Olivos y esperanzas quemadas: la Ribera d’Ebre tras las llamas

La zona quemada y su entorno acumulan décadas de pérdida de población. Para evitar nuevos grandes incendios, el desarrollo del sector primario es clave, pero el sector arrastra problemas estructurales. Hay pocos campesinos y ramaderos y todavñia menos los que son jóvenes

Andreu Caralt
 
 
 
Imatges de l'Incendi forestal de Ribera d'Ebre | Bombers de la Generalitat

Imatges de l'Incendi forestal de Ribera d'Ebre | Bombers de la Generalitat

La Ribera d’Ebre es una de las cuatro comarcas de las Terres de l’Ebre, un territorio de gran valor natural y paisajístico, con una cultura propia, diferenciada del resto de la provincia de Tarragona, de la que forma parte. Es en el norte de esta comarca donde se ha producido el catastrófico incendio que ha arrasado unas 5.046 hectáreas de mosaico agrario y forestal, la mayoría en Flix (3.073 ha). El resto, los también municipios de la Ribera de Vinebre, la Palma d’Ebro y la Torre de l’Espanyol, y los términos leridanos limítrofes de Bovera, Maials, La Granadella y Llardecans.

El norte de la Ribera d’Ebre es una subcomarca por sus peculiaridades en relación al resto. La más evidente es la existencia de los dos reactores del complejo nuclear de Ascó con su enorme torre de refrigeración visible a decenas de kilómetros de distancia. Un poco más al norte agoniza el centenario complejo electroquímico de Flix y aguas arriba Riba-roja d’Ebre cuenta con una gran central hidroeléctrica en el río Ebre. Estas tres grandes implantaciones, que durante décadas han ocupado a cientos de trabajadores, justifica el arraigo de una vocación industrial en la zona. Al sur de la Ribera y en las comarcas vecinas de la Terra Alta, Garrigues, el Segrià y el Priorat estas condiciones no se dan.

De este modo, en el norte de la Ribera conviven dos realidades: la industrial-energética, y la agraria y de pequeños servicios. Estos días, agricultores a tiempo parcial y, de manera especial, algunos agricultores y ganaderos a título principal, han mostrado a los medios de comunicación los estragos del fuego en sus fincas, sobre todo olivos con riego de apoyo. Han perdido la cosecha, los árboles y la infraestructura de sus parcelas. De manera inmediata, han surgido iniciativas solidarias para recoger dinero para los afectados, la mayoría nacidas dentro de la misma comarca, que seguro serán un éxito.

Pero la zona quemada también forma parte del área nuclear de Ascó, un asunto no menor para entender la dinámica de este territorio, que ha pasado desapercibido en los últimos días. Hace ya muchos años que se habla del monocultivo industrial causado por el complejo nuclear. Ahora que ha comenzado el largo cuenta atrás para el cierre definitivo de los reactores atómicos -se apunta entre 2029 y 2033-, el balance es desigual.

Es cierto que por un lado ha ocupado a muchas personas, especialmente durante las recargas de combustible, y ha dejado subvenciones para los municipios afectados, más bien migajas. Ahora bien, la realidad nuclear no ha fichado a toda la población, que continúa descendiendo y envejeciendo, ni ha enriquecido al conjunto del territorio. En los últimos 20 años, de 1998 a 2018, los ocho municipios afectados por el incendio han perdido el 17 por ciento de su población. Los ocho pueblos suman escasamente 7.280 habitantes. Las pensiones de los ancianos son imprescindibles para sostener la situación.

Las promesas de grandes inversiones industriales y energéticas que ocuparían a mucha población no se han cumplido, aunque hace muchos años que se anuncian. Promesas y planes para compensar el desastre tóxico provocado por Ercros en Flix a partir de 2007, para compensar el enorme impacto que habría generado la construcción del cementerio estatal de residuos nuclear en Ascó a partir de 2010, promesas y planes para diversificar la economía ante el inexorable cierre nuclear a partir de 2017, y continuará…Y también inversiones para construir una central térmica de ciclo combinado, una gran planta de pellets a través de biomasa forestal junto a una planta de cogeneración, etc.

Del mismo modo que la vocación industrial no se ha materializado en nuevas inversiones, el anuncio de grandes proyectos energéticos contaminantes y el goteo de pésimas noticias generadas por la nuclear y la química de Ercros no han ayudado nada a promover un modelo económico alternativo.

Con todo, la mayoría de municipios afectados y el propio Consejo Comarcal miran a este otro modelo, alejado de la dependencia nuclear y decepcionados por las grandes inversiones industriales fallidas. Apuestan por la pequeña empresa, los emprendedores, el turismo, la agricultura de calidad, la innovación, la digitalización… Es una buena apuesta, tal vez la única posible. Para evitar nuevos grandes incendios, el desarrollo del sector primario es clave pero el sector arrastra problemas estructurales.

Hay pocos agricultores y ganaderos, y aún menos los que son jóvenes. La viabilidad de la profesión depende hoy de asumir mucha tierra y hacer una fuerte inversión en la modernización de las explotaciones. El riego se ha convertido en imprescindible ante un escenario de cambio climático con más calor y menos pluviometría. Lo primero que han hecho los agricultores afectados por el fuego ha sido trabajar para reinstalar el agua en sus fincas.

Pero el problema no es sólo la escasez de jóvenes motivados en la agricultura o la fuerte inversión necesaria; la economía de mercado no garantiza un precio justo y estable en el tiempo por el fruto mientras aumentan los costes de producción y el coste de la vida. Es una ecuación imposible.

Así que numerosas empresas privadas y cooperativas se ven empujadas a exportar si quieren lograr mejor rentabilidad, pero entonces entran en el mercado global donde la competencia es feroz. Así sucede especialmente con la fruta dulce -melocotones y nectarinas-, la producción estrella en la Ribera d’Ebre. También con los cítricos, concentrados en el sur de las Terres de l’Ebre.

No todo es culpa de la globalización económica o del monocultivo industrial. La zona quemada y su entorno acumulan décadas de lento despoblamiento, un proceso inverso a la creciente urbanización de la sociedad catalana, observada como el mejor entorno para prosperar social y económicamente. Es una fuerza motriz heredada difícil de revertir y una variable que se debe incluir en la ecuación. Una segunda variable estructural es el creciente riesgo de desertificación que se extiende por la península y también afecta a la cuenca del Ebro.

En la zona quemada conviven, pues, pocos agricultores y ganaderos profesionales dispuestos a salir adelante si se pueden ganar la vida, vecinos que trabajan las tierras familiares como una ocupación secundaria, una pequeña comunidad de residentes anglosajones, atraídos por el sueño de vivir en la ‘real Spain’, fincas agrarias abandonadas donde ha crecido un bosque bajo de mala calidad y cientos de hectáreas forestales sin ningún tipo de gestión.

La primera receta es evitar que los agricultores y ganaderos profesionales afectados por el incendio abandonen, apoyándolos con ayudas directas, no con préstamos, porque su trabajo va más allá del provecho económico propio; la suya es una profesión que beneficia a toda la comunidad, que mantiene un paisaje rico de mosaico agroforestal, que habilita cortafuegos naturales para evitar la propagación del incendio, que evita el abandono del territorio. La segunda receta es propiciar que el terreno abandonado y que el bosque había ganado y ahora se ha quemado sea cultivado de nuevo; un banco de tierras como reclama el alcalde de Bovera, Oscar Acero.

La industria nuclear debe asumir su responsabilidad y ayudar a hacer posibles estas y otras acciones, mientras que en la administración pública se le piden iniciativas con partida presupuestaria inmediata, por ejemplo el despliegue de la fibra óptica en toda la Ribera de Ebro. A su vez, el ciudadano consumidor puede jugar un rol importante si opta por un consumo responsable y solidario, adquiriendo o reclamando el consumo de aceite de los municipios afectados: Flix, Maials, La Palma d’Ebre y Bovera, entre otros.

No hay que olvidar, sin embargo, que el amortiguada vocación industrial ha derivado en la aceptación de que este es un territorio apto también para verter los residuos que la sociedad urbana genera. La Ribera d’Ebre cuenta con dos grandes vertederos, un tercero con promesas de puestos de trabajo en fase de construcción a unos cientos de metros de la zona calcinada -a Riba-roja d’Ebre-, y se convive con la amenaza latente de cuál será el destino definitivo de los residuos nucleares estatales tras la quiebra elección de Villar de Cañas (Cuenca) como sede del almacén nuclear. De hecho, antes del fuego, la actualidad comarcal giraba en torno al conflicto social y político entre partidarios y detractores del nuevo vertedero; en definitiva, entre modelos divergentes de desarrollo.

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