Verdades que suman

Del 11 al 14 de julio, el Espai Lliure de Montjuïc acoge, dentro del Grec, La Revelació, un thriller tecnológico alrededor de los whistleblowers Assange, Manning y Snowden, una propuesta del director Jorge-Yamam Serrano con el asesoramiento de la periodista Neus Molina

Oriol Puig
 
 
 
'La revelació' | Cedida

'La revelació' | Cedida

Durante años, quien gestionaba hábilmente la información, quien ocultaba mejor sus cartas, ganaba la partida. Varias generaciones de cineastas han glorificado la figura del espía, del personaje capaz de obtener información y gestionarla de manera asimétrica. La sensación era que toda información debía ser necesariamente secreta: las empresas no se planteaban comentar con nadie los secretos de su gestión, la diplomacia se caracterizaba sobre todo por su opacidad, los cargos públicos ganaban galones si mantenían los secretos de Estado a que tenían acceso. El secreto y la discreción tenía buena prensa, y todo se condicionaba a la necesidad imperiosa de mantener la información en un lugar seguro.

La diplomacia y la gestión pública viven la mayor crisis de su historia, en gran medida porque gobernantes y gobernados mantienen un contencioso durísimo sobre el nivel de transparencia exigido y exigible en la tarea de gobierno. Las leyes de transparencia exigen cada vez más a los teóricos representantes que escondan a los representados el mínimo imprescindible de información, tan sólo aquella que pueda afectar la privacidad de terceros o la seguridad nacional. La transparencia es un valor al alza. Estamos criando toda una nueva generación que valora la transparencia, la claridad y el acceso libre a la información por encima de muchas otras cosas.

En este contexto es donde la figura de lo que los norteamericanos llaman whistleblower, filtradores de información, toma una importancia capital. El whistleblower no lo es simplemente para poner en conocimiento público información que estaba supuestamente reservada a un ámbito restringido, sino para hacerlo en virtud de una serie de estándares éticos. Podéis consultar la lista de whistleblowers célebres que aparece en Wikipedia: todos sus integrantes son personas con fuertes convicciones éticas, con estándares sólidos, que se vieron, tras un proceso de pensamiento íntimo, en la obligación de infringir leyes y normativas, de sacrificar y poner en peligro su estabilidad, su carrera, su bienestar o incluso su vida por una sólida convicción moral. Sus nombres, expuestos durante los dos últimos años en diversos medios, forman parte de una iniciativa a favor del coraje y la libertad de expresión.

Tres nombres han provocado la ira del Gobierno de Estados Unidos en esta segunda década del siglo XXI: Manning, Assange y Snowden. Todos jóvenes expertos en uso de las Tecnologías de la Información (TI). Chelsea Manning hizo de analista de inteligencia en una unidad del Ejército estadounidense en Irak, filtró más de 700.000 documentos oficiales a WikiLeaks. Un tribunal militar la condenó a 35 años de prisión por delitos de espionaje, robo y fraude informático. Una pena conmutada por Obama. La vida de Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, transcurre ahora entre las paredes de la embajada de Ecuador en Londres porque corre el riesgo de ser extraditado a Estados Unidos. Sus detractores dicen que no busca más que publicidad, para sus partidarios es un defensor de las libertades. Como Assange, el ex agente de los servicios secretos estadounidenses Edward Snowden, vive en el exilio, en este caso a Rusia. Sus filtraciones sacaron a la luz un sinfín de correos electrónicos y llamadas telefónicas interceptadas por la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense (NSA).

Héroes para unos, traidores por otros

Manning, Assange y Snowden están dispuestos a jugarse la piel por lo que creen, y han puesto en marcha una discusión más que necesaria sobre los límites del poder del Estado o la privacidad de individuos. Y por eso ambos merecen como mínimo un reconocimiento social. Si es mediante el teatro documental mucho mejor. Después de la experiencia de Camargate, Jorge-Yamam Serrano, echa la vista atrás para reconstruir tres episodios que hacen referencia a cada uno de los tres whistleblowers protagonistas. El proyecto parte de una investigación periodística minuciosa de más de dos años. De ahí la autoría compartida con Neus Molina, periodista, editora de la revista Godot, especializada en cultura y artes escénicas, que ha aportado el montaje su asesoramiento en materia de periodismo, documentación y tratamiento de la información.

Con un espacio íntimo reducido, flanqueado por pantallas que salpican información, La Revelació acerca a los espectadores al hecho teatral sin grandes artificios. Además esta línea de trabajo lleva a los actores Ruben Ametllé, Cristina Gámiz y Xavi Sáez en un trampolín sin red en el que son imprescindibles la veracidad y la autenticidad de acciones y emociones, características que se han convertido en seña identitaria del teatro documental. La Revelació se estructura en tres actos (uno para cada personaje principal) siguiendo una estructura dramatúrgica donde se entrelazan fragmentos de actualidad, como la conversación entre Julian Assange y el director de Google Eric Schmidt, y fragmentos clásicos como el monólogo del juicio a Sócrates o a Galileo. El paralelismo entre estos casos más recientes y otros que cambiaron la historia de la humanidad es evidente. Entre otras cosas nos preguntaremos sobre temas candentes como los diversos tipos de censura moderna, la crisis de los medios y del periodismo, la libertad de expresión, las formas de control que ejercen los gobiernos y las nuevas formas digitales de resistencia.

En plena sociedad de la información, necesitamos imperiosamente proteger, glorificar y mitificar a nuestros whistleblowers. Necesitamos incentivar, que sepan que hay un premio en reconocimiento social, La Revelació hace esta función, los que infrinjan las normas con un motivo justificado. Que no hay ninguna ley ni ninguna norma que se deba cumplir ciegamente, por mucho que algunos lo piensen. No sólo necesitamos leyes de protección: necesitamos convicciones sociales que estén como mínimo a la altura de las convicciones éticas que llevaron a estas personas a hacer lo que hicieron. Necesitamos protegerlos, blindarlos contra las agresiones de los centros de poder, otorgarles la consideración que merecen. No, lo anormal no debe ser convertirse en whistleblower, lo anormal debería ser tener acceso a determinada información. En plena sociedad de la información, necesitamos muchos más ejércitos de Snowdens, más Assanges, más Mannings, por favor. Más revelaciones, por el bien de todos.

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