En posición ginecológica, de la estructura a la experiencia

Si es cierto que cuando nos atrevemos a poner de manifiesto el maltrato se nos culpabiliza o psicologiza - hecho que perpetúa y acentúa la espiral de violencia -, también es bien cierto que callando nos ajustamos al que nos mal-trata. Es de lo que más me ha sorprendido en mi experiencia como residente en las consultas de ginecología: Por qué las mujeres no preguntan más? Por qué callan?

Clara Ariza Montobbio
 
 

«Tendrías que ir al ginecólogo» es una sentencia muy común entre las mujeres. Aparece a cierta edad cuando, con el inicio de las relaciones sexuales, alguien sugiere que tiene que «hacerse una revisión», y se va repitiendo en múltiples ocasiones: cuando el ciclo menstrual es imperfecto o no deja hacer «vida normal», cuando se sospecha un embarazo o la menopausia, cuando hay molestias «allí abajo»; cuando no hay orgasmos o deseo, cuando «hace demasiado tiempo que no vas»; cuando una relación sexual tiene riesgo, cuando nos palpamos en el cuerpo algo extraño…

En todas estas situaciones íntimas y a menudo inherentes al ciclo de vida de una mujer, la mirada profesional tiene presencia y acto. Podríamos señalar, pues, la influencia de la ginecología en aspectos fundamentales como el ciclo hormonal natural, la sexualidad y el placer, la concepción y el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y la reproducción. Influencia que se encarna en la potencial medicalización de procesos fisiológicos que afectan particularmente a las mujeres al tener muchas dianas terapéuticas (tal como muestran las reflexiones colectivas del Taller de Medicalización de la mujer a lo largo de su ciclo vital realizado el 2016 dentro de el Ciclo Repensando la medicalització en el seno de los movimientos sociales de la villa de Gràcia).

El sistema sanitario a menudo problematiza aspectos de la vida, un fenómeno que el filósofo alemán Jürgen Habermas definió como ‘colonización del mundo vital’ y que alerta del poder que ejerce una estructura de manera permanente y sistemática. Nuestro sistema sanitario, sometido al capitalismo y a la sociedad heteropatriarcal, interviene de forma específica en nuestros cuerpos y en nuestras vidas. Tal como se ha estudiado desde la antropología médica, la biomedicina condiciona la concepción y el conocimiento que tenemos de nuestro cuerpo, crea cultura y determina nuestras prácticas (Byron Good, Medicina, racionalidad y experiencia). La ginecología, lejos de estar exenta, es una de las especialidades biomédicas en la que más fuertemente se ha reconocido la violencia estructural.

«Ponla en posición» es la expresión que pone título a este artículo. Lo dice la ginecóloga al auxiliar, sin ni siquiera dirigirse a la mujer que pretende examinar. Ella descifra el mensaje, se desnuda «de cintura abajo», recolocándose los zapatos tal como le indican, sube a la litera y se reclina; obedece las órdenes. Se dispone a ser explorada y escucha cómo hablan las batas entre ellas, que alternan palabras técnicas con anécdotas ajenas, mientras solicitan unas pinzas para hacerle una biopsia que consentirá por escrito al bajar de nuevo al mundo de las personas. Sería una lectura simplista no darse cuenta de los condicionantes estructurales que hacen de este contacto interpersonal una situación poco cuidada, pero también sería injusto no reclamar a ambas partes la corresponsabilidad de perpetuarla. Más allá de la logística de la consulta, no hay que centrarnos en las formas de relación. La posición ginecològica es tan incómoda y humillante como práctica y natural, el conflicto es cuando quien explora no acompaña si no impone, y en lugar de informar o formar, omite o sentencia. Quizás carecen espejos a la consulta para verse el cuello del útero, quizás carece tiempo para una relación digna con el cuerpo y la persona, pero también carece interés en que la mujer se apropie de la propia anatomía, exprese el malestar y construya su salud.

«Lo queréis todo y sin dolor». Quizás, haría menos daño si se justificara, se informara y se consensuara cada acto ginecológico. Se aceptara que nuestros genitales también son sensibles como los de los hombres y que a menudo somos las que sufrimos los síntomas pero no somos quienes los provoca.

«Por qué venías?» Quizás el mostrador de recepción no es el lugar donde hacer ‘un triage’ ni confesar aspectos de la vida personal. Y tampoco puede resumirse con una palabra el motivo real de una consulta. Recuerdo una vez cuando de estudiante presencié el desprecio de un ginecólogo al atender a una chica que venía por haberse palpado «una cosa extraña dentro de la vagina» y este objetivaba que se trataba sólo del cuello del útero. En ginecología un motivo frecuente de consulta tiene relación con el desconocimiento del propio cuerpo y los propios recursos, el miedo a la enfermedad – que a menudo es impuesta – y la necesidad de información de derechos y estrategias para abordar libremente un problema. No se acude a recibir juicios, dogmas absurdos o intromisiones sobre la manera de vivir.

«Lo tendrías que saber». Esta arrogante y culpabilizadora sentencia convive con la premisa paternalista de «las mujeres no saben» (Antropología, género, salud y atención p.193), tal como narra una mujer que, en el proceso de colocarse un dispositivo intrauterino (DIU), descubría aspectos de la anatomía interna mientras la ginecóloga se escandalizaba apelando a su condición de universitaria. Más allá del clasismo absurdo, parece evidente que durante muchos años a las mujeres se nos ha negado el conocimiento del propio cuerpo y del propio placer por parte de fuerzas hegemónicas tan religiosas como políticas. Si todavía se invisibiliza el clítoris en la educación sexoafectiva en las escuelas o la eyaculación femenina es negada por la ciencia (Coñopotens. Manual sobre su poder, su próstata y sus fluidos), parece un escándalo secundario que el útero o matriz sea un órgano desconocido para muchas mujeres. Quizás lo más chocante es que se reduzca su rol al común dolor de regla por el que tantas mujeres consultan, y que no se explique que el mecanismo de acción de un DIU es la irritación crónica de sus paredes internas.

«Vengo para que me lo miren» pero no «para que me lo expliquen», pues no es costumbre que los médicos expliquen a los pacientes más allá de las instrucciones farmacológicas. «Esto es normal» – Y qué es normal? Que la regla haga daño o que se tenga que omitir su existencia? Que las mamas sean fibroquísticas y los ovarios poliquísticos o que el medio ambiente nos llene de estrógenos? «Vale, reina?» No, para algunas no vale, no somos reinas, queremos comprender y respetar mejor nuestros cuerpos, nuestras vidas.

Queremos resistir el dominio de este sistema. Aprovechando el llamamiento al autoconocimiento del propio cuerpo, hago énfasis en recursos históricos tales como el movimiento feminista y el self-help y en la web de Trótula Crítica, una ginecóloga que forma y informa a quien atiende. Invito a la autoinspección con espejo de los propios genitales, a no delegar ni relegar la cura del propio cuerpo, a romper con la normalidad con un artístico regalo.

«Tienes pareja estable?» La mayoría de las veces esta es la primera pregunta para entrar en la intimidad de tus prácticas, en vez de «Tienes relaciones sexuales?». En nuestra cultura la promiscuidad tiene la connotación de riesgo y es a menudo un juicio moral y machista, tal como explica una mujer relatando su primera visita al ginecólogo. Quizás más allá del riesgo biológico de contraer unas clamidias o transmitir el VIH, cuestión relevante de salud pública, la connotación de riesgo tiene también un cariz psicosocial e ideológico que se obvia sistemáticamente en muchos de los centros más tradicionales.

No obstante, tal como narran compañeras trabajadoras del CJAS, cuando el abordaje es integral y con perspectiva de género, es posible detectar si detrás una relación sexual de riesgo hay una conducta de abuso donde la mujer ha sido vulnerada y donde la estrategia pasa, más allá de la denuncia, por un acompañamiento al empoderamiento de la afectada.

La violencia estructural a veces se hace explícita pero a menudo es silenciosa y tiene la virulencia de naturalizarse. Hemos normalizado tanto la agresión que a menudo no la detectamos, y la omisión de información o la arbitrariedad son hechos altamente aceptados. Si es cierto que cuando nos atrevemos a poner de manifiesto el maltrato se nos culpabiliza o psicologiza – hecho que perpetúa y acentúa la espiral de violencia -, también es bien cierto que callando nos adaptamos al que nos mal-trata. Es de lo que más me he sorprendido en mi experiencia como residente en las consultas de ginecología: Por qué las mujeres no preguntan más? Por qué callan? Sabiendo que quizás es por bloqueo, tal como relata una mujer en su experiencia frente un comentario abusivo (“Me arrepiento de haber guardado silencio, pero intento no culparme y, además, ya no pienso callar nunca más”) haría un llamamiento a tomar posición, a resignificar la ‘posición ginecològica’.

Ser más activas en la relación asistencial, preguntar, denunciar y exigir la vivencia y la concepción vital de los aspectos de la misma intimidad. Aprender a dejar de ser cómplices en esta estructura que ejerce violencia simbólica, noción fundamental de estas líneas, que proviene de la sociología (Pierre Bourdier) y nos alerta de las relaciones de poder de las que formamos parte constantemente.

Clara Ariza Montobbio
Sobre Clara Ariza Montobbio

Llicenciada en Medicina l'any 2014 per la Universitat Autònoma de Barcelona. Resident de tercer any de Medicina Familiar i Comunitària a la Regió Sanitària Metropolitana Nord. Membre actiu del col·lectiu d'autogestió de la salut Salut Entre Totxs. Dona cis. Aprenent de la intersecció de sabers i pràctiques que envolten la salut Más artículos

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