Racismos cotidianos: más segregación escolar

Con la aparición en superficie de la extrema derecha (ha existido siempre, pero estaba enterrada) se vuelve a hablar abiertamente de racismo hacia los recién llegados de otras culturas o etnias: pero siempre pobres. La extrema derecha aparece en las calles cuando la izquierda está medio de vacaciones

Joan M. Girona
 
 
 
Racismes quotidians: més segregació escolar

Racismes quotidians: més segregació escolar

En el ámbito de la enseñanza debemos estar atentos y tener muy en cuenta cómo la derecha puede influir a aumentar, aún más, la segregación escolar. Porque desgraciadamente son evidentes las tendencias de nuestra sociedad de agruparnos en función de la capa social a la que pertenecemos. Y los poderes públicos lo favorecen en vez de intentar buscar medidas correctoras y compensadoras. Unas tendencias que no ayudan a la necesaria diversidad, más bien dificultan la convivencia y probablemente aumentan los conflictos. No favorecen la cooperación, el compañerismo, la colaboración … y sí la competitividad, el hecho de pasar por encima del otro, el machismo, el racismo. Se ponen de manifiesto las diferencias de clase, de etnia, de género, de orientación sexual … que se contemplan como elementos de segregación social.

Todos somos racistas. A veces he comenzado una intervención en una actividad de formación con estas palabras. La intención ha sido provocar reacciones de los asistentes; no siempre lo conseguía.

«Yo no soy racista, pero esto que hacen no se puede aceptar; un oratorio junto a las casas será un nido de conflictos…». Frases de este talante se pueden escuchar a personas entrevistadas en la televisión cuando ha habido algún hecho relacionado con vecinos gitanos o musulmanes. Lo más interesante es la primera parte. Yo no soy racista. No tenemos por qué no creerla. Habría que distinguir racismo y comportamientos racistas. No podemos juzgar lo que una persona piensa o siente. Lo que se cree de ella misma. 

Puede pensar que no se es racista y al mismo tiempo tener unos comportamientos que lo contradicen. Los sentimientos racistas son eso: sentimientos, poco racionales, fáciles de manipular. Para cambiarlos hace falta un tiempo de relaciones personales que pueden ayudar a entender y sentir que todas las personas son iguales y tienen los mismos derechos. No hay razas humanas. No hay culturas superiores a otras. Hay culturas en las que el machismo está mucho más acentuado que en las nuestras; pero nuestra cultura permite dejar al abuelo o abuela en una residencia y otros lo consideran una infamia.

Si afirmo que todos somos racistas es porque hay una especie de racismo light, que no es delito, presente en la sociedad. El empresario que no emplea según la cara o el color, el propietario de una vivienda que lo alquila a precios desorbitados extranjeros pobres, la familia que cambia a su criatura de escuela porque se han matriculado unos recién llegados o gitanos, quien caminando y cambia de acera porque una persona negra se acerca … todos estos actos son comportamientos racistas y no se puede denunciar a nadie para llevarlos a cabo. Pero son el cultivo en el que crecen los comportamientos racistas delictivos, quemar barracas, apalear personas, insultar a jugadores de fútbol negros, maltratar … actuaciones realizadas por personas civiles y por funcionarios públicos.

Es probable que el racismo sea instintivo y el antirracismo fruto de una construcción educativa. Desde el inicio de la humanidad, los grupos humanos han entrado en conflicto, han discutido por el control del territorio, por el agua, por los posibles cultivos … Nosotros y ellos es algo arraigado a las personas desde tiempos inmemoriales. La mayoría de bebés a una cierta edad no se fían de los extraños. Ambos hechos han permitido la supervivencia individual y colectiva de la humanidad. Los niños crecen y la humanidad ha evolucionado mucho. Con el proceso educativo podemos superar el ancestral nosotros y ellos. Podemos relacionarnos y aprovechar lo mejor de cada persona y cada cultura: la humanidad en conjunto avanzaría, el futuro sería mejor para las nuevas generaciones.

Respetando las diferencias, lucharemos contra las desigualdades que pueden provocar. En una sociedad clasista como en la que vivimos puede que miremos a los inmigrantes pobres y etnias minoritarias desde la situación de poder que tenemos. No es fácil llevar a cabo unas auténticas relaciones interculturales. En Occidente se ha conceptualizado el interculturalismo, pero es dudoso que se lleve seriamente a cabo. 

Hacerlo pondría en cuestión los privilegios y el poder de que disfrutan las sociedades ricas, el primer mundo, frente a las sociedades del llamado tercer mundo. Otros analistas hablarán de centro y periferia del sistema. Probablemente si los países de origen de la inmigración que llega a casa no hubieran sufrido años o siglos de expolio desde Europa (un expolio que continúa hoy), no vendrían tantas personas jugándose la vida a encontrar un futuro que no tienen. Como ha escrito Teresa San Roman, «el problema es hacer sitio a todos ellos. Y para eso tendriamos que movernos todos nosotros».

Mi experiencia me permite afirmar que a pesar de ciertos comportamientos racistas de maestros y profesorado -los enseñantes son miembros de la sociedad y participan de algunos comportamientos-, la escuela es la institución mejor valorada por las familias recién llegadas o de culturas minoritarias. Ha sido el lugar donde se han sentido tratados como personas en plano de igualdad. Fuera se han sentido observadas, vigiladas o invisibles. No podemos, sin embargo, dejar de estar atentos ya que a menudo la administración educativa no está a la altura que se requiere.
¿Cuál es la finalidad del programa PRODERAI, que por suerte tuvo poca monta?
Se quería formar al profesorado para detectar comportamientos islamistas, por lo tanto se presentaba (¿sin querer?) a las personas de religión musulmana como un peligro latente de practicar el terrorismo. En vez de animar a rehuir los estereotipos y prejuicios que existen en la sociedad actual, se animaba a fijarnos en ciertos comportamientos que podían ser los de cualquier niño o adolescente. En vez de animar a la convivencia a pesar de las diferencias, se pedía prevención hacia personas diferentes de la mayoría.

En los centros escolares se ha de vivir una auténtica educación antirracista. Los enseñantes debemos procurar unos comportamientos adecuados a los valores que queremos transmitir. Se enseña más con lo que se hace que con lo que se dice. Debemos transmitir a toda la comunidad educativa, a toda la sociedad, la necesidad de convivir con todas las diferencias; la necesidad de luchar contra las desigualdades que generan los comportamientos racistas. Contra la segregación escolar.

Joan M. Girona
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