Una mirada de niño a los periplos migratorios: «muchos menores no saben ni decirte de dónde son»

Un informe de la Organización Internacional para las Migraciones (IOM) cifra en más de 250 los niños muertos cada año en ruta migratoria. Los menores son el colectivo más vulnerable de entre todos los refugiados; "Las políticas se hacen desde una perspectiva de adultos y pensada para adultos"

Sandra Vicente
 
 
 
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El dos de septiembre de 2015 dejó para la posteridad una imagen que se convertiría en icónica, imborrable y sintomática de lo que ya se empezaba a llamar ‘crisis de los refugiados’. Aylan, niño kurdo que apareció muerto en una costa turca se convirtió en un símbolo de todas aquellas personas que mueren intentando huir de una guerra o un pasado de violencia. Este verano, otra imagen ha sacudido conciencias, pero esta vez, mirando al otro lado del mundo. La niña de dos años de El Salvador, muerta, junto a su padre, al borde de un río mexicano muestra otra frontera mortal.

Estas dos fotografías se han convertido en símbolo de la matanza que se da cuando se huye de la guerra. Pero estos dos niños son una gota en un océano que ya acumula más de 250 muertes de niños y niñas cada año desde que se empezaron a compilar los datos, en el 2014. Pero recoger las cifras sobre las migraciones infantiles todavía es una tarea hercúlea: «cualquier recuento sólo toca la superficie de la tragedia: la documentación de muertes y desapariciones infantiles muchas veces no está disponible», denuncia la IOM (International Organization for Migration) en su informe Fatal Journeys: Missing Migrant Childrens.

La organización pone el foco en este cuarto informe en los niños y niñas, que tienen menos opciones para un viaje seguro y legal. «Son los menores -o las familias que viajan con ellos- los que normalmente toman caminos de migración irregulares, con el fin de evitar la detección y, con ella, el retorno», apuntan desde la IOM. Aseguran, asimismo, que la falta de datos hace difícil proponer soluciones, ya que «los estudios y las políticas migratorias están hechas por y para adultos, lo que deja fuera del espectro a los más vulnerables: los niños».

Son millones los niños y niñas los que cruzan fronteras para reagruparse con la familia o huir de la violencia, tantos que el 2017 la OIM calcula que 30 millones de niños y niñas residían como refugiados en un país distinto del que nacieron y otro millón era solicitantes de asilo. «Muchos niños y niñas pequeños llevan tal periplo migratorio a las espaldas que no saben ni decirte de qué país son», explica Isabel. Esta catalana trabaja con menores migrados en un campo de refugiados de la Grecia continental (por motivos de seguridad, no ha sido autorizada a dar el nombre del campo).

Isabel hace un año que trabaja en un CFS (Children Friendly Space) en el que atiende a muchos niños y niñas que llegan a Grecia, como primer punto de contacto con Europa, un continente a través del cual se repartirán. Ella trata sólo con criaturas que vienen acompañadas de la familia y se encarga de la llamada educación no formal. Comenta la dificultad de saber su nacionalidad y su edad: «muchos hablan un turco perfecto, pero porque han estado mucho tiempo encerrados en campos de ese país», explica Isabel.

«Muchos no saben decirte de dónde son porque directamente no saben dónde nacieron: algunos lo han hecho en un campo de refugiados y algunos están confusos», apunta, en referencia a los provenientes de Kurdistán. «Algunos no saben si son turcos, sirios… algunos se dan cuenta aquí que son kurdos». La mayoría de migrantes que llegan al campo de Isabel, al igual que en la mayoría de los griegos, provienen de Siria, Kurdistán e Irak.

Imagen de archivo de jóvenes migrantes que viven en la calle a Melilla porque huyen o son expulsados ​​del sistema de protección de menores. | Robert Bonet 

Cargas familiares

Desde 2014 hasta 2018 se han computado 1.593 muertes de niños durante migraciones (esto sólo contando los casos en que se han encontrado los cuerpos), pero sin información exacta sobre la edad. Según el IOM, la edad sólo se conoce un 10% de los incidentes. También es frecuente que los niños y niñas no digan la verdad sobre su edad cuando llegan a un campo de refugiados, según confirma Isabel. «Cuando les preguntas cuántos años tienen te piden si quieres la edad de verdad o la del campo». Y es que el miedo a la deportación y al desamparo se extreman en los niños y las familias.

«Las migraciones pueden tener un grave impacto en el desarrollo social y psicológico a cualquier edad, pero los traumas y las secuelas son más frecuentes en niños, ya que no tienen una madurez emocional y psicológica que los proteja», afirma el IOM en el informe. En la misma línea, Isabel destaca que los niños de entre 10 y 12 años sufren «una carga familiar insoportable». Debido a su mejor capacidad de aprendizaje, hablan muchos más y mejor los idiomas que sus padres o acompañantes adultos: «esto los pone en el compromiso de hacer de traductores, con la carga grave que supone asumir responsabilidades adultas que, en caso de rechazar, pondrían en riesgo a sus familias».

Y es que durante los periplos migratorios no sólo se pierden los tejidos sociales, sino también la capacidad de comunicarse plenamente. Tal como explica Isabel, los niños que llegan a su campo hablan perfectamente turco, ya que han estado parados muchos años en este territorio, pero esto no ocurre con los adultos. En CFS donde trabaja la catalana, a los niños se les enseña inglés y griego. «No contamos con demasiados intérpretes, así que les enseñamos como podemos, pero son niños que aprenden rápido», matiza.

Grecia es un país de paso en las rutas migratorias desde hace años. Las islas griegas registraron en 2015 el mayor movimiento de población hacia Europa desde la Segunda Guerra Mundial, con 853.650 personas cruzando el Este del Mediterráneo. En promedio, 4.532 personas intentan llegar a Grecia cada mes, según datos del IOM de abril de 2016.

Dentro la excepcionalidad de vivir en un campo de refugiados, las actividades de educación no formal de los CFS pueden ser las únicas rutinas que recuerden un poco a la infancia. «Supuestamente todos deberían ir a la escuela», apunta Isabel. Pero esto no es siempre así, ya que en la práctica no se les puede escolarizar hasta que no hayan sido vacunados. «Y las vacunas, como todo lo que tiene que pasar por burocracia, tarda».

Migrados recién llegados a Barcelona, ​​en un centro de primera acogida | Sandra Vicente

Vulnerabilidad y burocracia

«Los niños son un grupo particularmente vulnerable de personas, y aún más bajo condiciones de riesgo», dicen desde la organización, que destaca la educación, la etnia, las circunstancias de la migración, la razón del viaje, las barreras idiomáticas y la inestabilidad económica como factores que pueden poner en riesgo (dejando de lado el periplo migratorio) a los niños, tanto física, como psicológicamente.

Sin embargo, los estudios son limitados, apuntan. «Hay poca y pobre analítica para entender el concepto y las vulnerabilidades que afectan a los niños», denuncian. Aún sin datos, las organizaciones y los voluntarios coinciden en que uno de los miedos más acusados sobre la vulnerabilidad de los niños es su desaparición. El IOM denuncia que no hay ninguna definición oficial para «niño desaparecido» en contextos migratorios, pero la organización estipula que cualquier menor que ha sido identificado y ha dejado de recibir los servicios de protección a la infancia se puede considerar desaparecido.

Hay muchas causas detrás de la desaparición, pero una de las que más se temen es el tráfico. Así, las políticas de protección de datos de los campos de refugiados son extremas: no sólo no se pueden hacer y publicar fotos de los niños, sino que tampoco se pueden compartir los nombres, las edades o incluso el número de niños y niñas que residen en un campo. La entidad que gestiona el campo externaliza a otra ONG el trabajo que hace la Isabel, por ello, «en ningún momento nos pasaron una lista de los niños, nacionalidad o sus edades», dice.

Esto, a pesar de que aumenta la seguridad, trae consigo dificultades añadidas, como el hecho de «no saber nunca cuántos niños tienes a cargo. Por lo tanto, cuando un niño o niña deja de venir, no sabemos si es que su familia ya ha continuado el camino y se han marchado del campo o es que le ha pasado algo», se queja. Los datos de tráfico de niños de la Oficina de Drogas y Crímenes de las Naciones Unidas apuntan a un destino de explotación sexual en un 62% de los casos (de los cuales, el 73% son niñas y mujeres jóvenes). Pero, según la entidad, los niños y hombres jóvenes también son vulnerables al tráfico, en su caso, para ser destinados al trabajo forzado.

La parada que hacen los niños y niñas en los campos de refugiados en Grecia sólo es un nuevo escalón en una larga escalera; después de largos períodos de tiempo atrapados en Turquía, esperan poder cruzar las puertas de Europa. Siempre que el mar, los gobiernos, las fronteras o el racismo -institucional o social- no les pongan otra piedra más en el camino.

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