Vox, la política del odio

Podíamos intuir que el monstruo estaba aquí. Escondido, y que, tarde o temprano, despertaría. Lo que nos ha superado es que dos partidos que se llaman constitucionalistas le den alas con el pacto para gobernar Andalucía. No hay neutralidad posible porque lo que está en juego es la esencia de la democracia

Josep Carles Rius
 
 
 
Acte de VOX a la campanya per Andalusia | VOX

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En la vida y en la política hay dos grandes motores. Uno es la voluntad de hacer el bien. De contribuir a la felicidad de los demás. El amor, si lo resumimos, en una palabra. Las religiones y la ética han escrito la historia de esta pulsión humana, sobre las que se basa la civilización. Sin este poderoso sentimiento la vida resultaría imposible. Pero hay otro poder que motiva el comportamiento humano: el odio. A menudo fundado en el resentimiento. O en ideologías perversas que se alimentan de buscar y señalar culpables de las frustraciones propias.

En la vida todos podríamos identificar biografías basadas en el amor. Y también las que están atrapadas en el odio. Quizás como resultado del infortunio o de experiencias negativas. O incluso, como respuesta a ser o sentirse víctimas de comportamientos reprobables. Pero siempre con unos efectos demoledores. Tanto para uno mismo como para quienes conviven con él.

Cuando el odio ya no es una cuestión individual, sino colectiva entramos en un terreno muy peligroso. Cuando el odio se convierte en un instrumento político el riesgo es extremo. El odio convertido en el motor que moviliza a una sociedad ha sido la raíz profunda que ha llevado a naciones enteras al abismo de las peores degradaciones que puede protagonizar el ser humano. En el origen quizás hay causas, razones, que explican la chispa que enciende el odio hacia los que la sociedad identifica como ‘los otros’. Es el preludio de una deriva que después ya nadie sabe cómo detener.

El odio convertido en política alimentó el monstruo de todos los fascismos de los años treinta. Alemania, humillada tras la Primera Guerra Mundial, tenía motivos para sentirse frustrada. Los nazis señalaron los culpables. Los judíos, los gitanos, los comunistas, los disidentes, los intelectuales, los extranjeros, los diferentes… ‘los otros ‘. Y dijeron, “los tenemos que odiar hasta el fin”. Una minoría lideró la ignominia, pero una mayoría calló, lo consintió. El resultado todos lo conocemos. La sociedad alemana lo tiene bien presente y ha hecho un ejercicio de memoria ejemplar. Mucho más que lo que hemos vivido en países como España o Italia.

Quizá por no haber hecho lo suficiente memoria del franquismo, el PP y Ciudadanos han firmado un acuerdo de gobierno con Vox, un partido, digámoslo sin rodeos, que se alimenta del odio con sus mentiras. Como los fascismos de siempre. Odio al inmigrante; odio a las mujeres que defienden sus derechos, odio a los catalanes que reclaman la independencia, odio a todos aquellos que no encajan con la visión arcaica y retrógrada de su España.

Ese resentimiento estaba aquí desde el fin del franquismo. Crecía mientras pensábamos que éramos la gran excepción europea. En todas partes surgían los partidos ultras y aquí vivíamos la ficción de un Partido Popular que no condenaba el franquismo pero que, al mismo tiempo, contenía los peores instintos de la caverna.

Y de golpe, el monstruo ha surgido de las urnas. Sin máscara, con un ideario que nos hace viajar a nuestra historia más negra. Y que, a la vez, nos recuerda los fenómenos de Donald Trump, en Estados Unidos, Jair Bolsonaro, en Brasil, o Matteo Salvini, en Italia. El peor pasado y el peor futuro.

Podíamos intuir que el monstruo estaba aquí. Escondido, y que, tarde o temprano, despertaría. Lo que nos ha superado es que dos partidos que se llaman constitucionalistas le hayan dado alas con el pacto para gobernar Andalucía. Así han normalizado el odio como instrumento político y han iniciado una dinámica que sabemos cómo nace, pero no hacia dónde nos lleva. El PP y Ciudadanos han conseguido el poder en Andalucía al precio de convertirse en cómplices de lo que significa Vox.

El resentimiento acaba de tener una gran victoria. Pero el verdadero riesgo está en su capacidad de expansión. De convertirse en la carcoma de las democracias y la convivencia. Por eso es tan importante desenmascarar sus mentiras y apoyar a todas las personas y colectivos señalados por Vox y sus altavoces. No hay neutralidad posible. Ni silencios. Porque lo que está en juego es la misma esencia de la democracia, el sistema que nació para que la fraternidad, el bien común, fuera el motor de la política. Y no el odio. Esta es la decisiva batalla que libra ahora Europa. Y España.

Este artículo fue publicado primero en el ‘Diari de Tarragona’

Josep Carles Rius
Sobre Josep Carles Rius

Josep Carles Rius és president de la Fundació Periodisme Plural,que edita Catalunya Plural, El Diari de l'Educació, El Diari del Treball i El Diari de la Sanitat. Professor de periodisme a la UAB, ha estat degà del Col.legi de Periodistes de Catalunya i sotsdirectorde La Vanguardia. Ha treballat a El Periódico de Catalunya i a TVE. Va ser director del diari Público a Catalunya (Públic) fins al seu tancament. Josep Carles Rius es presidente de la Fundació Periodisme Plural, que edita Catalunya Plural, El Diari de l’Educació, El Diari del Treball y El Diari de la Sanidat. Profesor de periodismo en la UAB, ha sido decano del Col.legi de Periodistes de Catalunya y subdirector de La Vanguardia. Ha trabajado en El Periódico y en TVE y ha colaborado en la SER. Fue director del diario Público en Catalunya (Públic) hasta su cierre. Contacto: Twitter | Más artículos

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