Sara Ahmed: «La queja sirve para rechazar algo, para intentar transformar una situación y desafiar el poder»

Escritora feminista y académica, su trabajo se centra en la intersección entre feminismo, teoría queer y crítica postcolonial. Sara Ahmed estudia el mundo cotidiano como un lugar de consolidación del poder y, pues, como un lugar donde también puede ser cuestionado. Ahmed, en la primera conferencia del ciclo Desde mi ventana organizado por el CCCB, se ha centrado en el gesto de "alzar la voz" (contra las vulneraciones de derechos o los abusos de poder) y todas las consecuencias que este gesto implica

Oriol Puig
 
 
 
Sara Ahmed (Foto CCCB)

Sara Ahmed (Foto CCCB)

Sara Ahmed explica que la palabra “queja” tiene siempre una connotación negativa: cuando una persona es puesta en el lugar de “quejosa”, automáticamente deja de importar el tema sobre el que se está quejando y el problema pasa a recaer sobre la persona en sí: “Se queja porque es su manera de ser”. Las feministas, señala Ahmed, somos usualmente vistas como “quejosas” o “aguafiestas”, por el simple hecho de que lo que supuestamente nos debería causar gracia, o alegría, muchas veces en realidad nos genera molestia. «No reirse de ciertos chistes o quejarse, no significa ser una feminista aguafiestas, sino reivindicar que un cuerpo no quiere seguir ciertas pautas establecidas».

Sara Ahmed estudia el mundo cotidiano como un lugar de consolidación del poder y, pues, como un lugar donde también puede ser cuestionado. Muestra cómo la teoría feminista se genera a partir de la vida cotidiana y las experiencias ordinarias de ser feminista. Nos llama a inventar soluciones creativas, cómo crear sistemas de apoyo que nos ayuden a sobrevivir a las experiencias devastadoras del racismo y sexismo. Habla de supervivencia aguafiestas y ha desarrollado un manifiesto aguafiestas, que nos ofrece herramientas prácticas para vivir una vida feminista, fortaleciendo los lazos entre la teoría feminista y vivir una vida feminista.

Puede ser la mujer que, en un almuerzo familiar, no se ríe del chiste machista de rigor; la que responde a la pregunta ¿tienes novio?” rechazando los presupuestos heterosexistas de la misma; puede ser la madre que devuelve los juguetes sexistas que sus hijos reciben para su cumpleaños; o, volviendo al tema en cuestión, la mujer que en una reunión en la que la palabra es monopolizada por los varones presentes, detiene la reunión para remarcar el problema. Es la docente que no admite el comentario misógino en clase. Es la filósofa que se niega a escribir un artículo sin citar la obra de mujeres. Son las compañeras siempre atentas a cualquier denuncia de abuso sexual que ocurra en sus instituciones.

Bullying institucional”

Las instituciones son mecanismos que regulan las relaciones entre los individuos y la sociedad, con lo que configuran nuestra vida colectiva. Pero, ¿qué ocurre cuando alguien protesta, en el seno de la institución, para denunciar malas praxis, vulneraciones de derechos o abusos de poder? Según la escritora feminista Sara Ahmed, alzar la voz es el gesto que algunas personas tienen que hacer para visibilizarse ante la sociedad y poder reclamar un espacio. «Tenemos que alzar la voz, otros no lo harán, debemos quejarnos ante estas actitudes». Sin embargo, esta toma de posición implica situarse en el punto de mira de las críticas y el rechazo. Además, presentar una queja requiere seguir los procedimientos que impone una mecánica institucional concreta y, por lo tanto, formar parte del propio sistema que se está cuestionando. «La queja sirve para rechazar algo, para intentar transformar una situación y desafiar al poder», añade.

Según Ahmed, a menudo las instituciones intentan hacernos creer que sino nos quejamos, llegaremos más lejos, y hacen que el proceso sea muy difícil. «Esto es bullyng institucional, abuso de poder», admite. Ahmed al plantear las emociones en los actos de denuncia contra las formas de poder, muestra el riesgo que significa alzar la voz y la fuerza de las “verdades” establecidas, a la vez, nos deja comprender que estamos modulados dentro de un dispositivo afectivo de legitimación, una maquinaria que funciona incluso porque nosotros somos el engranaje. A menudo escuchamos «vigila, es un hombre importante». Ahmed alerta: “La queja por acoso a las instituciones es a menudo obstaculizada por amigos o compañeros de trabajo que comparten intereses”.

Alzarse desde los márgenes

En 2016 Sara Ahmed renunció a su puesto de académica en la universidad de Goldsmiths (Londres) por la falta de contundencia de dicha institución al tratar casos de acoso sexual. Ahmed, argumenta que las instituciones que han sido acusadas de abuso, les es siempre útil tener en sus filas a una persona a quien identifiquen como el abusador, y así poder públicamente deslindarse de esta situación y hacerse del slogan de “nosotros no toleramos el abuso sexual”, aunque en realidad, una vez que una institución tiene que defenderse de esta manera, quiere decir que en sus filas se toleró el abuso sexual y que esto invalida el mismo slogan.

En el argumento de Ahmed, identificar a un chivo expiatorio, funciona solamente para seguir perpetuando prácticas de abuso. “Muchas quejas son quejas sobre comportamientos abusivos, pero mi proyecto va más allá, y radica en escuchar a quienes están cuestionando el sistema”, afirma. Notamos una perversión más claramente en la descalificación por principio, en la aceptación de miles de mujeres de ser mujeres -objeto-, sin defender sus ideas, su visión del mundo, su manera de hacer las cosas, y claudicar ante las de los otros, impuesta como una cuota de pertenencia.

Saber decir que no

Para qué un abuso sea abuso se requiere que la parte abusada diga “no”. Michel Foucault en una frase frecuentemente citada escribió “si no hubiera resistencia, no habría relaciones de poder”. Una frase menos citada pero igualmente importante sigue: “Porque sería solo una cuestión de obediencia”. Judith Butler en una entrevista describió cómo “cuando alguien dice no al poder, están diciendo no a una forma particular de ser formado por el poder. Están diciendo: no voy a ser sometido de esta manera o por estos medios a través de los cuales el estado establece su legitimidad”.

Según Ahmed, no es casual que a las mujeres subalternas se las tilde de no estar a la altura de los estándares de la verdad por su emocionalidad. «Hay que tener paciencia y sangre fría para aguantar el largo y doloroso proceso. Las instituciones quieren desgastarnos, dejarnos exhaustas», insiste. Ahmed invita a la reflexión: «Puedes ser libre de decir que no, pero tu no se escucha como destructivo; ser escuchado tiene consecuencias».

Llegar a ser una aguafiestas es la mejor consecuencia.

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