Y, de repente, L’Hospitalet

Todo un conjunto de planes e inversiones contribuirán a incrementar, aún más, el impacto físico y social sobre un territorio ya altamente compacto, con implicaciones en zonas frágiles medioambiental –el Delta del Llobregat y la desembocadura del Besòs- y socialmente hablando, sin articulación entre las mismas y realizadas con el único fin de obtener réditos del suelo disponible

José Mansilla
 
 
 
L'Hospitalet de Llobregat / Jorge Franganillo (Flickr)

L'Hospitalet de Llobregat / Jorge Franganillo (Flickr)

Y el que dice L’Hospitalet dice Badalona, el Prat de Llobregat, Sant Adrià del Besòs y otras zonas del área metropolitana de Barcelona. Mientras nos hallábamos discutiendo sobre cómo poner límite al, ahora, denostado Modelo Barcelona, lidiar con el desembarco masivo de turistas, con las inversiones turístico-inmobiliarias especulativas, los incrementos exponenciales en el precio de la vivienda, la saturación y privatización acelerada del espacio público y los transportes, el efecto de los macro y microeventos, la ampliación del Puerto y otros tantos frentes abiertos en la ciudad, nos olvidamos, quizás en un nuevo ejercicio de ombliguismo capitalino, de mirar a nuestro alrededor.

Hay algunas voces que llevan tiempo alertando del hecho que, en una configuración espacial como la que caracteriza a Barcelona, de Región Metropolitana, es necesario tener la capacidad de actuar político-administrativamente, y de forma democrática, para poder afrontar las casuísticas típicas de este tipo de configuración mediante medidas urbanístico-territoriales amplias y coordinadas. De no ser así, la puesta en marcha de acciones parciales sin capacidad de influencia en ámbitos más amplios que el de la mera ciudad, puede llegar a desgastar políticamente e, incluso, acabar en desencanto.

En el ámbito turístico, por ejemplo, el Ajuntament de Barcelona salido de las urnas en 2015 empleó uno de los pocos recursos que tenía a su alcance, el planeamiento urbanístico, para intentar controlar el crecimiento ciertamente acelerado que venía manifestando el entramado turístico-hotelero. El resultado fue el Pla Especial Urbanístic d’Allotjaments Turístics (PEUAT), un documento que, por definición, estaba llamado a no contentar a todo el mundo, pero mediante el cual se intentaba responder a la creciente demanda ciudadana de poner coto al crecimiento de este tipo de equipamientos en la capital de Catalunya. Esta acción, como bien han señalado desde el Gobierno municipal de l’Hospitalet, puede haber impulsado –aún más, ya que el sector hotelero de la ciudad lleva años floreciendo al calor de la Fira-Gran Via- el traslado de las inversiones desde Barcelona a la localidad vecina.

De hecho, recientemente se ha anunciado la apertura de dos nuevos hoteles de cuatro estrellas, con un total de 266 plazas, en el entorno de la Plaça Europa, a escasos tres kilómetros de Plaça España, en Barcelona. Estas dos nuevas instalaciones hoteleras se suman a las 13 ya existentes en l’Hopitalet y se realizan siempre, según el discurso del propio Ajuntament, en aras de poder realizar políticas urbanísticas redistributivas en otras partes de la ciudad. Justo el mismo argumento enarbolado por la ciudad de Barcelona en su famoso Modelo y con los resultados que todos estamos presenciando.

Otro ejemplo de esta falta de capacidad democrática en el control y la coordinación del urbanismo de la región metropolitana son las inversiones anunciadas en el entorno de lo que, actualmente, se conoce como Las Tres Chimeneas, entre los términos de Sant Adrià de Besòs y Badalona. En las 28 hectáreas disponibles, propiedad tanto del mencionado Ajuntament de Sant Adrià, como del Consell Comarcal, Endesa y el Banco Santander, está prevista la construcción de más de 1.700 viviendas, en bloques de hasta 15 pisos de altura, así como una zona de hoteles, comercios –posiblemente un macrocentro comercial– y oficinas.

Es decir, se pone a disposición de la actividad económica y empresarial más de 170 mil nuevos m2. Sin embargo, en el cercano y fronterizo Distrito barcelonés de Sant Martí, en la zona 22@, a finales de 2017 había cerca de 70 mil m2 en construcción, más 30 mil rehabilitándose, además de 700 mil m2 cuadrados potenciales de oficinas, de los cuales 243 mil, estaban ubicados en suelo finalista. Y los ya construidos ni siquiera estaban ocupados al 100%.

El último caso expuesto muestra que ninguna administración quiere quedarse sin su tajada en el pastel. En una presentación llevada a cabo por el Ministro de Fomento Íñigo Álvarez de la Serna en la Cambra de Comerç de Barcelona, el político popular ha anunciado la transformación de más de 320 hectáreas en las inmediaciones del Prat del Llobregat, en terrenos adyacentes al Aeropuerto y pertenecientes a la empresa pública AENA. En un nuevo ejemplo de desamortización, las inversiones apuntadas anuncian 28 hectáreas destinadas a “actividades económicas de alto valor tecnológico” –justo como las que estaban planeadas en el mencionado 22@ en el año 2000 y que, posteriormente, se dedicaron a acoger hoteles y empresas de servicios bancarios, seguros, etc–, 40 hectáreas para hoteles, comercios, restaurante y oficinas, y otras tantas superficies de distinto tamaño destinadas a logística, mercancías, hangares e industria aeronáutica.

En definitiva, todo un conjunto de planes e inversiones que contribuirán a incrementar, aún más, el impacto físico y social sobre un territorio ya altamente compacto, con implicaciones en zonas frágiles medioambiental –el Delta del Llobregat y la desembocadura del Besòs– y socialmente hablando, sin articulación entre las mismas y realizadas con el único fin de obtener réditos del suelo disponible. A casi diez años del inicio oficial de la crisis, la financiarización de la economía y su vinculación a los valores inmobiliarios sigue siendo uno de los pilares fundamentales del capitalismo patrio. Como bien recordaba recientemente un artículo publicado por la gente de La Hidra, una profundización democrática elaborada desde una perspectiva siempre conflictual puede presentarse como una ocasión para poner freno a una dinámica que, como señalaba el geógrafo británico David Harvey, solo puede tildarse como de desposesión.

José Mansilla
Sobre José Mansilla

Antropólogo urbano y miembro del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU) Contacto: Twitter | Más artículos

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