Sóller o la plaza más grande de Barcelona

Su posición enclaustrada es una traición a una serie de principios universales, olvidados en exceso, como cuando, sin ir más lejos, los mandatos de Clos y Trias se inventaron eso de la plaza privada, una contradicción léxica insoportable

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

El barrio de Porta es una caja de sorpresas, y con toda seguridad más lo fue antes de la gran operación especulativa de los años sesenta, cuando perdió su antiguo encanto rural y se transformó en una prueba clarísima de la voluntad municipal de privilegiar el ladrillo en vez de los intereses ciudadanos.

La profusión de bloques de pisos enterró los viejos huertos y propició esas vistas pasolinianas tan típicas de cualquier periferia europea, como si en las afueras debieran vivir miles de personas en idénticas estancias, casi un regalo para las autoridades, empeñadas ayer, hoy y siempre en destrozar lo auténtico de los ambientes para pactar con sus grandes amigos, los promotores.

Sin embargo, toda acción excesiva tiene su consecuencia y comporta un despertar. En Barcelona corrió a cargo de las asociaciones de vecinos. En esta zona de Nou Barris muchos sus habitantes empezaron a reunirse entre ratas, polvo y fango en el enorme espacio anteriormente ocupado por una tejería. Sus veintidós mil metros cuadrados habían sido contemplados como plaza por el Ayuntamiento desde febrero de 1949, pero tan caritativa idea se esfumó durante la redacción del Plan Parcial, el mismo causante de tanta obscena verticalidad.

Poco a poco las reivindicaciones dieron su fruto en un contexto no exento de surrealismo. Mientras los vecinos plantaban árboles algunas autoescuelas usaban el rectángulo rodeado de bloques para las prácticas de sus alumnos. En 1974, con el auge de las asociaciones, debutó el afán de tener el espacio para la comunidad, y en 1980 el Consistorio capitaneado por Narcís Serra, de quien debería valorarse más su breve etapa bajo el bastón de mando municipal, inició las obras de urbanización, y así en 1983 nació la plaça de Sóller, la más grande de Barcelona y especial por su configuración urbanística, una especie de trifásico entre el recinto canónico de este tipo de lugares, un lago con una escultura contemporánea, eso de llevar el arte lejos del centro era una verdadera novedad, dedicada al Mediterráneo y un bosque. Cuando llego a la plaça de Sóller lo hago ilusionado, como un niño a la búsqueda de descubrimientos.

Camino por el carrer de l’Estudiant y diviso unas estructuras porticadas, punto de partida del recinto y sede del Ateneu la Bòbila. En los años ochenta del siglo pasado se puso de moda este tipo de construcción, nefasta, poco imaginativa y coartadora por delimitar todavía más lo que deberían ser libertad sin trabas arquitectónicas. El otro día pensaba en el daño hecho por el todopoderoso Oriol Bohigas con sus plazas duras, a ablandar en algún momento para reparar ese concepto uniformador de casi todos los barrios de la capital catalana.

Reflexionaba sobre el tema y meditaba también en torno a los pórticos en ese tipo de plazas, como esta, ahora mismo en obras y de aspecto más bien desolador, pues su magnitud abandonada entre rascacielos de baratillo no inspira la voluntad propia de comunicarse, propia de sitios donde se accede desde los cuatro puntos cardinales. Su enclaustramiento es una traición a una serie de principios universales, olvidados en demasía como cuando, sin ir más lejos, los mandatos de Clos y Trías se sacaron de la manga aquello de plaza privada, una contradicción léxica insoportable.

Cuando volví a casa investigué un poco más y entendí el motivo de su parálisis. En mayo de 2018 se aprobó un proyecto para remodelarla. El Ateneu tendrá nueva sede, los pórticos dirán adiós para siempre y se habilitará un espacio de uso polivalente junto a otros destinados a ejercicio para la gente mayor, juegos para niños, perros y otro en forma de ágora, parecen haber averiguada la fórmula de las patatas del Delicias con este hallazgo, para montar acontecimientos en el parque, metamorfosis interesante y muestra evidente de la apuesta transformadora.

Por supuesto, no debemos dejar de mencionarlo, se plantarán más árboles y se mantendrá el lago, todo desde la sostenibilidad, y por eso aplaudimos la iniciativa. Ahora bien, seamos claros. Aquí tenemos un caso distinto, y debería ser pionero a la hora de reformular muchos otros lastrados por convenciones nada favorables a la cotidianidad. En Gràcia casi todas sus plazas se componen, otra herencia de Míster Bohigas, ese dios incontestado, de parking, kindergarten, bancos puestos un poco aquí y allá y muchas, muchísimas terrazas. El paradigma del horror es la del Diamant, con esa monstruosa estatua de la Colometa y la entrada del refugio para generar una cuadratura del círculo sin pies ni cabeza.

Las personas son partidarias del mobiliario urbano siempre que no sea un impedimento para disfrutar de la urbanidad. Al otro lado está la Virreina, una excepción a la norma al sólo tener dos bares y mucho tramo para respirar.

Como es comprensible Sóller no se asemeja en nada a sus hermanas de la Vila, pero me ha hecho ver otras posibilidades necesarias si de verdad queremos cambiar el panorama de Barcelona, siempre desde asumir su disposición federal identitaria al ser los barrios pueblos integrados a una realidad unitaria. Lo dicho sirve también para otro tipo de estructuras, como las vías rápidas y determinadas avenidas demasiado corrompidas por un ruido excesivo, donde no estaría de más reemplazar los coches por el tranvía y así crear conexiones útiles en muchos paseos, como bien podría darse si enlazáramos el de la Villa Olímpica hasta el carrer de Sants, con la Vía Laietana a la expectativa de una reforma imperativa.

Bien, me he ido un poco por las ramas. Dejo la plaza, me adentro por callecitas añejas como el passatge de Porta, con alguna vivienda datada en 1882 según indica su portal, y accedo a Pi i Molist para acercarme al último núcleo superviviente de casas baratas. La semana siguiente os lo cuento.

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