Balón, niños, clubes y competición: ¿el fútbol base educa o ensucia?

Más de 120.000 niños y adolescentes catalanes forman parte de un equipo de fútbol base federado. Es, sin duda, la actividad extraescolar más popular, no sólo para los que la protagonizan, sino también para sus famílias, y en ella confluen los mejores valores con las peores de las conductas

Víctor Saura
 
 
 
Equip de prebenjamins del CE Vila Olímpica fent pinya abans d’un partit | Foto: Maxi Markevich

Equip de prebenjamins del CE Vila Olímpica fent pinya abans d’un partit | Foto: Maxi Markevich

Entrenan durante hora y media dos o tres veces por semana (dependiendo de la edad) y, los que forman parte de un equipo de élite, incluso cuatro. Y luego viene el partido del fin de semana. El fútbol base, o fútbol formativo, es un fenómeno en Catalunya que prácticamente llega a uno de cada diez niños y jóvenes. Es la actividad extraescolar más popular, pero ¿es una actividad educativa? En ella se mezclan muchos valores, positivos y negativos, desde el trabajo en equipo, la disciplina y la socialización hasta la presión sobre los niños, el refuerzo de los estereotipos de género y la violencia verbal, habitualmente dirigida a los árbitros.

Según datos de la Federación Catalana de Fútbol (FCF), la temporada 18/19 había 108.101 menores federados en equipos de fútbol formativo, desde debutantes (5-6 años) a juveniles (16-18), de los cuales 5.709 eran chicas . En cuanto al fútbol sala, el número de licencias federativas ascendía a 15.732, de las que 14.350 eran de hombres y 1.364 de mujeres. Entre fútbol y fútbol sala, pues, suman casi 124.000 menores que practican fútbol formativo en algún club. Para entender la magnitud del fenómeno hay que ir al segundo deporte más popular, el baloncesto, en el que en la misma temporada se registraron 46.551 licencias federativas de menores de edad: 28.033 de niños y 18.518 de niñas. Por tanto, en el baloncesto federativo hay casi un 40% de chicas, mientras que en el fútbol federativo las chicas representan sólo el 5,7%.

Según una nota reciente de la FCF, esta temporada hay inscritos 10.249 equipos de fútbol base repartidos por toda Catalunya: 4.208 son de fútbol 11 (infantiles, cadetes y juveniles), 4.391 de fútbol 7 (debutantes, prebenjamines, benjamines y alevines) y 1.650 de fútbol sala, cifras que aumentan año tras año. Aproximadamente, por tanto, hay 5.000 partidos de fútbol base cada fin de semana, es decir 150.000 partidos a lo largo de las 30 semanas que duran las temporadas regulares cada categoría.

Equipo, salud, emociones y rendimiento académico

Para Vicente Javaloyes, conferenciante, profesor del INEFC de Lleida y ex jugador profesional de balonmano, la lista de beneficios del deporte formativo es larga: «Debemos potenciar que los niños hagan deporte -afirma-, y si puede ser un deporte de equipo, por todos los valores que aporta: disciplina, trabajo en equipo, sacrificio, gestión de la derrota y gestión de la victoria… el deporte nos acompaña en nuestro crecimiento y también está muy vinculado con la salud, ya que nos aleja de hábitos perjudiciales como el sedentarismo y la obesidad, o las drogas. Los valores que aporta el deporte, si se saben manejar, son todos positivos».

Coincide con este diagnóstico Carles Domènech, periodista y manager deportivo del Club de Fútbol Damm, si bien subraya en especial uno de estos valores: «Lo mejor del fútbol es que aglutina la sociedad entera en un vestuario, en tu equipo puede haber un negro, un gitano o un pijo, y te rompes la cara por él, y acabas conociendo realidades que no son tuyas, esto se ve sobre todo en los equipos de pueblo, donde encuentras concentradas todas las vertientes sociales, económicas y religiosas, y también ocurre con los equipos de élite, donde se ficha a los jugadores por su calidad y no por su procedencia o clase social; los equipos de barrio, en cambio, suelen contener menos diversidad».

Desde el ámbito de la educación física también se ve con buenos ojos el deporte extraescolar. ¿Hay colisión entre los valores o las rutinas que se transmitenen el centro educativo con los que reciben en el club? En opinión de Salvador Rovira, director del Instituto Frente Marítimo, profesor de educación física y durante años coordinador de fútbol base de la Unió Esportiva Sants, «son actividades complementarias», que pueden combinarse bien, al igual que «hay alumnos que hacen inglés en horario extraescolar y eso no molesta al profesor de lengua extranjera sino todo lo contrario».
Con todo, Rovira desaconseja taxativamente que una convalide a la otra, lo que, con la ley en la mano, se podría llegar hacer (como en el caso de la música). «En educación física pasan cosas que no pasan en un entrenamiento; por ejemplo podemos hacer juegos cooperativos, en los que el objetivo será llegar primero o meter más puntos, pero en los que es mucho más importante compartir que ganar». Y se pregunta: «¿En qué asignaturas se trabaja la gestión de las emociones? Pues en visual y plástica, música y educación física. La actividad física es ideal para trabajar aspectos la socialización e integración en el grupo, el autoconocimiento, la aceptación de las normas, la aceptación de la frustración al perder, el trabajo en equipo versus el egoísmo, etc. «Estos últimos aspectos también los subraya Javaloyes: «Yo siempre hablo de la gestión de la derrota, que es un tema del que las empresas no quieren hablar. En el deporte te acostumbras a manejar estas situaciones, es un aprendizaje que te sitúa en la vida laboral «.
Desde la neurociencia llegan también muchos argumentos favorables a la práctica regular del ejercicio físico como factor de mejora del rendimiento académico. En el blog  Escuela con cerebro se pueden encontrar varios artículos con citas de estudios científicos que demuestran, o apuntan, que la actividad física mejora las conexiones neuronales y amplía el volumen del hipocampo cerebral, esto aumenta la capacidad de memoria, aprendizaje y autocontrol, además de tener efectos antidepresivos y de aumentar la «reserva cognitiva» (es decir, que los que han hecho deporte de jóvenes tienen menos probabilidades de desarrollar enfermedades neurodegenerativas cuando son mayores). En este sentido, Jesús Guillén, neuroeducador de la UB y editor de este blog, aboga por introducir más horas de actividad física en el currículo, y que la escuela o el instituto las meta más al comienzo de la jornada lectiva que -como suele pasar- hacia el final.

La cara B del fútbol formativo

La obsesión por ganar de clubes y entrenadores, los modelos adquiridos del fútbol profesional, las conductas de un sector seguramente minoritario pero no anecdótico de padres… todo ello forma parte de la cara B del deporte competitivo, y en especial del fútbol. Jacinto Ela es un buen testimonio. En la primera década de los 2000 fue una gran promesa del fútbol, jugaba en los infantiles del Español y con 14 años fue nombrado en un torneo «mejor jugador del mundo»; con 19 fue el primer jugador español tan joven a fichar por un club de la Premier League (el Southampton); pero a partir de aquí, y de una lesión grave, todo fue hacia abajo con respecto al fútbol y seguramente hacia arriba con respecto a madurez y autoconocimiento. Con 26 se retiró al Premià, ahora trabaja como velador y hace dos años publicó un libro titulado Fútbol B. Lo que me habria gustado saber cuando era futbolista y nadie me contó (autoedición),  que no es su biografía sino sus reflexiones a partir del mundo que conoció desde que se calzó las primeras botas con 9 años.

«Me provoca rechazo la mercantilización de los niños como parte de un espectáculo -escribe Elá en un capítulo dedicado al fútbol formativo, que califica de fast food -, ver niños en un torneo de televisión con doce años poniendo esas caras tan serias me preocupa, me preocupa porque yo fui uno de ellos y vi compañeros que quedaron rotos mentalmente cuando eran muy jóvenes, llegando a odiar el fútbol». No es su caso. Elá no odia el fútbol, al contrario, considera que de grandes seguimos jugando porque «queremos alargar la infancia». Si bien admite que es un deporte rodeado de violencia y malas artes, en el que se dan situaciones tan paradójicas como que los adolescentes que prometen se les obliga a ser hombres prematuramente (por ejemplo, los que cambian de ciudad y hasta de país para ir a un club grande), mientras que cuando llegan a profesionales son infatilitzados hasta el extremo, con frases como «tú preocúpate del balón y de nada más».

Partido de infantiles entre el Espanyol y el Girona. Al fondo, cartel de la campaña ‘No más violencia en el fútbol’ | Foto: FCF

Obviamente, la mayor parte de niños que hoy practican fútbol nunca saldrán por televisión, pero algunas de las reflexiones de Elá van más allá de su experiencia como promesa del fútbol base. Por ejemplo, critica que a los 9 años un club pueda separar a un niño de sus compañeros de equipo porque no es lo suficientemente bueno… lo que hacen la mayor parte de clubes (por no decir todos). «El reto no debería ser hacer mejores a los que ya lo hacen bien sino a los que no lo hacen tan bien. Me recuerda al profesor que margina a sus alumnos menos aventajados, dándoles por perdidos», escribe el hoy velador.

Fútbol, ​​escuela y patriarcado

Según Amparo Tomé, socióloga y experta en coeducación, «el fútbol está ligado al protagonismo y al deseo de ser importante, da prestigio entre los compañeros, lo cual tiene mucho que ver con el mensaje del patriarcado según el cual los hombres deben ser importantes». «Cuando en los noventa estudiábamos cómo se veían los niños y cómo imaginaban su futuro -añade-, la primera profesión entre los niños era ser futbolista, y cuando los preguntabas qué era lo mejor de ser un niño, la respuesta era que son más fuertes y que corren y juegan mejor que las niñas, nunca te decían que somos más inteligentes o más creativos».

Si eres niño y no te gusta el fútbol, ​​te puedes llegar a sentir extraño o excluido entre los compañeros, «y por eso hace tantos años que abogamos para que haya unos patios los más diversos posibles», dice Tomé. Con todo, matiza que el fútbol «es un deporte sano, porque crea vínculos entre los jugadores, que tienen que ver con el hecho de tener que pasarse la pelota».

Es evidente que sólo una ínfima parte de los jugadores de fútbol base llegan a profesionales. Hay dos momentos en los que se registran las tasas más altas de abandono de la práctica deportiva: el primero es en el paso del fútbol 7 a 11, que coincide con el cambio de escuela a instituto. Y el segundo cuando se cierra la etapa juvenil, que coincide con el final del bachillerato, porque llega la universidad y porque muchos de los jóvenes que han estado 12 años en el fútbol formativo no se aclimatan al ritmo y la dureza del fútbol amateur, donde se enfrentan a otros jugadores que quizás tienen 10 y 15 años más que ellos.

En la Damm, como otros clubes de fútbol formativo, los equipos terminan en el último año de juvenil. «Aquí siempre queremos saber cómo les van los estudios -explica Carlos Domènech-, queremos que entiendan que lo más importante para ellos son los estudios, porque muy pocos vivirán del fútbol. Nos interesa más que salgan buenas personas, que conserven un buen recuerdo y que puedan decir que su paso por la Damm fue muy bonito. Y todo esto no es incompatible con querer competir y ganar cada semana». En opinión de Vicente Javaloyes, «no se puede permitir que un joven deje de estudiar para hacer deporte, pero tampoco que deje de hacer deporte porque tiene que hacer los deberes. Si es necesario, se deben sacrificar estas horas de deberes, porque una hora de actividad física y de convivir con las dificultades aporta mucho más».

Los padres (en masculino) son la peor cara

Los padres son un elemento imprescindible en este negociado, porque son los primeros animadores y fans de sus hijos, quienes pagan la ropa y la cuota del club y hacen posible que vayan a los entrenamientos y a los partidos. Pero son, muy a menudo, los que aportan la peor cara del fútbol formativo. «Los padres son los primeros educadores de sus hijos, pero en el fútbol pierden la noción de la justicia», opina Carles Domènech. Abucheos e insultos al árbitro o a los demás padres, gritos y reproches al hijo por no haber jugado bastante bien, discusiones con el entrenador porque no hace jugar bastante a su hijo o con otros padres porque «el tuyo no se la pasa al mío«… todo ello, sin ser generalizado, es el pan nuestro de cada fin de semana.

«El fútbol es más sucio porque es más mayoritario -opina Javaloyes-, en los deportes más minoritarios muchos de los espectadores han sido jugadores, y tienen esta cultura de respeto y educación. También porque hay una gran vinculación con la cuestión económica, hay tanto en juego que la persona se transforma y se dan aquellas situaciones de que mi hijo debería patear la falta porque lo hace mejor, o después, en casa, le dices a tu hijo que por qué aquel no te ha pasado el balón, o por qué el entrenador te ha hecho jugar sólo media parte… estos padres son tóxicos y eso no pasa tanto en otros deportes». Domènech tiene una idea al respecto: «Habría que saber qué porcentaje de los jugadores federados ganan algo por jugar; quizás así acabaríamos con esta obsesión de muchos padres de que mi hijo sea titular, por encima de su felicidad».

No es un hecho inusual que los niños escuchen mientras juegan cómo los adultos insultan al árbitro, o que vean como alguno ha de pedir protección a la policía por miedo a ser agredido. En alguna ocasión incluso pueden haber visto agresiones y peleas entre padres, como esta lamentable escena que se produjo hace un par de años en un partido entre dos equipos infantiles en las Islas Baleares.

En la otra cara de la moneda puede haber progenitores que siguen el ejemplo Frank Martin, el entrenador de baloncesto de la Universidad de Carolina del Sur que en una rueda de prensa que se hizo viral dio unos cuantos consejos a los que , como él, son padres de niños que participan en competiciones deportivas.

Para tratar de minimizar la ira contra los árbitros, en la liga de fútbol escolar de Barcelona, que organiza el Consejo del Deporte Escolar de Barcelona (CEEB), ya hace muchos años que esta figura fue sustituida por el tutor de juego, el que representa que conduce el partido con criterios pedagógicos y que acaba ejerciendo más de educador que de juez. Si bien, pita las faltas y los goles como los árbitros convencionales y en realidad aplica el mismo reglamento del fútbol. Junto con esta medida, se han ido implementando otras, como el semáforo de los valores, a partir del cual los equipos reciben una puntuación por parte de los árbitros por el comportamiento que han tenido jugadores, técnicos y aficionados durante el partido. Al final de la competición no sólo recibe un premio al equipo ganador de la liga, sino también aquellos que obtienen una mayor puntuación en este semáforo de valores.

Según explicaba Marc Llinàs, director de los programas de deporte escolar del CEEB, en una  entrevista publicada en el blog de la Fundación CET 10, «de 20.000 partidos que se celebran cada año en el marco del CEEB, el porcentaje de semáforos rojos es de un 0,4% aproximadamente», y pese a ser tan bajo lo que hace un comité ético del Consejo es dirigirse a estos agentes que han obtenido un semáforo rojo» para ver si es posible realizar algún tipo de trabajo que revierta este tipo de conductas».

Con todo, estas medidas tan habitualmente aplaudidas también son objeto de alguna crítica. En la revista Fair Play , una publicación científica sobre filosofía y ética en el deporte que edita la Universidad Pompeu Fabra, el profesor de educación física y profesor asociado de la Facultad de Educación de la UB Mauro Valenciano publicó el año 2016 un largo artículo titulado «Rastros de desenfatizar la competición en el deporte infantil», que se centraba muy especialmente en la figura del tutor de juego, al que enmarcaba dentro de una tendencia mundial a quitar énfasis al factor competitivo del deporte infantil. Para Valenciano, a pesar de las buenas intenciones, el tutor de juego no cumple sus objetivos, ya que su aplicación del reglamento es menos fiable, se mete en un terreno que es del entrenador (el de enseñar cómo es el juego) , y en consecuencia, «ni de broma los niños podrán crecer hacia la autonomía, sino en todo caso hacia la dependencia».

Es en la Federación Catalana de Fútbol donde más se nota el problema de la violencia y donde los árbitros siguen siendo árbitros, y también se han hecho varias campañas de sensibilización, dirigidas muy directamente al público, es decir, a los padres. Juego limpio, Respeto, No más violencia en el fútbol, Zero insultos en la grada, Zero insultos en las redes, Gracias por su apoyo, Todos somos un equipo… son los eslóganes de las diversas campañas que ha ido difundiendo a lo largo de los últimos años, y que buscan fomentar la deportividad y rebajar los episodios de mala educación. Su valoración es positiva, ya que, según han podido constatar, entre las temporadas 2012/13 y 2016/17 las sanciones de árbitros a los jugadores han bajado considerablemente. En estos cinco años, afirma la federación, se ha reducido un 23% el número de tarjetas amarillas por partido y un 11% las rojas, los incidentes de público registraron una caída del 65% y las agresiones a árbitros del 25%.

Buenos entrenadores pero ¿malos educadores?

«Hay algo muy importante, que es hacia dónde dirijo las expectativas del menor cuando hace deporte -comenta Vicente Javaloyes. Se repite mucho que lo importante es participar, pero en realidad todo el mundo quiere ganar. Alrededor de esta falsa expectativa y mala gestión estamos creando muchas posibles frustraciones e incluso depresiones».

Los entrenadores son, después de padres y maestros, los adultos (habitualmente, bastante jóvenes) que pasan más tiempo cada semana con todos los niños del fútbol formativo. Y quizás es a los que hacen más caso, porque la recompensa de jugar más o menos tiempo en el partido del fin de semana depende del entrenador. Pero ¿están formados para transmitir todo el catálogo valores positivos que se le supone a la actividad? Lo preguntamos a Jaume Ferri, hoy coordinador de fútbol base del Club Deportivo Villa Olímpica, y durante 13 años vinculado a la Unión Deportiva Atlético Gramenet como entrenador en varias categorías. «Es muy difícil encontrar la figura de entrenador-educador en fútbol base -opina Ferri-. A pesar de todo lo que se diga, lo que prima para el entrenador es ganar cada fin de semana. Es verdad que se vende esta idea que se ha de educar a los niños, y que los clubs lo transmiten a sus entrenadores, pero acaba pasando que cuando un equipo pierde tres partidos las mismas direcciones de los clubes ya están pensando en echar al entrenador y al final la competición se pone por delante de todo». 

«Todos hemos visto entrenadores diciendo a sus jugadores que golpeen a los niños del otro equipo, que si ven que no llegan les den una patada… Esto afortunadamente cada vez se ve menos, pero todavía se ve», comenta Salvador Rovira, para quien en el fútbol predomina mucho la vertiente competitiva, mientras que en otros deportes, como el baloncesto o el hockey, «se ve más la vertiente integradora, la de dar importancia a hacer grupo y participar». Con todo, Rovira considera que hoy en día los entrenadores de fútbol están también cada vez más formados: «Saben qué ejercicios se pueden hacer y cuáles no a cada edad, o cómo se debe hacer el calentamiento, lo que casi nunca hacen es explicar a los niños por qué están haciendo un ejercicio u otro, mientras que en la educación física esto lo tenemos que explicar para que los alumnos conozcan mejor su cuerpo».

«Yo he visto equipos de barrio desconvocar a los niños más flojos por no tener que hacerlos entrar a jugar. Pues no, tienes que jugar con la plantilla que tienes, y si pierdes, pierdes», considera Carles Domènech. En el caso de la Damm, «los entrenadores les intentamos hacer entender que no los valoramos únicamente en función de los resultados. También nos fijamos en si hacen buen fútbol, ​​o si el ambiente del equipo y la relación con los padres es buena, y esto pasa, por ejemplo, por no tener ningún jugador con la sensación de que no cuenta para nada y por preservar el buen ambiente; «no queremos tener un entrenador que gane partidos pero sea un maleducado», añade.

Desde los clubes, escribe Jacinto Ela, se promueve la competencia entre compañeros para sacar lo mejor de cada jugador, «y los que no aguantan el ritmo se van quedando por el camino». Esta competencia interna también hay que saber administrarla, sobre todo en determinadas edades, porque, como sentencia el mismo Elá, «competir contra tus propios compañeros es lo contrario de la infancia».

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