Regulacionismo o abolicionismo: ¿por qué el debate sobre la prostitución divide el feminismo?

A raíz de la creación de los sindicatos de trabajadoras sexuales o la publicación de manifiestos que piden la erradicación de la profesión, el debate sobre la prostitución sale a la palestra, con diversos feminismos mostrando posturas diametralmente opuestas pero defendiendo los mismos derechos de las mujeres

Sandra Vicente
 
 
 
Manifestació pels drets de les treballadores sexuals, a Barcelona | Sergio Uceda

Manifestació pels drets de les treballadores sexuals, a Barcelona | Sergio Uceda

El 8 de marzo una ola violeta inundó las calles de decenas de ciudades; miles de mujeres decidieron colgar los utensilios de trabajo y dejarse ver. Reclamar derechos que durante tantas décadas la sociedad patriarcal ha ido negando. La lucha feminista puso en 2018 la directa y grupos, profesiones y mujeres individuales se organizaron para reclamarlo, de una vez por todas, todo. La noche y las calles, el derecho sobre el cuerpo, el aborto, la igualdad salarial y laboral, perspectiva de género en la institución. Y lo más importante y, al mismo tiempo, básico: ‘Nos queremos vivas’.

Estas proclamas, unitarias, conglomeran sin fisuras el movimiento. Pero feminismos hay muchos: el que denuncia el etnocentrismo del feminismo blanco, el que no distingue derechos de las mujeres de derechos de clase, el de los espacios no mixtos… Pero de todas las diferencias dentro del feminismo hay una que genera una brecha profunda y que, de vez en cuando, surge a la palestra, con grandes dosis de polémica incorporada, como ha ocurrido esta semana con la publicación del manifiesto Paz para las Mujeres de la Plataforma por el derecho a no ser Prostiuidas, que reclama la abolición del trabajo sexual.

Movimientos igual de referentes en el discurso feminista se posicionan de manera diametralmente opuesta frente el trabajo sexual. Tras los calificativos fríos y técnicos de abolicionistas y regulacionistas se esconden mujeres y colectivos que ven en la prostitución un elemento clave para la lucha de los derechos de las mujeres. Y es que hablar de trabajo sexual es hablar del derecho sobre el propio cuerpo, de la moral, de la libertad de las mujeres, de la opresión patriarcal. Ambas vertientes se apropian a la vez de estos términos, para defender la eliminación de la prostitución, unas, o su legalización, otras.

Uno de los grandes debates públicos sobre el trabajo sexual se dio debido a la creación del Sindicato Otras, que fue aprobado por el Ministerio de Trabajo «por error», ya que el gobierno socialista es un «gobierno feminista que, como tal no contempla la legalización de la prostitución», afirmó Isabel Celáa, portavoz del Gobierno, quien añadió «nos han colado un gol». Previo al Sindicato Otras, y sin polémica ministerial, surgió la sección sindical de trabajadoras sexuales de la IAC.

Paula Ezquerra forma parte de ella. Trabajadora sexual desde hace más de 10 años, considera que todas las feministas han reflexionado para deconstruir lo que significa ser mujer en sociedad. «Las putas también lo hacemos, para desmontar una concepción social cristiana que dice, desde la moral, que ser puta está mal. Y que ser trabajadora sexual y feminista es contradictorio», apunta. «El primer problema relativo a la prostitución es la vergüenza. Cómo quieren que las putas nos apoderemos si una mujer como la ministra Celáa, formada, reflexionada y supuestamente feminista, nos dice que las prostitutas somos víctimas. Que no somos nada. El discurso abolicionista es tremendamente paternalista», apunta Ezquerra.

Acción del Movimiento Democrático de Mujeres en las Rambles de Barcelona

¿Víctimas o trabajadoras?

El término ‘víctima’ es uno de los más controvertidos en esta cuestión, y es que para los movimientos abolicionistas, la prostitución no es un trabajo, sino que es una forma más de violencia machista: «es una de las más graves y normalizarla es apuntalar el patriarcado. Tanto que luchamos por el derecho al aborto y la decisión sobre el propio cuerpo para luego convertirlo en una mercancía al servicio sólo de los hombres», reclama Cristina Simó, presidenta del Movimiento Democrático de Mujeres (MDM), una de las entidades referentes en el discurso abolicionista.

Así, una de las reivindicaciones de las contrarias a la prostitución es considerar el trabajo sexual como una explotación, en la que las mujeres que lo ejercen no deben reclamar derechos laborales, sino derechos humanos: «no puede haber un sindicato de prostitutas, porque no son trabajadoras. Detrás del trabajo sexual hay todo un entramado de negocios en un limbo legal que generan millones en beneficios. Y si hay este negocio es porque hay demanda», apunta Simó, quien califica Otras como «un sindicato de esclavas».

Por el contrario, la postura de Ezquerra es la de defender su empleo como un trabajo como cualquier otro: «todos los trabajos son explotación en mayor o menor medida. Por eso es importante que nos unamos en sindicatos con otros trabajadores, porque lo que reclamamos es lo que reclama cualquier persona explotada por el capital», afirma. Que el trabajo sexual -que cuenta con una patronal legalitzada- mueve millones de euros al año no es ninguna novedad, como tampoco lo es la lacra del tráfico de mujeres que acaban en las redes de la prostitución. Pero, ¿todas las mujeres son víctimas, de alguna manera?

Para Simó, la mayoría lo son. Considera que sólo un «porcentaje muy pequeño» de prostitutas lo son por voluntad propia y las que lo son, «a menudo terminan igualmente en manos de la trata. Las compañeras regulacionistas hablan de trabajadoras traficadas, pero deben ser tratadas como víctimas. En un escenario de equidad la prostitución no tendría cabida, por tanto, lo mires como lo mires, es explotación», sentencian desde el MDM. En este sentido, Ezquerra es tajante: «¿que si me hice puta porque tenía ganas? No, lo hice por supervivencia. Pero como todos los trabajos que he tenido».

Prostitutas o clientes: ¿dónde se debe poner el foco?

Uno de los puntos clave en el debate sobre el trabajo sexual pasa por dónde se pone el acento, ¿en el empoderamiento de la prostituta o en la opresión machista ejercida por los clientes y proxenetas?. ¿Qué espacio tienen las mujeres en esta discusión, son sujeto o víctimas en la problemática? Simó considera que el foco no se debe poner en ellas, porque hacerlo es no ver el origen. «Nos escandalizamos de las mujeres en las carreteras, en condiciones infrahumanas. Las esclavas. Esta es la parte visible de la trata, pero detrás hay todo un entramado de violencia machista que no vemos. Pensemos que si hay negocio es porque hay demanda. Aquí está el foco».

Pero, en cambio, para Ezquerra, hablar de prostitución sin hablar con las prostitutas es «extremadamente paternalista: sabemos hablar y no pueden decirnos cómo nos sentimos. Nunca irías a cualquier otro colectivo a explicarle amablemente que está siendo explotado y que debe dejar de hacer lo que hace. No podemos hacernos esto entre feministas». Para ella, no hay explotación ni sumisión en el trabajo sexual: «yo doy un servicio, como cualquier otro. ¿Por qué mi servicio es reprobable?». La respuesta, para Ezquerra radica, de nuevo, en la concepción moral de la sociedad que ha educado a los hombres para exhibir su sexualidad y a las mujeres para esconderla.

«Tenemos que dejar de sublimar el sexo; puede ser maravilloso, pero está demasiado mitificado. Instrumentalizamos el sexo para muchas cosas: nos podemos acostar con alguien aunque no haya piel, simplemente para buscar placer, por complicidad…», reflexiona. Cree, pues, que antes de valorar la prostitución, se debería deconstruir la concepción social que se tiene del sexo. «Damos demasiada importancia al sexo. ¡Y esto te lo dice una puta! Mantener el rol sexual que la sociedad nos impone es demasiado cansado. He estado con cientos de personas y puedo asegurar que no es nada extraordinario».

Paula Ezquerra, trabajadora sexual | Sandra Vicente

¿La prostitución fomenta la cultura del abuso?

Ezquerra asegura que su trabajo la empodera y le da libertad sexual: «ser puta es aprender a escuchar el cuerpo de otra persona. A saber qué es un ser humano y tener paciencia. Yo si no quiero atender a un cliente, no le atiendo. Es más, un maltratador o un violador, no es un cliente y deja de ser trabajo para convertirse en abuso», sentencia, pero reconoce que no puede generalizar por todas sus compañeras. «Hablo por mí. Que es lo que se debería hacer siempre cuando se habla de prostitución; cada mujer es un mundo».

Simó, en cambio, no hace distinciones: «la prostitución es violación remunerada. Las mujeres que la ejercen quieren dinero, no sexo. ¿Cómo tenemos que cambiar la cultura de la violación si no enseñamos a los hombres que las mujeres no somos objetos. ¿Qué hace la gente cuando está en una pastelería, tiene hambre pero no dinero? Roba. Entonces, ¿por qué no deberían violarnos?», se preguntan desde el MDM. Pero, siguiendo con la misma metáfora de la pastelera, Ezquerra considera que «no es culpa de la pastelera que le roben. Ni de su oficio. No puedes saber si un cliente, cuando entra en la pastelería, te robará. Pero así como no debemos suponer que todos los que entran son ladrones, tampoco todos nuestros clientes son violadores».

Un debate necesario para el feminismo

Que la prostitución es una cuestión que se debe debatir dentro de los feminismos no genera duda. «El feminismo lo engloba todo, así que nos lo tenemos que plantear juntas para desmontar lo que nos ha venido dado», opina Ezquerra. Desde el Movimiento Democrático de Mujeres, Simó también considera sano el debate, aunque cree que se debe hacer fuera de las luchas feministas, «porque tenemos mucho trabajo por delante y este debate nos rompe. Hay que mantenernos unidas», apunta.

Y es que para Simó, abordar una discusión pública sobre los sindicatos de trabajadoras sexuales es «desviar el foco: tenemos que hablar de la explotación, no de derechos laborales. Esto es tergiversar el discurso, porque ¿quién puede ponerse en contra del derecho de las mujeres trabajadoras?», se cuestiona. En cambio, para Ezquerra el debate debe hacerse junto: derechos laborales, igualdad y violencias son luchas inseparables. «Como feminista creo que si mujeres y hombres nos uniéramos a romper el estigma ‘puta’, más allá del trabajo sexual, transformaríamos la sociedad y ganaríamos en equidad. Sólo pedimos respeto para ejercer un trabajo que no imponemos a ninguna otra mujer».

Así, lo que es llamado ‘el oficio más antiguo del mundo’, genera uno de los debates más complejos en la esfera feminista. Y lo que lo hace tan complejo es el hecho de que, desde posturas tan opuestas, se defiendan los mismos derechos. Los derechos que la marea violeta del 8 de marzo reclamaba y que puso la lucha feminista en la portada de los diarios. La misma marea que ha dado visibilidad un debate que hasta ahora había quedado invisibilizado.

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