Bach o la santísima trinidad contemporánea

Bach fue un compositor inmortal con un repertorio muy variado, propio de su genio. Su paseo condal es atravesado por grandes nombres, una trilogia vanguardista envejecida por el paso de las décadas y demasiado criticada desde aquellas bocas con demasiadas palabras si se compara con el vacío de su cerebro

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Jordi Corominas

Jordi Corominas

No sé si se habrán fijado, pero estos artículos suelen componerse a base de series sin un número determinado hasta agotar la esencia de determinadas zonas de la ciudad. Quizá estoy escribiendo una Historia de sus barrios y nadie se ha dado cuenta. Quién sabe.

Con eso de transitar por el upper Diagonal muchos me han escrito sobre el sinsentido de elegir esos tramos, a lo que respondí con alegría por eso de ir al fondo de lo insólito para encontrar lo nuevo, y me parece bastante ridícula la pereza barcelonesa, indudable símbolo de provincianismo, sobre todo si consiste en no pisar determinados puntos de la capital desde su lejanía o condición social.

Cada uno tiene su corazoncito, eso es innegable, y el mío es más de los viejos pueblos de la periferia, aunque ello no es obstáculo para disfrutar como un enano en el sector inmediatamente superior al Turó Park, donde se halla el carrer J.S. Bach, un centro expositivo de los años sesenta cuando, ya lo apuntamos en anteriores entregas, este reducto devino idóneo para experimentar y sentar las bases de nuevas concepciones sin destrozar las harmonías urbanas en el centro, algo sucedido no mucho después por obra y gracia de la piqueta y una horrorosa planificación municipal.

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Bach fue un compositor inmortal con un repertorio muy variopinto, propio de su genialidad. Su paseo condal está surcado por grandes nombres, una trilogía vanguardista avejentada por el transcurso de los decenios y demasiado críticada por esas bocas con demasiadas palabras en comparación con su nimio cerebro.

Ricardo Bofill asentiría. Sí, quizá tú eres uno de esos lectores hartos de ese apellido y refunfuñarás en este párrafo porque no puedes con el patriarca ni con el Walden y aún menos con su hijo. Si a todo esto le añades ese no tener abuela mis argumentos deberán ser muy sólidos, pero debo confesar cómo me encantó su afirmación de estar muy feliz con su trayectoria al haber realizado muy bien su labor durante más de medio siglo. ¿Se lo puedes negar?

Difícil, por no decir imposible. En Bach ejerce de Alpha y Omega. En el número 28 damos con su debut barcelonés, un edificio entre medianeras datado en 1963. Destaca por varios guiños al pasado y un uso intensivo en su fachada de materiales modernos como la celosía cerámica, persianas corridas y balcones de madera, relucientes en esta tribuna central del frontis, como si quisiera jugar con las referencias al pasado, en este caso al Modernismo, aunque si se observa la entrada del inmueble no es difícil comprobar cómo está retrasada con relación a la calle, estableciéndose un ingreso porticado con aires decimonónicos en total disonancia con el ático y el sobreático, anómalas terrazas jardín.Al principio

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de la calle, en ese número 2 colindando con el 6 de maestro Pérez Cabrero y el 3 de la plaza dedicada a San Gregorio Taumaturgo, damos con otra finca, esta vez de triple fachada donde debemos remarcar el juego con los materiales, si bien aquí predomina la obra vista, separada por esos angostos y simétricos balcones, como toda la matemática del trifásico, extraordinario y concebible como una unidad independiente al ser cada uno de sus fragmentos un organismo con vida propia.

En medio de Bach está Coderch, muy reconocible. Antes de fijarnos en sus prácticas visitaremos el vestíbulo del número 11, donde podremos vislumbrar uno de los grandes crímenes de la escultura barcelonesa, la sardana de Josep Guinovart. Un domingo por la tarde el portero del establecimiento me cazó mientras le tomaba fotos y no me salvé de ninguna reacción virulenta porque el buen hombre estaba de acuerdo con mi alucinación ante esos alienígenas con las manos ajuntadas en una danza tribal; quizá eran prehistóricos y no leí bien la cronología. Pocos días después mostré el conjunto a unsi amigos y se embobaron positivamente. Pensé en una tomadura de pelo por eso de ser más bien de brocha gorda, pero nada, niente, nothing, rien, res de res, iban muy en serio y desde entonces apenas conversamos.

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Todo sigue como siempre, no íbamos a romper por aberraciones estéticas, menos aún si están al lado de una casa de J.A. Coderch, alineada con el vial y separada de otros domicilios por un doble jardín lateral. Quien conozca un poco las características de este creador durante los años cincuenta apreciará concomitancias con sus proyectos de la Barceloneta, si bien aquí la pertenencia a un marco mucho más distinguido se nota incluso en la concepción, mucho más reposada y sin tensiones, permitiendo respirar una belleza casi absoluta, y no exagero, sólo constato una visión pausada y el acierto de unas fachadas laterales más ciegas y austeras en contraposición a las centrales, exultantes de irradiación.

La planta baja és, aunque suene contradictorio, el colofón por el cuidado de sus instalaciones de madera.
El único jaleo de J.S. Bach es su silencio. No deja de aturdirme como determinados elementos pueden hilvanar barreras tan poderosas entre dos distritos. El turó Park es el bendito paréntesis entre dos sonidos. Antes de volver al meollo nos espera un poeta, brillante, espléndido y muy olvidado por las instituciones catalanas. Cosas de no escribir cierto lenguaje en tiempos de ofuscaciones mentales.

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