Violencias del sistema sanitario hacia las mujeres

Violencias en espejo, dos voces de mujeres profesionales de la salud

Este es un relato a dos voces: la de una médica el día de su jubilación y la de una médica en sus primeros años de trabajo. Hablan de la violencia contra las mujeres profesionales de ayer y de hoy

Elena Serrano, Mª José Fernández de Sanmamed i Francesca Zapater
 
 

Último día de consulta. Acaba de salir el último paciente, hemos llorado. Yo todavía lloro. Ha sido un mes de despedidas, algunos tiernos, otros emotivos y húmedos, otros indiferentes y desenganchados, y muchos que me han deseado suerte en la nueva etapa de mi vida. Echaré de menos esta profesión que me ha dado tanto, que me ha hecho crecer como persona y como profesional. Tanta riqueza recibida! Tantas historias de vidas entregadas y compartidas con confianza! El mundo de la vida en colores entrando por la puerta y la ventana de mi consulta durante 38 años…

Punto y aparte a los contratos mensuales y en su programación salteada. Con la incertidumbre junto a la ilusión doy la bienvenida a una interinidad. Con esta buena noticia ha acabado la entrevista que ha durado cerca de una hora. Se han hecho preguntas desde un lado y otro de la mesa, y he completado casi todos los guiones de mi lista de dudas. Reconozco que también traía alguna respuesta preparada, que finalmente no he tenido que usar porque, esta vez, no ha aparecido la pregunta: “Te planteas la maternidad en el próximo año? Era una pregunta previsible después de habérmela encontrado en dos entrevistas de trabajo previas. Todavía puedo recordar la sensación que recorrió mi cuerpo cuando en los primeros minutos del encuentro apareció sobre la mesa. Me desconcertó y también sentí miedo al imaginarme que una respuesta afirmativa podría condicionar un desenlace diferente.

Pasa ante mí como un cuento cuando empecé de médica residente al hospital. Aprendí mucho, y aquel aprendizaje me ha ayudado toda mi vida profesional. También el paso por el hospital me enseñó, con sorpresa, que ser mujer en esta profesión no sería fácil. Todavía recuerdo los comentarios de los compañeros cuando en quirófano una cirujana embarazada se mareó “las mujeres sois débiles y no tendríais que ser cirujanas”, o aquel “a ver qué piensa nuestra doctora” dicho con una sorna que me dejaba sin voz. O cuando pidieron “un médico” y fui yo y un cirujano me preguntó si no había “nadie mejor”.

Pero lo que me desconcertó más fue percibir como los roles de género restaban tatuados a hierro en los significados de los pacientes: “Doctor, cuando me dará el alta?, preguntaba un paciente al enfermero que vendía a hacerle una extracción de sangre que yo, que era su médica de referencia, había pedido; “niña tráeme la orinal” me decían cuando pasaba por las habitaciones a visitar los pacientes… Un clásico, a los chicos los hacían médicos, a las chicas nos hacían enfermeras o auxiliares, y éramos mujeres todas “niñas”.

Cuando compartí con una compañera mi reflexión sobre la pregunta de la maternidad en las entrevistas me explicaba la situación, que describió como tensa y desagradable, de la noticia de dos nuevos embarazos en su equipo: uno era de una residente y el otro de una médica con una interinidad desde hacía tres años. Me explicaba como se escucharon algunos “enhorabuena” que intuyó como forzados y los días siguientes los comentarios sobre las consecuencias en el equipo por la previsible ausencia de estas dos compañeras durante unos meses. Y como la compañera embarazada le había confesado su sentimiento de ambivalencia ante lo que era una buena noticia para ella y la impotencia al percibir que era una jarra de agua fría para el equipo. Y todavía la interpelaba más porque la mayoría son profesionales mujeres y madres. Se preguntaba: donde queda la feminización de la profesión y la empatía – calidez en el trato?

Me has hecho recordar que al llegar a la atención primaria sentí que era diferente, las relaciones entre compañeros eran más igualitarias y la mayoría éramos mujeres, a pesar de que a veces también ellas me han dicho que dedicaba demasiadas horas al trabajo y si no tenía vida familiar, o quien cuidaba mi hija. Pero los “niña”, “reina-princesa” continuaban siendo formas frecuentes de denominarme (con afecto) los pacientes. Al comienzo me molestaba pero lo dejé correr hasta que cambiaban a un nivel superior como decirme “muñeca”. Esta palabra me hace pensar en el montón de ejemplos que he vivido, y me han explicado, de pacientes que vienen repetidamente a que les miramos los genitales, nos preguntan si estamos casadas cuando los estamos explorando o directamente nos agreden sexualmente. Este relato de una compañera es bastante elocuente del aparato machista en que trabajamos: “Hace tiempo visité un señor de unos 80 años que me puso la mano por el escote de la bata cuando lo despedía en la puerta de la consulta. Me sentí muy mal y aunque comuniqué el hecho a la dirección, no consideraron oportuno cambiar el paciente de médico. Siguió viniendo a mi consulta como si nada hubiera pasado, pero cuando lo veía en la lista avisaba el enfermero y lo visitábamos juntos. El señor murió. Pero yo todavía recuerdo el frío de las baldosas de la pared contra mi espalda”.

Justo hace un año tuve una experiencia con un paciente que empezó a gritarme cuando, después de valorar el motivo de consulta y explorarlo, le expliqué que no solicitaría las pruebas complementarias que él quería porque no las consideraba adecuadas en su situación. Acercó su cuerpo a la mesa y me preguntó: “Cuántos años tienes?, no tienes familia para cuidar y por eso te han puesto aquí?, crees que la bata blanca te da derecho a hacer lo qué quieras?”. No me dio tiempo a continuar la conversación, puesto que se fue de la consulta. Siguió un cerrar de la puerta brusco y continuó hablando alto en la sala de espera: “Médicos, como los de antes, es lo que nosotros necesitamos!”. Decidí respirar profundamente, miré unos segundos a través de la ventana y continué recibiendo el resto de pacientes. Pasados unos días yo también compartí esta situación con las personas del equipo directivo y su respuesta fue que estos hechos forman parte de nuestro trabajo, que la mayoría son debidos a problemas de comunicación y que nuestro papel es educar la población respeto que no se puede tener todo lo que se pide. Eché de menos un tiempo de escucha sobre aquello que sentí en aquella consulta, por qué había dado el paso para compartirla y, en el fondo, el reconocimiento de la violencia que sufrí.

Estuve una época de directora y también durante este tiempo sentí y sufrir denominaciones de “chata” por parte de otros directivos. O que se menospreciaban mis opiniones y demandas, o me ignoraban y trataban con condescendencia o, como dice el relato anterior, ignoraban y relativizaban las quejas de mujeres sobre violencia sufrida en el ejercicio de su profesión y por su condición de mujeres. Muchas veces en mi vida profesional, desde que inicié la residencia hasta hoy que me jubilo, he sentido que como mujer siempre tenemos que estar justificándonos y haciéndonos ver y valer en el ámbito profesional. Que nosotros tenemos que demostrar que somos médicas y que además somos buenas profesionales, mientras que a nuestros compañeros hombres se los supone que son buenos y no se los cuestiona de entrada.

Sí, a veces siento que tengo que justificar que estoy y puedo hacerlo. En una consulta de hace unos días, de manera parecida a otras previas, un paciente acabó la consulta diciéndome: «Pero tú eres muy joven, ¿no?, ¿cuántos años tienes?». Y continúa: «A mí me traía siempre el Dr. López, no sé si lo conoces, pero hasta que se jubiló fue un gran hombre que hizo mucho bien». No he conocido el Dr. López ni dudo que fuera un gran profesional. Y es que el problema no es lo que se dice, sino el contexto. Cómo dice Lucía Lijtmaer en su libro “Yo también soy una chica lista”, la manera en que normalizamos la violencia y la desigualdad queda tan patente que la hace ineludible.

Este relato se ha construido a partir de experiencias vividas por un grupo de mujeres médicas (Noé Amorós, Anna Cartanyà, Roser Marquet, Teresa Mateu, Assum Reyes, Laia Riera, Gemma Torrell y Nani Vall-llosera) que junto con tantas otras nos han traído a estas reflexiones. A todas los agradecemos sus testigos. Sólo son algunas de las agresiones más evidentes. Pero cada día vivimos un montón de situaciones en que sufrimos el marco machista y patriarcal en que trabajamos y en el cual percibimos que un hombre profesional sería tratado de una manera diferente por las direcciones, los compañeros y aihhhh, también por los pacientes.

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