Pasar de un recibo de 31 euros a uno de 4: «Intentamos hacer ver que las facturas no se deben pagar porque sí»

La Zona Norte de Barcelona es la más pobre de la ciudad; los desahucios, las ocupaciones y el retraso en el pago de suministros están a la orden del día. Estas situaciones se incrementan durante los meses más fríos. Por eso el proyecto A-Porta contrata vecinos del barrio para que vayan a asesorar, puerta a puerta, sobre los derechos y las posibilidades de ahorro

Sandra Vicente
 
 
 
Fio y Gadys visitan a Antonio en el barrio de Vallbona | Sandra Vicente

Fio y Gadys visitan a Antonio en el barrio de Vallbona | Sandra Vicente

Antonio tarda un poco en abrir la puerta. «Estaba a punto de irme a caminar», se justifica. Tiene 78 años y para mitigar una diabetes grave, sale a caminar cada día más de cuatro horas, ocupación que le toma más de media jornada. Sin embargo, retrasa su cita con los compañeros de paseo para atendernos. Solícito, saca unos polvorones que aún le bailan por los estantes de los armarios. «Son de Andalucía, me los ha traído mi familia», nos insiste, ante la negativa de comer.

«Vienen de Granada, de mi ciudad», apunta, satisfecho, mientras señala una fotografía de La Alhambra colgada en una pared. Hay que fijarse para verla, pues las persianas de la casa de Antonio permanecen cerradas la mayor parte de los meses fríos, «para mantener la casa caliente, porque las ventanas no cierran bien», se justifica. La televisión aporta toda la luz que puede necesitar este hombre que, a su edad avanzada, vive solo.

«¡Lo que tiene que hacer uno para llegar a fin de mes!», exclama Antonio, con resignación. Pero no está solo para afrontar unas facturas ilegibles, una situación económica precaria y unos servicios sociales que, para muchos ciudadanos, se revelan como inaccesibles. Hoy, en el comedor con Antonio, están Fio y Gladys, dos vecinas de este granadino de 78 años que reside en el barrio de la Vallbona de Barcelona, en el distrito de Nou Barris, entre Ciutat Meridiana y Torre Baró.

Fio y Gladys son dos de las aproximadamente 30 picaportes del programa ‘A-Porta’, un proyecto que emplea a vecinos y vecinas de barrios deprimidos para dar apoyo y asesoramiento energético a sus residentes. Puerta a puerta, recorren las casas y pisos de barrios como el de la Vallbona para hablar directamente con sus habitantes y dar consejos que van desde el ahorro energético, hasta asesoramiento para pedir el Bonos Social.

Antonio conoce a Fio del barrio, de «toda la vida», por lo que la primera vez que picó al timbre como picaporta, no como vecina, no dudó en abrir. Ahora, pone a un lado los dulces que nos ha ofrecido para dejar espacio sobre la mesa a las facturas de la luz y del agua: «¡como no debería querer enseñarlas!», exclama, mientras trae al comedor una carpeta con todos los sobres ordenados.

Las personas como Fio y Gladys ayudan a sus vecinos con «esto de las facturas, que son carísimas y con impuestos que no vienen al caso. Sólo las entienden los expertos que salen por la tele», se queja Antonio mientras va sacando los papeles de los sobres. «Cobro tan poco y son tantas cosas», murmura. Antonio tiene una pensión de 639 euros al mes y sus facturas raramente bajan de los 50 euros por la luz y 30 por el agua.

Y estas facturas son de finales de 2018, antes de que los precios de la luz se dispararan un 40% durante las primeras semanas de este 2019, respecto al mismo período del año anterior, en las que el precio del megavatio hora ha llegado los 62,8 euros. De seguir esta dinámica, los precios podrían llegar a unas cifras sólo superadas por la ola de frío que se vivió en enero y febrero del 2017, cuando el precio alcanzó los 71,4 euros.

Fio y Gladys, picaportes | Sandra Vicente

De afectado asesor: «Yo también he estado enfadada con el mundo»

Fue precisamente en aquella ola de frío en la que los precios de la luz se dispararon, cuando nació A-Porta, un proyecto de la CONFAVC. El de Nou Barris es el distrito más pobre de la ciudad y la especulación inmobiliaria dejó un rastro de miseria que se traduce en unos 250 pisos ocupados -según cifras de las asambleas vecinales- y unos cuatro desahucios a la semana. Las dificultades, pues, para hacer frente a los pagos de los alquileres, hipotecas y facturas, llegaron a un punto desesperante aquellos primeros meses de 2017.

«Los vecinos empezaban a venir desesperados para buscar ayuda», explica Celso Pérez, coordinador de A-Porta en la Zona Norte de Barcelona. Este proyecto se caracteriza, en palabras de Pérez, como «humano, de los vecinos para los vecinos. No desde un técnico del que desconfían y que les queda lejos». Es pues, la información y la ayuda las que van a picar a las puertas a buscar a las personas vulnerables, y no a la inversa. «Mucha gente no va a servicios sociales o a los puntos de asesoramiento energético por desconocimiento o desconfianza, en cambio la cosa cambia si quien está al otro lado de la puerta es un vecino de toda la vida», añade Pérez.

Una de estas caras conocidas es la de Fio, nacida y criada en la Vallbona y «querida por todos», como reconoce su compañera Gladys. «Al principio, cuando picas a una puerta, te miran un poco raro, no saben que te dedicas a dar información energética y te relacionan otros espacios del barrio. Pero precisamente por eso confían en nosotros», apunta Fio. Pero A-Porta no es sólo un programa de asesoramiento energético, sino que los «primeros beneficiados son los primeros picaportes«, según palabras de Pérez.

Y es que Fio, que sufre una enfermedad crónica, el único trabajo que ha conseguido, compatible con su tratamiento y visitas al médico, ha sido la de picaporta. En el mismo caso se encontraba Gladys, que después de pasar por una depresión, encontró este trabajo «de rebote y me enganché a él como una garrapata», reconoce. Y es que la mayoría de picaportes del programa conocen bien las situaciones a las que se enfrentan cuando entran en las casas de sus vecinos y vecinas.

«Este trabajo ha sido una manera de dejar el camino de la tristeza, sintiéndome útil ayudando a los demás. Yo les puedo dar información que los empodere para salir adelante, porque en mi casa también hemos pasado por las manos de los bancos, por daciones de pago. He estado en el otro lado», recuerda Gladys. «Cuando un vecino me cierra la puerta en las narices, sé cómo tratarlo, porque yo también he vivido estas situaciones y he estado enfadada con el mundo», añade. Pero no son demasiadas las personas que deniegan la entrada a los picaportes: según los últimos datos, se han dado 1.591 visitas, de las que sólo se han denegado 484.

Fio y Gadys visitan a Antonio en el barrio de Vallbona | Sandra Vicente

Y no es para menos, porque la situación en muchos hogares de la conocida popularmente como ‘VillaDesahucio’ es crítica. «Hay muchas personas que para poder pagar las facturas se privan de comer. Existe una vulnerabilidad muy alta de personas, sobre todo mayores, que no se alimentan bien. O gente que directamente pasa frío en casa y eso es intolerable», apunta Gladys.

Según los datos de A-Porta, el 13% de hogares visitados tienen una vulnerabilidad alta; es decir, que sufren pobreza energética extrema, con problemas estructurales y económicos para afrontar el frío o calor y carencias en equipamientos básicos. El 28% de los hogares sufren humedades en casa y el 14% han tenido al menos un retraso en el pago de las facturas. Esto dejando de lado el 6% que tienen los suministros pinchados.

Una diferencia de 25 euros en la factura de la luz

Antonio es una persona con un hogar vulnerable; sus ventanas que no cierran bien y el hecho de que viva solo con una pensión que llega para poco hace que «los precios que paga sean inadmisibles», apunta Fio. «Intentamos hacerles ver que las facturas no se deben pagar porque sí. Mucha gente tiene servicios contratados que no sabía ni que existían y nos encontramos con historias absurdas sin pies ni cabeza», exclama Gladys.

No se trata sólo de ahorrar contratando la discriminación horaria y pasando al mercado regulado de las distribuidoras eléctricas. Las grandes medidas de ahorro se consiguen de la mano de los Puntos de Asesoramiento Energéticos (PAE) o Servicios Sociales. El problema es que, a menudo, llegados a una edad, para alcanzar estos beneficios, se pide a los usuarios una fe de vida. «Es inadmisible que a una persona de edad avanzada se le obligue a desplazarse hasta Plaza Letamendi para adquirir un documento que, simplemente, acredita que están vivos», reniega la Fio. Y es esta otra de las tareas de A-Porta: acompañar a los vecinos y vecinas del barrio a hacer los trámites. «Yo porque tengo una forma física envidiable, pero había señoras con bastón que no podían ni salir de la Renfe», se lamenta Antonio,

«Antonio hace un consumo responsable», lo felicita la Fio mientras el hombre sonríe, orgulloso. Pero, sin embargo, y aunque su consumo fue de 3 metros cúbicos de agua, su última factura de antes de la visita de A Porta, fue de 31 euros. El suministro era de 18 euros. Más 5 euros del canon. La tasa de residuos y los impuestos también suman.

Fio y Gladys, picaportes | Sandra Vicente

Pero, yendo al PAE y demostrando que Antonio recicla de forma continuada, la tasa de tratamiento de residuos se rebajó un 15%. También consiguieron un bono social, que le corresponde al ser mayor de 65 años y vivir solo. Como sus ingresos no superan los 650 euros se le resta el canon de la factura y, estando en los meses de invierno, también pudo acceder al bonus térmico. El resultado: con una sola visita de Fio y Gladys, Antonio ha conseguido pasar de una factura de 31 euros a una de 4. «¿Cómo quieres que no esté contento recibiendo estas mujeres en casa?», Se pregunta Antonio. «Mira tú cómo ha cambiado la vida».

Y este gran cambio, ha sido simplemente ejerciendo unos derechos que Antonio, como muchas personas, no saben que tienen. «Las distribuidoras y las grandes empresas ya se encargan de poner impedimentos eternos para obtener recursos y ayudas», se lamenta Fio. Gladys y ella se han convertido en expertas, que llaman por el nombre a los técnicos y encargados de Servicios Sociales que deben ocuparse de los casos que llevan. Y es por eso, también, que el asesoramiento que dan no se queda sólo en el plano energético.

«Entramos hasta la cocina de las casas, así que, aunque no nos lo cuenten a la primera, podemos ver que aquel hogar está ocupado porque no han podido pagar el alquiler. O que uno de los que vive allí lleva mucho tiempo en paro, o que los hijos no encuentran trabajo», apunta Fio, que ya se ha convertido en observadora privilegiada y confidente. «Por ello, los ponemos en contacto con Servicios Sociales para el PIRMI o con la PAH para negociar un alquiler social», explica Gladys.

Y no podría ser de otra manera: «somos vecinos, ¿no?», dice Fio, con una sonrisa en los labios, mientras se despide con un abrazo de Antonio. Hace rato que ya no hablan de las facturas, sino de cómo está él. Si lleva bien el invierno y cómo lo está tratando su diabetes. Guarda los dulces, de nuevo, en el armario ya que él obviamente no se los puede comer. Sólo son para las visitas. Nos acompaña a la puerta y sale con nosotras; baja las escaleras y se va a andar sus cuatro horas diarias para hacer frente al frío y la enfermedad. Fio y Gladys, en cambio, las suben, para hablar con otro vecino. «Antes he picado yo al timbre, ahora te toca a ti», negocian.

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