Sine die

En todo esto, que mutará, está el nombre del sustituto, factor que Puigdemont no acepta por esa insistencia del desesperado que sabe, y muy bien, su futura irrelevancia, un recuerdo de un instante extraño

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Manifestants a les portes del Parlament | PAU RODRÍGUEZ

Manifestants a les portes del Parlament | PAU RODRÍGUEZ

Quien haya leído mis columnas a lo largo de estos años intensos sabrá de mi poco aprecio por las dos partes enfrentadas en el ring envuelto de una cortina de humo. La semana pasada ambos corroboraron su vocación siamesa al desoír los preceptos de instancias casi sacrosantas. Como es habitual en el Parlament los juristas quedaron silenciados por la necesidad de seguir con la historia interminable, mientras en Madrid Rajoy, o la nueva Soraya con gafas de poli de los setenta, ignoraron el dictamen del Consejo de Estado antes del pleno de investidura. De este modo la línea hacia el disparate, y un egoísmo insano reacio al diálogo, prosigue rauda, sin prisa ni pausa.

Esperaba el día de hoy con cierta expectación. Por la mañana habló Roger Torrent y su discurso me parece un buen colofón de la herencia del Procés. Más allá de su personal shopper creo que el nuevo President de la cámara catalana es un hijo directo de su época desde el lenguaje. Sus palabras podrían servir como perfecto manual para entender la táctica soberanista, sus maniobras de escapismo. Empezó fuerte en su tono eclesiástico, faltó al respeto al colectivo femenino al mentar a la vicepresidenta por su nombre y luego, tras el clímax, descendió a la suspensión del pleno, como si ese tobogán nos sorprendiera. Es el mismo de todas y cada una de las acciones desde hace unos meses e indica, eso es lo desesperante de la cuestión, una voluntad de alargar sine die ese cadáver que agoniza y ni tan sólo muere en la orilla, pues está más cerca de alta mar pese a su constante triunfo de la apariencia.

La otra opción del parlamento de Torrent es abrir la puerta a un paso al lado del hombre de Bruselas, cada vez más desatado en su espiral egocéntrica, hasta el punto que ni siquiera luce bufanda o lazo amarillo. Es él o el mundo sin pensar en las consecuencias políticas de sus actos, con reflexiones propias de alguien tan alejado de la realidad que se antoja aún más imposible imaginarlo en la tesitura de gobernar un país, algo por otro lado imposible desde la distancia por muy modernos que seamos.

La idea que expuse en el otro párrafo cuajó en la mente de los concentrados fuera del parque de la Ciutadella, tanto que rompieron su habitual quietud reivindicativa e intentaron irrumpir en el recinto. Lo curioso es que, a diferencia del mal llamado asedio del Parlament de junio de 2011, no tenían aire de forzar nada con violencia, lo que hicieron al violentar la puerta de la Ciutadella ataviados con máscaras de Puigdemont en plan invasión de los ultracuerpos. En realidad la jornada se presta a muchas lecturas.

La delirante tendría el valor del surrealismo. Unos por sus nuevas caretas, otros por registrar maleteros por toda la geografía, de la frontera hasta Barcelona. La buena, y en ella insistiremos, tiene dos rostros, como Jano, el dios romano de la guerra. En su primera vertiente apunta a una resistencia de los más radicales del antaño llamado Procés, de los diputados de JuntsxCat a los Comités de defensa de la República, que también, no está de más decirlo, querían su oportunidad de vivir una especie de 15M.

La otra es la sempiterna división en el bloque independentista. La vieja Convergència, que ahora no sabemos muy bien qué es, defiende con uñas y dientes a su candidato y echa las culpas a Esquerra. Siempre se pelean, pero como reza el dicho popular, se desean y por eso nunca rompen del todo. Cada encontronazo huele a definitivo y siempre llega la paz, flors i violes i romaní.

En todo esto, que mutará, está el nombre del sustituto, factor que Puigdemont no acepta por esa insistencia del desesperado que sabe, y muy bien, su futura irrelevancia una vez no sea nada, una nada tan fuerte que podría pasarse la vida comiendo patatas en Bruselas y al final sería un recuerdo de un instante extraño.

Hablan de Eduard Pujol, quien afirmó ser perseguido por un hombre con patinete, del alcalde de Mollerusa, o la jugada maestra, todas lo son, consistente en encumbrar a Jordi Turull y situar a Elsa Artadi de vicepresidenta para que aprenda los rudimentos del arte de gobernar antes de la inhabilitación del nuevo President.

Como pueden intuir no puedo saber qué ocurrirá y ellos están en las mismas. Sería un enorme sinsentido no cejar en el empeño si lo que se pretende es superar, aunque sea a plazos, el 155. Los meteorólogos anuncian leves tormentas con un fuerte descenso de las temperaturas hasta que salga el sol, o no. En Madrid, ese es el único consuelo del núcleo duro, también van muy perdidos y los rayos y truenos tienen un punto a lo capitán Haddock. El problema es que los dos oponentes olvidan que quizá el público agradecería que terminara el combate. Eso es muy importante y nadie lo menciona.

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