Entrevista | João França, periodista

“Que los barceloneses quieran regular el precio del alquiler no se explica sin los movimientos anteriores por el derecho a la vivienda”

João França, periodista y ex jefe de redacción de 'Catalunya Plural', publica 'Habitar la trinchera. Historias del movimiento por el derecho a la vivienda en Barcelona' (Octaedro y Fundación Periodismo Plural), un libro que cose la memoria de los activistas por el derecho a la vivienda y reivindica las pequeñas victorias.

Yeray S. Iborra
 
 
 
El autor del libro, en una imagen de archivo | Sònia Calvó

El autor del libro, en una imagen de archivo | Sònia Calvó

La arena se levanta y se estrella contra bancos y árboles. Pequeños golpes de viento hacen más llevadero este caluroso día de julio. Estamos en Barcelona, pero no en la playa. El Forat de la Vergonya (agujero de la vergüenza, en castellano), como se conoce popularmente el Pou de la Figuera, es uno de esos espacios de la ciudad que no sucumbieron a la fiebre por el cemento en los años noventa. Aquí los vecinos lucharon por conservar su plaza blanda, de tierra. Aunque en días como hoy todo el mundo deba mirarse con los ojos medios cerrados, evitando que los granos se cuelen en ellos.

La historia sobre la mítica plaza de Ciutat Vella la explica el periodista João França (Brasilia, 1990). El Forat es paradigma de la lucha vecinal por el derecho a la vivienda y contra la especulación, mucho antes de que el verde, el verde de la PAH, fuera multitudinario y hubiera llegado incluso al Congreso. Mucho antes de las luchas contra los precios abusivos del alquiler que ahora se hacen fuertes en Barcelona.

França, ex jefe de redacción de Catalunya Plural y que recientemente ha estrenado también el documental sobre las manifestaciones del colectivo LGTBI, El fil rosa, ha explicado todas estas batallas en Habitar la trinchera. Historias del movimiento por el derecho a la vivienda en Barcelona (2018). El libro, editado por Octaedro y parte de una colección de títulos periodísticos impulsados junto a la Fundación Periodismo Plural, cose la memoria de los activistas y reivindica las pequeñas victorias. Como las de esta plaza.

¿Por qué estamos aquí, en el Forat?

El Forat de la Vergonya es un lugar simbólico de las luchas de la ciudad contra la violencia urbanística e inmobiliaria, un lugar que sufrió una transformación muy grande en los noventa. Aquí los vecinos se encontraron muy solos. Porque no había un movimiento muy articulado contra la especulación en aquella época. Tuvieron que recurrir al movimiento okupa, que justo había entrado a los cines Princesa, para defenderse. Finalmente se formó una alianza entre vecinos y okupas para proteger un espacio que había sufrido derribos y que tardó muchos años hasta ser lo que tenemos ahora. Que el suelo sea de arena fue una victoria vecinal: no querían una plaza dura.

¿El objetivo de Habitar la trinchera. Historias del movimiento por el derecho a la vivienda en Barcelona pasa precisamente por visibilizar a todos estos activistas, a todos estos movimientos precedentes de los que hoy conocemos y que han conseguido grandes objetivos?

Creo que con el libro lo que me fui encontrando es que muchas luchas pequeñas, locales, de barrio, fueron generando un discurso y unas herramientas que, efectivamente, han permitido prosperar a movimientos como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). Cuando la PAH llevó la iniciativa legislativa popular (ILP) al Congreso tenía un apoyo mayoritario de la población, del 90%. Estos apoyos no se entenderían sin todas esas luchas anteriores. La idea era repasar un movimiento, el de la vivienda, bien diverso y con estrategias a menudo divergentes. Y así lo seguimos viendo hoy: colectivos diversos pero objetivos comunes.

¿Qué cambios se producen desde los primeros movimientos okupas hasta la PAH para que el movimiento aglutine a tantos?

El movimiento anterior a la PAH, V de Vivienda, ya tenía mucha fuerza en su momento, mucho impacto gracias a campañas como Super Vivienda. Así lo recuerda la gente. Pero es un movimiento que tenía unos objetivos de máximos, lo que permitía arrastrar a la gente, pero sólo con estos objetivos no se consiguen pequeñas victorias. Si sólo aspiras al máximo, al final la gente se cansa. La PAH incorpora un aprendizaje: objetivos a corto, medio y largo plazo. Con objetivos tan a corto plazo como detener un desahucio, que sólo aplaza el problema, pues después se tienen que buscar alternativas. Pero para la familia termina siendo una victoria importante. Esto, que es pequeño e individual, le da al movimiento momentos de gran fuerza colectiva. Por otra parte, es un movimiento muy enfocado a las personas que tenían este problema. Enfocado a las personas y a las problemáticas, a hacer asesoramiento colectivo; son las mismas personas las que encuentran las respuestas. Y después, lo aprendido, lo pueden compartir. Esto permite crecer el movimiento: no dependes de la gente que lo ha impulsado. Creas una rueda.

Queda claro que la PAH es un revulsivo para estas acciones más directas (detener desahucios), pero la cuestión estructural queda coja hasta la ILP. ¿Cómo valora el impacto legislativo?

El tema de los cambios legales está desde un principio sobre la mesa. La ILP se empieza a gestar antes del 15M. Enseguida el problema de la deuda se pone sobre la mesa, y eso requiere un cambio legal. Estos cambios legales no fructifican, pero la ILP, insisto, había sido secundada por el 90% de la población. Pero queda tan desdibujada en el Congreso que los mismos impulsores la retiran. Queda en nada. Pero mientras tanto se arrastran pequeñas victorias, como aumentar el techo de qué es embargable a una familia; o la modificación del PP contra desahucios, que ha tenido poco aprovechamiento, pero que es algo. Después se intenta hacer de esto una lucha autonómica, con la ley 24/2015, que termina en el Tribunal Constitucional. Y luego están las mociones en los ayuntamientos. Y, finalmente, el techo de cristal institucional es una de las motivaciones para que mucha gente de este movimiento por la vivienda se presente a las elecciones. Las dos estrategias eran claras: romper por abajo, con propuestas en el ámbito autonómico y municipal; y la otra, ocupar el espacio legislativo. La apuesta se hace a escala municipal y es de donde sale BComú y la gente que ahora gobierna la ciudad.

¿Y cuál ha sido el impacto de esta entrada en las instituciones?

Institucionalmente, hay muchos resultados de la respuesta a la emergencia: detener desahucios y hacer mediación en situaciones límite. No se hace todo lo que cabría esperar, porque pisos de emergencia faltan, y la gente está a la espera en general, pero hay resultados. Eso sí, la gente de la calle vemos que las cuestiones más estructurales no tienen respuesta.

¿Por ejemplo hablamos del alquiler?

Así es. No es algo que dependa del gobierno municipal pero en estos tres años la vivienda en la ciudad no está mejor, sobretodo en cuestiones como el acceso a los alquileres…

Objetivos como el del parque de alquiler social no se han cumplido. ¿Cuál es la valoración en materia de vivienda que hace del gobierno de Ada Colau?

Cuesta valorarlo. Como decía, hay una respuesta institucional muy clara y contundente en temas de emergencia. Pero en la respuesta a otros niveles se mezclan cosas. Se mezcla la cuestión competencial y también la frustración; una frustración que tiene que ver con la gestión de expectativas de una campaña ganadora y que pretendía transformaciones radicales. Regular los precios en Barcelona lo puedes hacer, o a través de la ley, que no está en tus manos, o a través de un parque de vivienda pública lo suficientemente grande para incidir en el precio. Nos faltan años para ver una transformación en la realidad. Todo es muy lento. Como vecino, lo vivo con gran impotencia. Cuando me suben el alquiler un 33%, que es lo que me está pasando, y me dicen: ‘No encontrarás nada más barato’. Y miras, y es verdad. Eso genera una gran impotencia. ¿Qué puede hacer el Ayuntamiento? No lo sé, pero lo que podemos hacer el resto es organizarnos. La esperanza la tenemos que encontrar en organizarnos. Es lo que hacen desde el Sindicato de Inquilinos o desde los sindicatos de barrio.

Y los movimientos sociales, ¿como están después de este traspaso?

Durante los primeros dos años de gobierno hubo un reflujo y se vio menos movilización. En el caso de la PAH, cuando aparecen apuestas municipales le toman el foco mediático y esta pierde mucha presencia, lo que tiene un efecto. Cuando tú ocupas un banco es una medida social que ataca a una sede concreta y también a una imagen, pero cuando pierdes prensa mediática eso no tiene efecto. Pero ahora esto ha cambiado. Está habiendo una reactivación, y me parece curioso que cuando los movimientos sociales han tomado fuerza han sido por luchas antirracistas pero también, y sobre todo, por la vivienda. Y no sólo la PAH, que sigue recibiendo gente cada lunes, sino también otros movimientos de barrio. Este tema vuelve a ser de los más candentes de la ciudad.

Hay esperanza de espacios de lucha, ¿entonces?

Hay espacios para que el movimiento por el derecho a la vivienda tenga más fuerza, sí, porque es un problema que afecta a cada vez a más gente y hay conciencia social. La última encuesta municipal decía que la mayoría de barceloneses estaban a favor de regular el precio del alquiler. No habría habido una respuesta tan clara hace unos años: hablas de algo tabú, ¡regular el libre mercado! Que este discurso haya calado porque se trata de un derecho básico es señal de la preocupación. Por lo tanto, hay potencial, al igual que pueden haber espacios de alianza, como demostró la unión para detener la subasta de la Generalitat.

La PAH consiguió que las personas pasaran, en relación a los desahucios, de héroes en solitario a víctimas en compañía. ¿Está eso por hacer con los alquileres? ¿Hay todavía un cambio cultural que debe producirse?

El desahucio tiene que ver con situaciones más extremas. Sin casa y deuda de por vida… Es una situación difícil; la gente tiene menos que perder ya, porque lo ha perdido todo. Si bien es cierto que la PAH te dice que en su momento encontró una sociedad deprimida y se pensaba que la sociedad estaría cabreada. Y en cambio estaba derrotada. Para la PAH fue un proceso empoderarlos. Hacer entender que eran víctimas de un sistema que había promovido todo esto. Con el alquiler aún tenemos la sensación de que hay menos que perder; si no pagas un alquiler, te vas a otro lugar, pero no te quedarás sin techo. Se vive con menos urgencia, aunque no es tan así, porque el círculo de expulsión va creciendo… ¿Dónde acabaremos viviendo? ¿Renunciaremos a nuestros barrios?

¿Se sigue viviendo de forma más individual el tema del alquiler?

Cuesta más hacer el paso hacia la movilización porque, pasando un poco por el aro, y aceptando una subida, te ganas ya la tranquilidad. A mí me ha pasado: me suben y me podría haber organizado más, pero te pilla en un contexto que te expone al riesgo de perder tu casa, y cedes. No te quedarás en la calle, pero perderás tu hogar; y si miras en el barrio, como decía, no hay nada más asequible. Al final, todos estos elementos te hacen alimentar la bola. Pero poco a poco tenemos que salir de esto: hay gente que hace frente a estos problemas y les funciona. Mira el Sindicato de Inquilinos y los colectivos de barrio.

Volvemos a las pequeñas victorias…

Sí, no quiero dar una visión pesimista. Algo que me ha gustado de este proceso del libro, de esta investigación, es que este es un movimiento lleno de derrotas en cierto sentido, porque la PAH no aprobó la ILP y hay mil proyectos sociales alrededor de la okupación que han sido desalojados. Pero me gusta valorar lo que hemos aprendido con estas experiencias y las victorias después de estas derrotas. El primer desahucio que recuerda la gente de la PAH es el de Manel, pura especulación. Fue desahuciado finalmente pese a la resistencia. Pero sin su caso no se habrían podido detener otros similares. En la historia quedan las leyes aprobadas, pero lo que se consigue por el camino las explica. Que los barceloneses quieran regular el precio del alquiler no se explica sin los movimientos anteriores por el derecho a la vivienda. No se explica sin la PAH, las okupaciones, V de Vivienda, las asambleas de barrio y la ILP rechazada. Los relatos van ganando espacio político también con las derrotas.

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