Enric Marín, periodista y doctor en Ciencias de la Información

«Se ha desvanecido la ilusión por una solución represiva o unilateral»

Enric Marín es periodista y doctor en Ciencias de la Información. Fue secretario de Comunicación del gobierno tripartito y presidió el Consejo de Gobierno de la CCMA. Marín define a Quim Torra como una persona "mucho más culta e interesante que la caricatura que se ha hecho gracias, sobre todo, a su torpeza haciendo tuits", y responde más al perfil de un patriota que al de un demócrata radical

Siscu Baiges
 
 
 
Enric Marín a la Facultat de Ciències de la Comunicació de la UAB / SISCU BAGES

Enric Marín a la Facultat de Ciències de la Comunicació de la UAB / SISCU BAGES

El periodista y doctor en Ciencias de la Información Enric Marín fue secretario de Comunicación del gobierno tripartito entre los años 2004 y 2006 y presidió el Consejo de Gobierno de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales entre 2010 y 2012. Es profesor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona desde 1978 y fue su decano entre los años 1991 y 1995. Milita en Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y es independentista desde 1975. Hablamos con él sobre la situación que se vive en Catalunya.

¿Cambiarán mucho las cosas al decaer el 155 o seguirá todo, más o menos, igual?

Estamos instalados en un conflicto crónico que, al final, sólo puede encontrar una solución pactada, dialogada, negociada, que no llegará hasta que la situación no obligue a algún tipo de mediación internacional.

Con el gobierno español actual y las perspectivas de una derechización aún mayor que apuntan los sondeos ¿se puede prever una actitud más dialogante por parte del Ejecutivo central?

Hay dos ilusiones que se han desvanecido en los últimos meses. Una, la del nacionalismo español, que pensaba que con una actuación represiva contundente acabaría con el problema. Se ha visto que no era así. Cuando se iba a aplicar el 155 había dos ideas: aplicarlo de forma indefinida hasta la derrota del soberanismo o hacer una aplicación más corta, vinculada a unas elecciones, confiando en que significarían un punto de inflexión negativa para el independentismo. Se optó por esta segunda, por la presión de Europa, pero esta ilusión desapareció. La gente que tiene una visión más analítica desde Madrid ya ve que este es un problema enquistado y que no se soluciona sólo con represión pero no saben cómo desandar el camino.

Además, existe la rivalidad en el campo de la derecha y del nacionalismo español. En medio de esta lucha es muy difícil que puedan rectificar. Otro sueño que se ha desvanecido es el de la estricta unilateralidad. El independentismo cometió el mismo error que ‘Podemos’ en el ámbito estatal. Gramsci decía que en política hay guerras de movimientos y guerras de posiciones. Esto era una guerra de posiciones. En un momento dado tanto Podemos como el independentismo creyeron que había llegado el momento de la guerra de movimientos y ha sido un fracaso de los dos.

¿Y ahora qué?

Hay que repensar todo. Existe el fracaso del nacionalismo español que pensaba que podría derrotar rápidamente al soberanismo. Hay el fracaso de Podemos que se pensaba que podían saltar al cielo. Y está el fracaso de los independentistas que también pensaban que podían saltar al cielo en el terreno de la construcción de la república. El cielo está un poco más arriba y el motor para levantarnos aun es un poco débil.

¿Puede prever cuánto durará el gobierno presidido por Quim Torra? ¿Se consolidará o tendremos elecciones pronto?

Es muy difícil de prever. Por un lado, la sociedad catalana necesita un poco de estabilidad, tiempo y una gobernación sólida. Pero por otro, la política catalana y española son tan inestables e imprevisibles que nos han instalado en un conflicto democrático crónico donde se hace difícil prever el futuro. ¿Qué pasará cuando haya los macrojuicios? ¿Cómo reaccionará la sociedad catalana y la opinión pública internacional?

Una de las victorias del soberanismo catalán es que, cuando todo esto empezó, se tenía la conciencia clara de que si, se tenía que dirimir sólo en el contexto de la opinión pública doméstica, el Estado siempre tendría las de ganar pero si llegaba a la opinión pública internacional, la relación de fuerzas se igualaría. No sabemos cómo acabará la extradición de Carles Puigdemont y demás exiliados. Todas estas variables no las controlamos. 

Enric Marín a la Facultat de Ciències de la Comunicació de la UAB / SISCU BAGES

¿Puede pasar cualquier cosa?

Sí. Aunque tiendo a pensar, aunque es muy arriesgado decirlo, que no habrá elecciones antes en Cataluña que en España. Todo dependerá de lo que pase con los procesos judiciales internacionalizados y los juicios de otoño y, también, de las perspectivas en las elecciones municipales y europeas del año que viene. Nadie lo controla. Ni Rajoy, ni Rivera, ni Puigdemont, ni Torra.

Quim Torra es el nuevo presidente. ¿Es la persona adecuada?

Quim Torra es una persona mucho más culta e interesante que la caricatura que se ha hecho de él gracias, sobre todo, a su torpeza haciendo tuits. Los tuits deberían estar prohibidos para los políticos. Significan el fin del pensamiento político. Puedo entender que un periodista haga tuits pero es absurdo que los haga un político. Los políticos deben gestionar pensamientos complejos y los tuits son su antítesis. Twitter es una herramienta fantástica para el periodismo pero muy peligrosa para los políticos y para el debate serio. Quim Torra tiene algo a su favor y algo en contra. Tiene una interlocución fácil con todo el mundo soberanista y, sobre todo, con el mundo independentista. Con ERC, aunque tenga una cultura política diferente, y con la CUP.

En cambio, simplificando mucho, representa un catalanismo más romántico que el de ERC. El futuro del soberanismo pasa justamente por ampliar su potencia social, su transversalidad, con un discurso que no es nacionalista sino de los derechos, de la radicalidad democrática. El perfil de Quim Torra responde más al de un patriota que al de un demócrata radical. También le perjudica que se presente como un presidente provisional, lo que dificulta que pueda liderar, como sería necesario, una gobernación fuerte. Decir que eres provisional no tiene sentido. Todo es provisional en la vida, la política. ¿Quién puede garantizar que un político durará dos, tres o cuatro años?

¿Puede funcionar una Generalidad bicéfala, con una presidencia duplicada?

Quien conozca un poco cómo funciona una administración sabe que la Generalitat sólo se puede gobernar cada día y desde Catalunya. Cualquier otra opción es imposible. Continuamos instalados en un discurso un poco fantasioso pero los hechos son muy tozudos. La Generalitat no es un estado pero tiene su complejidad. No tenemos el poder de un estado pero tenemos que hacer una gestión compleja, agravada por la estrechez financiera constante. Tenemos cientos de miles de funcionarios, todo el sistema educativo, el sistema sanitario, una policía… Gestionar la Generalitat exige hacer mucha política, no tanto porque tengamos mucho poder político sino porque la desproporción entre las competencias que tenemos y la capacidad efectiva de gobernar lo hace muy complicado.

Además, la Generalitat tiene una carga simbólica muy potente. Quizás es difícil de explicar, pero cuando entras en el Palau de la Generalitat es como si quedaras investido de la carga simbólica de una institución secular que aunque no tenga mucho poder político representa al país. Lo he visto en las figuras de Maragall o Montilla. Montilla, a la que llevaba una semana en el Palau de la Generalitat, ya se veía presidente de un país. Quim Torra se puede sentir muy en deuda, incluso subsidiario del presidente Puigdemont, pero al cabo de una semana o quince días deberá entender que es el presidente de la Generalitat. El gobierno es muy exigente. Hay que coordinarlo, tomar decisiones cada día.

¿Hacia donde irá el gobierno?

ERC se ha reservado las áreas más importantes de gestión social. No se trata tanto del presupuesto -porque los de Sanidad y Educación son cautivos- como de las áreas gestionadas. Se puede demostrar buena gobernación en las áreas más sensibles, las que afectan más directamente a la vida de la gente. La suma de que el vicepresidente económico sea de ERC y que las grandes áreas de políticas sociales estén en manos de este partido es una decisión inteligente por su parte.

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, controlaba el gasto de la Generalitat antes de la aplicación del 155 y habrá que ver si lo sigue haciendo

Lo hizo con la excusa de la estabilidad financiera y de controlar el déficit, pero este déficit se fue reduciendo mucho en los últimos dos años. Fue mérito, básicamente, del área económica que gestionaba Pere Aragonés. Con el 155, se ha ahorrado más. Ha habido un mínimo gasto. Madrid se ha limitado a destituir gente y a paralizar cosas. No ha habido inversiones ni políticas expansivas. Sin 155, continuará habiendo control, habrá que continuar comunicando los gastos cada cuando sea. Esto no quiere decir que no puedas gobernar. Quiere decir que tu gobernación está bajo control, que estás vigilado.

¿Hay que hacer alguna autocrítica de cómo se ha llevado este proceso desde el 2010?

Cuando un proceso como el catalán es pactado -caso de Gran Bretaña o Canadá- puedes hacer una política pensando en mayorías sociales o políticas simples. Pero cuando un proceso no es negociado, como es el caso de España donde el Estado nunca se avendrá a negociar bilateralmente con Catalunya el derecho a decidir, debes tener tres cosas, como mínimo: Unas mayorías sociales incontestables; es decir, debes tener un 55% o mejor un 60% contrastado por la opinión pública internacional. Cuando el proceso no se negocia lo tienes complicado si no hay una opinión pública internacional que entienda tu reivindicación y una situación geopolítica donde algunas fuerzas europeas calculen que pierden menos si los catalanes se salen con la suya.

El tercer error que cometimos es que, a pesar de que España vive una crisis sistémica, no está tan madura como para que un problema generado desde Catalunya les obligara a ceder. El proceso catalán sólo se puede entender en un contexto de superposición de varias crisis. La de España y su modelo territorial. La de la globalización y su gestión neoliberal y las políticas antisociales que a Catalunya la han afectado especialmente porque el autogobierno está mal financiado. Además, España centrifuga el déficit a las autonomías. Catalunya siente una triple amenaza: su cohesión social, la lengua y la cultura catalanas que no ven garantizadas su continuidad y el propio autogobierno.

¿El proceso ha querido ir demasiado deprisa ante esta superposición de crisis?

Todo esto ha acelerado el proceso, que se desencadena por completo con la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, en 2010. Es la certificación de cuáles son las reglas del juego a partir de ese momento. El estado rompe el pacto constitucional y, por tanto, la posibilidad de una gobernación efectiva para defender los intereses de la gente, para garantizar políticas inclusivas. Si esto se consolidase sería el fin de Catalunya. Somos la sociedad peninsular más compleja, más diversa. Desde el siglo XVII hemos hecho un aprendizaje histórico de lo que significa recibir población foránea. En el siglo XX tuvimos dos oleadas migratorias, una antes de la Segunda República y otra entre los años cincuenta y ochenta. Y por último, una tercera de carácter global, que va del 1995-2000 al 2008. En cada oleada llega un millón, un millón y medio de personas. ¿Cómo ha funcionado nuestra sociedad incorporando a tanta gente? Somos una sociedad de acogida donde puedes construir tu futuro y el de tus hijos. La clave ha sido el ascensor social. Si esto falla saltan todas las alarmas. Y ha sido mucho más amenazado desde el 2008 que en el último franquismo.

¿No había otro camino que acabar proclamando la república el 27 de octubre?

El autonomismo se había agotado. Se tenía que ir hacia formas de autogobierno mucho más fuertes. Si eso terminaba en una independencia tradicional, en un estado libre asociado o en una cláusula específica de la Constitución que diera más poder en términos de financiación o lengua, ya se vería. No hay otra salida que asumir un esquema soberanista. El Estado nos dijo en 2010 que no somos una nación, que la financiación la controlaría él y que no defendería la lengua. Que a partir de entonces todo iría peor. No es que nos vayamos; nos han echado. Yo soy independentista desde 1975 pero mucha gente que no lo era se ha apuntado ahora. Por eso, el independentismo ha pasado del 15% a un 45%.

Se proclamó una república pero no se ha aplicado.

No hubo una proclamación efectiva de la república. Es hora de explicar las cosas como son. Los reyes son los padres y los niños no vienen de París. No se proclamó formalmente una república y no se hizo ningún gesto posterior para hacer efectiva aquella supuesta proclamación. Se hizo un acto puramente simbólico para dar respuesta simbólica a la movilización democrática contra el Estado más grande que ha habido desde 1939: el 1 de octubre. El 1 de octubre es una revuelta popular espontánea, organizada y autofinanciada, que movilizó dos millones de personas, que se plantaron ante el estado y dijeron que ‘somos y tenemos derecho a decidir aunque vosotros digáis que no’. Nada será igual ya. Lo entienda o no lo entienda Madrid. También hay que decir que el 1 de octubre fue un acto democrático a partir del cual se puede fundamentar una legitimidad republicana reconocida internacionalmente. Si el 1 de octubre, las potencias internacionales hubieran reconocido la legitimidad de la votación se habría proclamado la república. Pero eso no pasó.

Mucha gente lo esperaba, creía en ello.

Lo entiendo perfectamente, pero una cosa es actualizar constantemente la reivindicación republicana y otra es pensar que ya la tienes. Puedes soñar cada día que tendrás un coche nuevo, pero lo tienes o no lo tienes. La república sólo la tenemos simbólicamente; no efectivamente.

¿Llegará el momento en que Europa, las potencias internacionales avalarán la reivindicación de independencia?

Esto comenzó hace siete años, con unos antecedentes evidentes. Llegamos a un punto de inflexión en octubre pasado. Estamos en un empate con el estado, que ya sabe que esto no lo soluciona con un golpe de fuerza. La gente más inteligente cercana a los poderes del Estado se da cuenta de que el 155 no ha solucionado nada, que la situación internacional de España es peor ahora que hace un año, que el estrés del sistema judicial es preocupante y que la desafección de la opinión pública catalana hacia la política española es altísima. Lo tienen complicado. Y aquí también nos hemos dado cuenta de que estamos en una guerra de posiciones que puede durar dos, tres, cuatro, cinco, seis años… ¡Ya veremos!

¿Europa acabará reclamando el referéndum que el Estado español no quiere hacer?

Europa sólo reaccionará si ve que la crisis de España le es demasiado perjudicial y la política española no es capaz de resolverla. Europa ya intervino cuando los socialdemócratas alemanes pilotaron al PSOE durante la transición, o cuando facilitaron el ingreso en la OTAN para civilizar a los militares españoles. La política y la economía española están cada vez más integradas. No existe la soberanía económica española. Ya no hay burguesías nacionales ni en España, ni en Francia, ni en Catalunya. Hay patriciados locales. El capitalismo es global. El patriciado local catalán está infeudado en Madrid. Cuando Madrid toca el pito, todos trasladan la sede. No había razones objetivas para hacerlo.

Las multinacionales no lo han hecho. Responden a otra lógica. No ganan nada trasladando las sedes. Catalunya es, en estos momentos, la economía local más dinámica y exportadora de Europa, el área logística más importante. Si España no fuera tan ideológica, jacobina, aznariana, debería hacernos la pelota todos los días. Pero Europa sólo se moverá si ve amenazada la estabilidad del euro. No lo hará por razones humanitarias o democráticas. Intervinieron en Grecia. Ahora tienen una patata caliente en España.

¿Y si empeora la fractura social, si hay brotes violentos en Catalunya?

La única amenaza real que tenemos es que, desde la llegada masiva de policía a Catalunya y desde el discurso del Rey después del 1 de octubre, la extrema derecha se ha desacomplejado. Y no se habla suficientemente de eso. La fractura social entre la población no afecta al 90% de la población. Dar alas a la extrema derecha en Catalunya está dando también alas a la extrema derecha en el resto del Estado. En el campo independentista todo el mundo tiene claro que lo único que está prohibido es hacer nada que sea violento o lo parezca. Es muy fácil introducir provocadores en las manifestaciones. No temo que haya violencia provocada por el campo independentista. Confío en que el Estado haya entendido, y sobre todo después del 1 de octubre, que aparecer como alguien que promociona la violencia es un mal negocio. La única forma que tienen de desacreditar el independentismo es atribuirle un carácter violento, hacer lo mismo que hicieron con ETA.

El independentismo se ha mantenido bastante cohesionado hasta ahora. ¿Continuará así a pesar de las tensiones que conlleva la preparación de las próximas elecciones municipales y europeas?

El independentismo se ha mantenido cohesionado en medio de tensiones muy fuertes. Lo que pasa es que todas estas tensiones pasan a un segundo plano ante la amenaza de la represión del Estado y la reiteración en sus errores. Mientras el Estado no desescale su represión no hay posibilidad de que el movimiento independentista se fracture. Al contrario. Ahora hay dos posiciones: una más civilizada de Rajoy y otra más oportunista de Ribera. El PSOE sólo juega el papel de blanquear y moderar al PP. Hay un sector del PP que se da cuenta de que mantener la tensión del debate identitario sólo beneficia a Ciudadanos. Ciudadanos es el partido que está aplicando mejor el principio de Aznar de que antes se romperá Catalunya que España’, porque le da muchos réditos en el resto del Estado.

Sin embargo parece que las elecciones municipales, en Catalunya, apuntan hacia una confrontación entre independentistas y anti-independentistas

No serán unas elecciones municipales convencionales pero tampoco serán unas plebiscitarias como las de 1931.Tendrán un fuerte contenido político. Se moverán en los dos ejes propios de la política catalana: izquierdas-derechas y catalanismo-no catalanismo. El escaparate será Barcelona. La idea de una lista única independentista no creo que cuaje. No habrá elecciones entre independentistas y anti-independentistas. Será mucho más complejo. Los partidos se identificarán con una doble clave. Habrá que ver qué hará Ciudadanos. Si presenta a Manuel Valls o no. Me gustaría que lo hiciera porque Valls representa dos concepciones fracasadas en la política europea: el jacobinismo estricto y la política que se presentaba como socialdemócrata y ha acabado siendo neoliberal moderada. Valls es la política sin contenidos, concebida como espectáculo, funcionando a golpe de encuesta.

¿Un gobierno de izquierdas en Catalunya es previsible, con independencia o sin ella?

El programa de gobierno que se aplicará en Catalunya es de izquierdas. Si se compara con lo que hacen las diferentes autonomías, el gobierno central o los que se hacen en Europa es un programa claramente de izquierdas. En Catalunya no se podrá realizar el ensayo de lo que es una nueva concepción de la izquierda hasta que tengamos todas las herramientas competenciales adecuadas para hacer políticas de este tipo. No puedes hacer políticas de izquierdas de verdad si las de inmigración o de regulación del mercado laboral no las decides tú. Si sólo puedes hacer políticas redistributivas con una financiación corta estás muy limitado.

¿Cree que votará algún día en un referéndum como los que han hecho en Escocia o Quebec?

En Catalunya es donde se hace más visible la crisis del régimen del 1978. En algún momento, España tendrá que hacer su referéndum también, para modificar la Constitución y regenerar la política. No podrá estirar indefinidamente el régimen del 1978. Habrá al menos un referéndum. Probablemente dos. No sé si tendré que votar en los dos o sólo en uno. Pero habrá.

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