Vladimir Antónov-Ovséienko, de héroe soviético en «enemigo del pueblo»

'El cònsol de Barcelona '(Columna) de Andreu Claret es la obra ganadora del Premio Néstor Luján de Novela Histórica 2019. El libro se sitúa en Barcelona entre 1936 y 1937 y trata sobre el bolchevique Vladimir Antónov-Ovséienko, el cónsul soviético en Barcelona, ​​que se enamoró de Catalunya y que Stalin fusiló

Oriol Puig
 
 
 
El cònsol Antónov-Ovséienko i Lluís Companys

El cònsol Antónov-Ovséienko i Lluís Companys

Parafraseando el periodista norteamericano John Reed, la Revolución Rusa, conmovió al mundo. De repente, aquel 1917, en plena Primera Guerra Mundial y en medio de un panorama cada vez más marcado por las tensiones sociales y los extremismos ideológicos, la caída de la familia de los zares Romanov y el establecimiento en Rusia del primer régimen comunista de la historia produjo una onda expansiva que sedujo Catalunya. Es sobre todo durante la Guerra Civil que se llega a uno de los puntos más álgidos de la admiración hacia la URSS. Se establece un consulado soviético en Barcelona y el cónsul es Vladimir Antónov-Ovséienko, el símbolo vivo de la revolución. Volviendo a Reed, en las páginas de Diez días que estremecieron el mundo, aparece como un personaje heroico, que asalta el Palacio de Invierno y detiene el gobierno provisional, pero que ya demuestra una fuerte personalidad.

Andreu Claret ha rescatado del olvido a un personaje poco conocido en nuestro pero fascinante. El autor descubrió Antónov-Ovséienko tras la lectura de Falsa leyenda del Kremlin, de Josep Puigsech, en el que el historiador se sumerge en la vida del consulado soviético en Barcelona. Antónov-Ovséienko llegó a bordo del Zirianin, un barco soviético con ayuda alimentaria y militar, y se establecieron acuerdos comerciales. El éxtasis llegó el 8 de noviembre del 1936, con el decimonoveno aniversario de la Revolución Rusa. Entre 300.000 y 500.000 personas desfilaron durante más de cinco horas por la ciudad. El desfile pasó por la plaza de Sant Jaume y en el balcón había Antónov-Ovséienko y Companys, que saludaban con el puño en alto las diferentes delegaciones políticas y sindicales.

Antónov-Ovséienko era un estalinista de cantería, con un pasado glorioso por haber encabezado las tropas que asaltaron el Palacio de Invierno, pero en Barcelona empieza a tener sus dudas sobre el régimen soviético y, además, su esposa, una mujer ucraniana, de origen judío y de mucho carácter, sospecha que el cargo de cónsul servirá para que la terminen liquidando. Su misión era ayudar a la retaguardia republicana, pero también de aplacar los anarquistas de la CNT y perseguir los trotskistas del POUM. Pero el viejo bolchevique decide que, para actuar con sensatez y diplomacia, es necesario comprender el difícil juego de las izquierdas en Catalunya.

Vladímir Antónov-Ovséienko, el símbol viu de la revolució

El POUM y el PSUC, dos caras -al final contrapuestas- de una misma propuesta, son herederos de la Revolución Rusa, evidencian que interpretan el comunismo de manera diferente. El POUM fue perseguido por antiestalinista, pero el PSUC, que formó parte del gobierno de la Generalitat durante la República, no se salvó de las exigencias soviéticas. En los reportes a sus superiores, el cónsul defiende la necesidad de estrechar relaciones con el gobierno de la República y unir esfuerzos para hacer frente al fascismo; así es como se interesa por los anarquistas y establece grandes complicidades con Lluís Companys. Pero estos acercamientos diplomáticos que para él serán motivo de orgullo, se le girarán en contra, ya que despertarán las suspicacias entre sus adversarios.

Cuando se dio cuenta de la hipocresía y la verdad de los horrores de Stalin era demasiado tarde. Su amistad con Trotsky o su pasado menchevique, no pasó por alto por un Stalin que lo terminó encarcelando y fusilando como «enemigo del pueblo», acusándolo de conspiración y de relacionarse con anarquistas y trotskistas. Otro mártir de la guerra civil como tantos otros, que tuvo un destino paralelo al de su buen amigo Lluís Companys: morir por unos ideales, fiel a una causa hasta las últimas consecuencias.

Un viaje de ida y vuelta

Con un estilo ágil y comprensible, Andreu Claret, colaborador en Catalunya Plural, sitúa la novela un año más tarde de la llegada de Antónov-Ovséienko en Barcelona, ​​cuando se hacen más evidentes las contradicciones dentro del mismo bando republicano, mientras las tropas franquistas extendiendo su dominio. El año 37 es un año decisivo para la guerra, para Catalunya y para Europa, ya que todo el drama de la Segunda Guerra Mundial se está cociendo en este momento, Mussolini comienza a bombardear Barcelona, ​​Hitler bombardea Guernica y las izquierdas se matan entre ellas por las calles, mientras Franco, que aún no ha ganado la guerra, ya llama victoria. En el relato colectivo popular que ha quedado para la memoria de aquella guerra se insiste en la idea de que la falta de cohesión y los constantes enfrentamientos internos en el bando contrario al levantamiento del general Franco fueron uno de los hechos determinados en el resultado del conflicto bélico.

Con su tercera novela, que publica Columna y que le ha valido el premio Néstor Luján de novela histórica, Claret ha querido adentrarse «por unos hechos que fueron decisivos para dos cosas que marcaron a mi familia e, indirectamente a mi generación: el ascenso del fascismo y la victoria del estalinismo, dos dramas que están en mí ADN». Claret comenta que el libro «nace de un impulso personal, porque soy hijo del exilio y esto es algo que marca y la Guerra Civil era algo de lo que se hablaba cada día en casa, especialmente para tratar sobre las barbaridades del régimen franquista, así como de las contradicciones y las miserias del bando republicano». En el momento de escribir la novela, el autor afirma que durante este viaje de ida y vuelta, he estado guiado por lo que siempre decía su padre: «la guerra no la ganó Franco, sino que la hicimos perder los republicanos».

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