, llegando a una excitación unilateral. Del ‘no te vayas’ en ‘venga, follemos’. Ella accede, porque lo ve como una vía para conseguir irse a casa. Pero él no quiere hacerlo en casa, lo quiere hacer allí mismo, en público. En poco más de treinta segundos de tensión creciente, de una sensación de que algo no va nada bien, de algunas personas que se empiezan a remover en los asientos, ella cede y entran en un cubículo. Cierran la puerta pero él la abre, para satisfacer sus ansias -unilaterales, de nuevo- de exhibicionismo. Ella la cierra, entre reproches. Y así hasta tres veces.

Llegados a este punto, las complicidades y las concesiones de ella se acaban. «¡Te he dicho que no quería que nadie nos viera y has abierto la puerta tres veces!». La reacción no se hace esperar. Cara enrojecida y piel de gallina cuando él se interpone entre ella y la puerta y la arramblaba contra la pared. Sólo se oyen los gritos de ella, acompasados con el repicar de sus muñecas apresadas ​​contra las paredes y, de nuevo, los murmullos. Él se gira hacia el público, ojos inyectados y pregunta, tenso: «¿Queréis que siga?». Algunos dicen que no, firmemente pero con un volumen que hace parecer que se lo dicen a sí mismos; otros ríen incómodos, pero todo el mundo vacila. «Tarde», sentencia él. La acción sigue.

Es en este momento cuando los espectadores entienden realmente, no ya lo que está a punto de suceder, sino lo que están a punto de permitir que pase. Él ya la tiene cogida por el pelo, la cara aplastada contra los azulejos de la pared, y las bragas bajadas hasta medio muslo, cuando vuelve a preguntar, ya gritando: «¿De verdad queréis que siga?». Y es aquí cuando se produce la inflexión: de las 12 veces que se representó la obra, 4 se paró en este momento. Una se paró en la primera pregunta, no porque el ‘no’ fuera mayoritario, sino porque la gente que no quería seguir con la acción decidió irse.
Pero siete veces la obra continuó. Y vieron una violación. Se oían comentarios como «adelante, ¡es teatro!». Pero una violación al fin y al cabo. Otro grupo se bloqueó y no supo pararlo. No supieron parar una violación, cuando sólo había que decir «No». Y es que como dice Carlos, el actor que interpreta Sex Mirror, en su speech una vez se para la ficción, «como grupo sois muy poderosos. Como individuos sois muy poderosos». Es él quien toma la palabra, el hombre, dirigiéndose a otros hombres, para decir que «a veces basta con parar los comentarios irrespetuosos de un compañero de trabajo, salir de un grupo de whatsapp o intervenir en una pelea que sube de tono entre una pareja». Decidir que los problemas de los demás no son sólo sus problemas. Para ello sólo hay que decir «No».

¿Cuándo es demasiado tarde para parar una violación?

Esta es una de las preguntas que espeta Carlos a la audiencia. ¿Cuándo es demasiado tarde?. «¡Hace media hora!», sentencia uno de los hombres que ha presenciado la función. El público está visiblemente nervioso, afectado. Algunos, frustrados por no haber entendido antes su responsabilidad. Es precisamente esto lo que quiere trabajar la intervención final de los dos actores. Una intervención con voz masculina. ¿Incluso para hablar de lo que sufren las mujeres es necesario que hablen ellos? Podríamos pensar eso. Pero no va por ahí. El alegato final pone el foco en toda la sala y hace especial incidencia en la postura de los hombres en la sociedad.

Alix Gentil, directora de ‘Sex Mirror’, ha sido la encargada de llevar a escena una violación y de poner a prueba la tolerancia de la gente. Los microteatros que se han representado durante este Salón Erótico de Barcelona, ​​todos obra suya, querían mostrar diferentes caras de cómo concebimos y vemos el sexo como sociedad. Podríamos pensar que la gente no tolera ni puede justificar nunca una violación. Si realmente fuera así, ¿por qué el vídeo pornográfico más buscado del año pasado es el de la violación de la Manada? «Este consumo no es normal», dice Gentil. «Cuando hablamos de cultura de violación nos referimos a esto. Queríamos mostrar, no sólo qué es una violación, sino cómo se llega a ella».

Como explica Gentil, había que incorporar dentro del Salón Erótico una obra de denuncia, que pusiera al espectador en una situación de compromiso, que no fueran 10 minutos de espectáculo que fueran a parar a un saco roto. La directora quería impactar y hacer que el público se fuera reflexionando. «Sabíamos que causaría muchas sensaciones confrontadas y hemos trabajado sin saber cuáles serían las reacciones de la gente», explica. Y es que a pesar de reproducir los diferentes pasos varias veces a puerta cerrada, actuar ante gente magnifica las posibilidades. «No podíamos incitar a los espectadores a que entre en escena, pero podría haber pasado», explican.

Hay quien calla, quien interviene, quien se marcha. Las reacciones del público en este microteatro se pueden extrapolar a las reacciones que podrían tenerse fuera del escenario. La obra es ficción, pero el argumento es real. Y también son reales las sensaciones que se generan. Camile, la actriz de ‘Sex Mirror’, preguntada sobre qué siente ella cuando mira a los espectadores, a punto de ser violada, y no detienen la escena, dice que «hay una mezcla de sensaciones. A pesar de ser teatro, es imposible deshacerte de lo que sientes». Y es que, en el caso de no detenerse la obra, la penetración no hubiera sido fingida, sino real. «Pero confío mucho en Carlos y sé que no me violará de verdad». Los límites de la ficción se difuminan.

Una de las sesiones formativas del Salón Erótico 2019

Viraje del Salón: menos espectáculo y más formación

El Salón Erótico comenzó a ampliar su eco mediático en 2016, con el vídeo promocional protagonizado por Amarna Miller. «Soy actriz porno y nací en un país hipócrita»; así empezaba el vídeo que inició una estela de 3 años de spots dirigidos por Carlos Valdés que alejan una visión del Salón Erótico como algo oscuro y morboso e incitaban a la reflexión colectiva. El sexo, como lo personal, también es política. Y es ésta una de las reflexiones que han basado la transformación del Salón de los últimos años.

Este año, parece que el Salón ha hecho un viraje más contundente; el festival se iniciaba con una noticia rompedora: se había prescindido de las productoras pornográficas que monopolizaban los espectáculos sexuales en vivo. «Se ha materializado el modelo iniciado en 2018, más feminista, inclusivo, abierto y enfocado a ofrecer una visión global de la sexualidad, especialmente en cuanto a los roles de género y diversidad sexual», apuntan los organizadores.

En esta línea, el Salón ha doblado su oferta formativa, con más de 100 sesiones guiadas por sexólogos y psicólogos, ya que «hay un reclamo de la sociedad de más educación sexual», considera Noemí Casquet, portavoz del Salón Erótico. Precisamente esta era la demanda del spot del año pasado: «más educación sexual para dejar de fabricar violadores en manada».

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*