Notre Dame: una historia que se quema

La actualidad supera la ficción. Justo cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, iba a pronunciar un discurso televisado para responder a los 22 sábados de movilizaciones de los gilets jaunes (chalecos amarillos), se quema la catedral Notre Dame de París. Y, de repente, el país se hunde en sus 850 años de historia para intentar renacer de sus cenizas.

Vicenç Batalla
 
 
 
Portada de Liberation amb Notre Dame cremant

Portada de Liberation amb Notre Dame cremant

La catedral gótica más famosa del mundo, y lo que es seguro la más visitada (más de doce millones de personas anuales), no ha caído del todo. Queda en pie su estructura, con la fachada y sus dos imponentes torres al oeste. Pero la torre más alta del medio, con la aguja que llegaba casi a los cien metros, y dos terceras partes del techo medieval de madera ya no están. El momento en que, poco antes de las ocho de la tarde del lunes, caía debido al fuego esta aguja con la escultura del gallo que contenía reliquias milenarias supuso para los parisinos y los franceses en general un pinchazo en el corazón como si la sufrieran en carne propia.

También por los que hicimos de esta ciudad nuestra residencia personal y la continuamos visitando regularmente desde otras poblaciones francesas. Antes y ahora es habitual cruzar la Isla de la Ciudad, como se llama este enclave rodeado por el río Sena que se remonta a la vieja Lutècia galo romana, y ver de gorjear la catedral emblemática con aquella serenidad que el paso del tiempo parecía hacer indestructible. Por eso, cuando se declaró el incendio a los andamios desde donde se estaba restaurando el tejado a las 6h50 de la tarde, la incredulidad fue manifiesta. Con el añadido de que, en la época actual de la imagen globalizada, todo el mundo lo pudo ver en directo. La caída de la aguja fue el momento culminante, sin saber si se acabaría salvando el resto, en una mezcla de estupor y mala suerte.

A las ocho, se había de retransmitir por la televisión el discurso de Emmanuel Macron para apaciguar las coléricas movilizaciones cada fin de semana de los chalecos amarillos en contra de un Macron que sólo un año y medio antes había arrasado en las presidenciales y las legislativas como representante en teoría de una nueva generación que acabaría con la vieja política. El carácter de los franceses, sin embargo, es imprevisible y el período de gracia le duró muy poco. Una clase media periurbana y rural ha venido desde entonces a asaltar la capital para denunciar los privilegios que consideran continúa reteniendo el poder central. Había un incendio en el Elíseo y lo intentaba apagar con un debate nacional que nadie estaba convencido de su utilidad.

Y, cuando las televisiones públicas y privadas ya disponían de este discurso en vídeo, se tuvo que parar todo. Una hora antes. Las redacciones conectaron en directo desde las calles adyacentes del barrio de Saint-Michel para enseñar aquellas llamas que escapaban desde la catedral hacia el cielo en un incendio que desde el primer momento se dijo que había sido accidental debido a las obras (“destrucción involuntaria por incendio” es el motivo de investigación de la fiscalía). Macron llegaba poco tras la caída de la aguja con cara de pocos amigos.

Mientras tanto, los bomberos rociaban desde las grúas con mangueras aquel techo que se estaba descomponiendo (las imágenes de los drones son escalofriantes). Y otros compañeros suyos salvaban de dentro el máximo de objetos artísticos y de valor. Las dos mil personas que estaban visitando el recinto poco antes de las siete fueron sido desalojadas con normalidad y, en este sentido, las tareas de socorro fueron ejemplares. Hasta catorce horas más tarde, o sea las nueve de la mañana del día siguiente, el incendio no se ha dado completamente por extinguido. Ahora empiezan las tareas de evaluación sobre la que se ha perdido y que se ha salvado. Ya se da cuenta que el histórico órgano difícilmente ha salido indemne.

Y en todas las televisiones y los periódicos, el repaso de los cerca de nueve siglos de historia (la catedral se empezó a construir en 1163 y se terminó en 1345) era tanto periodístico como una letanía del pasado de este país. Allí se han coronado y casado tanto reyes franceses como ingleses y navarros, consagrado emperadores que se hacían suya la revolución, rehabilitado Juana de Arco. Allí ha sido aclamado el colaboracionista Pétain y poco después De Gaulle como liberador. Allí se han hecho los funerales del mismo De Gaulle como primer presidente de la V República, así como de su sucesor Pompidou y el socialista Mitterrand. Y allí se ha celebrado la ceremonia de recuerdo por los sangrientos atentados de París en noviembre de 2015.

Y, durante todo este tiempo inmemorial, Notre Dame había continuado intacta, a pesar de todas estas guerras, ocupaciones y revoluciones. Como un símbolo intocable y mayestático. Victor Hugo la había inmortalizado con su novela Nuestra Señora de París (1831), con el jorobado que rondaba por el desván ahora desaparecidas, y que películas y musicales lo habían recién hecho célebre en todo el planeta.

La incontinencia en las redes del presidente norte-americano Donald Trump proponía, en los momentos de máximo pánico, de enviar aviones a tirar agua sobre este techo. Con el riesgo evidente de terminar de derrumbarse todo. Y la ultraderechista Marine Le Pen se utilizaba de Twitter para recordar hasta qué punto es de francesa Notre Dame! Por su parte, el ultra laico Jean-Luc Mélenchon proponía detener unas horas la precampaña para las elecciones europeas

A medianoche finalmente Macron aparecía ante las cámaras y los micros, acompañado del arzobispo de París Miche Aupetit. Habían terminado de visitar conjuntamente con la alcaldesa, Anne Hidalgo, el interior de la catedral y podían constatar que la estructura principal había aguantado. Aunque el agujero en la cúpula era bien visible. La alocución grabada por la noche quedaba en un segundo plano y se imponía unas palabras más espontáneas y sentidas. También de mayor solemnidad: “Reconstruiremos Notre Dame porque es lo que los franceses esperan, porque es lo que nuestra historia merece, porque es nuestro destino profundo”. Y de esta manera, lanzando una colecta nacional e internacional (los Mesén del lujo Bernard Arnault y François Pinault ya protagonizan una carrera millonaria), Macron apelaba a hacer esta reconstrucción “todos juntos”. Un lema que el incendio de la catedral de todas las catedrales hace posible ahora y que era impensable unas horas antes. Los franceses han encontrado una razón, sin enemigos exteriores, para ir juntos. Porque han visto cómo la historia se les venía encima.

Responsable de la web parisBCN

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