Mensaje en una botella, o los plásticos que nunca desaparecen

Es uno de los grandes problemas de la humanidad, pero cada vez hay más alternativas al plástico, más investigación en nuevos materiales, más propuestas de economía circular, en la que los residuos plásticos pasan a convertirse en recursos y no en simples desechos inútiles, y más iniciativas que nos invitan a acercarnos al residuo cero

Àlex Martín
 
 
Els plàstics, el gran perill ambiental d'aquesta dècada | iStock

Els plàstics, el gran perill ambiental d'aquesta dècada | iStock

¿Qué tres objetos llevarías a una isla desierta? Es una pregunta a la que todo el mundo se ha tenido que enfrentar en alguna ocasión y cuyas posibles respuestas se vuelven prácticamente infinitas. Sin embargo, aunque parezca casi imposible, todas ellas comparten un rasgo común: alguno de esos tres objetos, o puede que incluso los tres, va a estar hecho de plástico. Ni siquiera el señor Wilson, aquel mítico balón de voleibol, que a la postre terminó convirtiéndose en el inseparable amigo de un náufrago Tom Hanks, se libraba de ello.

Desde su invención y expansión globalizada, allá por los inicios del siglo pasado, los plásticos nos han ido conquistando lentamente. Pero ha sido una invasión sigilosa, imperceptible, casi troyana, de esas en las que no te das cuenta de que el enemigo se ha colado en tu propia casa hasta que ya es demasiado tarde. Su ligereza, durabilidad y bajo coste de producción han sido las principales características que les han abierto la puerta de nuestros hogares. Sin embargo, esas mismas bazas, magníficas durante muchos años, se han tornado en un arma de doble filo. Resulta tan fácil desecharlos, tan barato producirlos, y nuestra sociedad es tan dependiente de ellos que, a nivel global, llegan a generarse cerca de 400 millones de toneladas de residuos plásticos al año y, según estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), se alcanzarán los 500 millones para el año 2020, el equivalente a 70.000 veces el peso de la torre Eiffel. Unas cifras astronómicas que se vuelven más que preocupantes al descubrir que, según la propia ONU, únicamente un 9% de esos residuos se reciclan y vuelven a ponerse en circulación.

El problema del reciclaje

“No reciclamos bien”, advierte Alejandro Piñol, técnico en prevención de residuos del Área Metropolitana de Barcelona (AMB), “prácticamente todo lo que llega al contenedor gris es reaprovechable, pero una vez allí lo que puede recuperarse es poco y de mala calidad. Hay que reciclar en origen, en nuestras casas”, añade. Aunque nuestro país goza de unos buenos índices de reciclaje en lo referente a envases y residuos plásticos, con cifras que superan el 70%, lo cierto es que son muchas las administraciones que se han puesto manos a la obra para dar un paso más y reducir el consumo de plásticos, procurando evitar, en último término, que su gestión suponga un problema.

Una de esas iniciativas es “Mejor que nuevo”, una campaña de la que Piñol es uno de los máximos responsables y que busca que los ciudadanos tomemos consciencia, pero de un modo más práctico. “Se trata de ofrecer algunas herramientas para poder volver a los orígenes, a vivir como lo hacían nuestros abuelos y a adquirir hábitos de consumo saludables: a comprar a granel, a reutilizar objetos o incluso a repararlos cuando sea necesario. Tenemos que atajar el problema en el inicio de la cadena, evitando generarlo”, añade. Y puede que tenga razón, porque la gestión de los residuos plásticos tal vez sea uno de los mayores problemas medioambientales a los que va a tener que enfrentarse la sociedad del siglo XXI.

Solo por poner un ejemplo, dependiendo del material con el que esté hecha, una botella de plástico tarda una media de entre 450 y 600 años en degradarse completamente. Y de ellas se fabrican en el mundo unas 20.000 cada segundo. Si se tiene en cuenta que únicamente un pequeño porcentaje de esas botellas va a ser reciclado, y que son muy pocos los residuos plásticos incinerados debido al perjuicio ambiental que supone su quema, resulta fácil imaginar que, si todo sigue igual, los envases de nuestros refrescos favoritos nos va a sobrevivir durante varias generaciones para terminar, en el mejor de los casos, junto a una gigantesca montaña de residuos en un vertedero controlado, gestionado con toda probabilidad por nuestros tataranietos.

Una amenaza para las especies marinas

Muchos de esos residuos, sin embargo, terminan desechados en mitad de la naturaleza, donde suponen un problema si cabe aún mayor. “La mayoría de la basura que encontramos en los océanos proviene básicamente de tierra”, afirma Blanca Bassas, bióloga de la Fundación para la Conservación y Recuperación de Animales Marinos (CRAM). A menudo, tortugas, delfines y ballenas confunden los plásticos con presas y se los comen, o bien terminan enredándose con ellos y, cuando esto ocurre, sus horas de vida están contadas. “Más de la mitad de los animales que llegan al centro lo hacen por incidentes relacionados con los residuos plásticos. Se suelen recuperar tortugas con bolsas en el estómago e incluso algunas que se han tragado bastoncillos de las orejas o pajitas de plástico y han quedado atoradas en sus esófagos”, se lamenta. Pero la cosa no termina ahí, porque una vez en el agua, los plásticos empiezan a degradarse, formando una sopa de microplásticos cuyas consecuencias son todavía imprevisibles.

Los expertos hablan de que existen cinco islas de plásticos en nuestros mares, que crecen día a día, descontroladas. “Afortunadamente no son islas físicas, pero sí lugares en los océanos en los que, debido a las corrientes marinas, hay una gran acumulación de estos microplásticos”, matiza Bassas. “Desconocemos su efecto real sobre la salud humana, aunque es muy probable que muchos de ellos sean tóxicos para nosotros”, advierte, “lo que está claro es que una vez los peces los ingieren entran a formar parte de la cadena alimenticia”, donde se acumulan en tejidos musculares y órganos. Además, para la bióloga, las consecuencias de tanto plástico en los océanos no solo tienen que ver con la contaminación, sino que su presencia masiva también puede llegar a suponer un grave problema para la diversidad del planeta. “Muchas especies invasoras usan los plásticos marinos como medio de transporte. Se han encontrado especies aferradas a una botella que flota por el océano y que han llegado a zonas donde hace unos años era impensable encontrarlas”, afirma alarmada, imaginando el peligro que este hecho supone para los ecosistemas más frágiles.

La esperanza es la educación ambiental

La educación ambiental resulta una herramienta imprescindible para hacer frente al problema. Es por eso que ya son muchos los centros educativos que intentan formar a futuros ciudadanos comprometidos con su entorno. “Los hábitos que se aprenden de pequeños, como tender a producir los mínimos residuos posibles, perduran en la vida adulta”, asegura Paulina Pérez, coordinadora de la Red de Escuelas Sostenibles de Catalunya (XESC), un proyecto impulsado por el gobierno de la Generalitat que busca incrementar la sostenibilidad en los centros escolares, con el fin de repercutir positivamente sobre la toda la comunidad educativa. En estas escuelas no solo se abordan los plásticos, aunque sean la cúspide del problema, sino que se procura que el impacto de la vida académica sobre el medioambiente sea el mínimo posible. Para Pérez, resulta esperanzador ver cómo “son los jóvenes quienes toman partido e intentan cambiar aquello que les rodea y que les va a afectar en el futuro, arrastrando también a sus familias”. “Pero no les podemos dejar solos”, añade, “es necesario que consumidores y administración trabajemos unidos para encontrar soluciones”.

Mientras eso ocurre, algunos héroes anónimos, tal vez hartos de esperar que se produzca un cambio definitivo que nunca llega del todo, han decidido empezar a hacer girar la rueda por su cuenta. “No se trata de que unos pocos hagan las cosas perfectas, sino de que haya muchas personas haciendo cosas, aunque sean imperfectas”. Ése es el espíritu con el que nace Pure Clean Earth, un proyecto sin ánimo de lucro, surgido en Barcelona y con numerosas réplicas en todo el mundo, que casi todos los fines de semana organiza limpiezas de playas y lugares públicos a través de la redes sociales, siempre con una doble misión: limpiar lo que otros ensucian y crear consciencia de ello. Andrea Torres, cofundadora de la iniciativa lo tiene muy claro “se puede vivir sin plásticos”, afirma. “Solo hay que tomar consciencia e ir cambiando hábitos poco a poco”, aunque admite que no se trata de una tarea fácil, “no es sencillo llegar al Zero Waste (residuo cero), porque el plástico nos rodea, pero sí que podemos reducir drásticamente los residuos que generamos”. Para Torres “no se trata de salvar al mundo, sino de ayudar a cambiar hacia dónde va. Sólo hay que buscar alternativas”.

Con ese objetivo surgió hace poco más de un año “Yes future”, el primer supermercado libre de plásticos de Barcelona, una iniciativa pionera que ha roto con el concepto tradicional de supermercado. Olga Rodríguez, propietaria del local, coincide con Torres en la dificultad de deshacerse de este material al 100%, “se puede llegar a vivir sin plásticos, pero para ello hay que ponerles las cosas fáciles a los consumidores”. Por eso, en su tienda los clientes compran con sus propios envases reutilizables. La iniciativa ha calado hondo y el establecimiento no solo cuenta ya con una buena clientela fija, sino que otros muchos negocios cercanos han seguido su estela, ampliando su oferta de productos libres envoltorios. A pesar de ello, Rodríguez sabe que aún queda un largo camino por recorrer, “consumidores y proveedores a menudo debemos renunciar a ciertos productos o marcas para evitar generar residuos plásticos innecesarios”, se lamenta.

Sea como sea, lo cierto es que el cambio ya ha empezado y que cada vez existen más alternativas al plástico, más investigación en nuevos materiales, más propuestas de economía circular, en las que lo residuos plásticos pasan a convertirse en recursos y no en simples desechos inútiles, y más iniciativas que nos invitan a acercarnos al residuo cero. Parece que estamos cerca del desastre pero aún queda margen para la esperanza. Ahora solo nos queda saber si el día en que nos toque viajar a esa isla desierta vamos a tener que escribir un mensaje de auxilio desesperado, o bien uno en el que indiquemos a nuestros posibles rescatadores que se lo tomen con calma, que allí no se está ni mucho menos tan mal. Eso sí, entre esos tres objetos personales vamos a tener que incluir únicamente papel y lápiz, porque la botella en la que vamos a mandar el mensaje hace tiempo que ha llegado a su destino. Y va a estar todavía muchos años allí, esperándonos.

Otro futuro es posible

“The future is this way”, reza una cartel en la entrada. Quién les iba a decir a Olga Rodríguez y a Alejandro Martínez que vivir en un tercero sin ascensor iba a ser la llave que les abriera la puerta al futuro. “Estábamos cansados de subir y bajar escaleras para ir a tirar la basura y pensamos que habría mucha gente como nosotros”, bromea Rodríguez, pero afirma que esa fue la chispa con la que se inició el proyecto de crear el primer supermercado libre de plásticos de Barcelona. “Yes future” (Viladomat, 66), invita a pensar en un futuro alternativo, en el que los cepillos de dientes de bambú, los estropajos vegetales y las pajitas de metálicas no son sólo excentricidades de unos pocos snobs postmodernos, sino la realidad diaria de centenares de personas que se plantean una existencia más respetuosa con su entorno.

“En este supermercado se compra a granel y los clientes traen sus propios envases”, afirma la copropietaria, así no hay que obligar a nadie a consumir una cantidad mínima de producto. “Somos facilitadores. Intentamos ponerle las cosas más fáciles a la gente”, añade. “Coges lo que quieres, pagas y te vas”. Y si, por algún casual, olvidas en el envase en casa, puedes comprarte uno reutilizable, pero siempre como último recurso.

Se trata de un establecimiento en el que los clientes pueden conseguir todos los productos necesarios de uso cotidiano: legumbres, pasta, galletas, frutos secos, cereales, especies. Todo en tarros de cristal, listo para el autoservicio. Sin bolsas y, si hay alguna, de papel. Pero tal vez lo más curioso sean los grifos, repartidos por las paredes del local, que dispensan todo tipo de bebidas como vermut, cerveza o refrescos, pero también aceite o miel, e incluso productos de limpieza. “Todos los productos que ofrecemos son ecológicos y acordes con nuestra filosofía, sino no los traemos”, asegura Rodríguez. Así los clientes, que cada vez son más, pueden estar seguros de que aquello que consumen ha tenido una gestión sostenible durante todo el proceso.

“Yes future” se ha convertido en un reducto libre de plástico en el corazón de Barcelona, en una idea pionera que lucha por mostrar a la sociedad que otro futuro, uno sin plásticos, es posible. Aún queda mucho por recorrer, “todavía no tenemos toda la variedad de productos que queremos, como por ejemplo los productos frescos”, se lamenta Rodríguez. Todo llegará. Poco a poco. De momento ya nos han indicado cuál es el camino.

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*