Luchar contra el sistema o la utopía de vivir sin plásticos

Cambiar la bolsa de plástico por una de tela, comprar a granel o reciclar son acciones individuales necesarias pero poco efectivas en la lucha contra el cambio climático, si no se convierten en decisiones unánimes que puedan hacer frente a un sistema en el que mandan las empresas y los beneficios de la producción en masa

Victòria Oliveres i Sandra Vicente
 
 
A Catalunya, la mitjana de residu per habitant i dia és de 1.43kg |Foto: Pxhere

A Catalunya, la mitjana de residu per habitant i dia és de 1.43kg |Foto: Pxhere

Un sábado por la mañana cualquiera. Elisabet se cuelga una bolsa de tela al hombro y Paco, su compañero de piso, coge un carro. Van a hacer la compra de la semana; primero pasan por la frutería del barrio, donde rechazan las bolsas de plástico y colocan los productos, sin empaquetar, en su tote bag. Luego a la panadería: bolsa de papel. Incluso cargan una mochila con botes de cristal vacíos para ir a una tienda de comestibles donde compran el arroz, pasta, legumbres, frutos secos y harinas a granel. Se duchan con jabones sólidos, para evitar los envases de plástico de los champús; tienen su termo, que van rellenando; y tampoco usan pajitas ni vasos, cubiertos o platos desechables.

Ahora bien, el sueño verde de esta mañana de abastecimiento se acaba cuando llegan, inevitablemente, a un supermercado. Allí compran la leche, la pasta de dientes y alguna lata. Y siempre cae algún capricho que, casi sin excepción, va envuelto en plástico. Aunque no parece demasiada cosa, todo suma. «No hacemos unos esfuerzos sobrehumanos para reducir el consumo de plástico», dice Elisabet, que se declara concienciada pero reconoce que podría hacer más.

«Mires donde mires encuentras plástico y, la mayoría de veces, te viene impuesto», reflexiona Paco mientras sostiene una revista que le ha llegado a casa, en una bolsita de plástico. Y es que a pesar de los gestos de esta pareja barcelonesa, sus residuos plásticos de una semana suman 815 gramos. Lo que supone que, cada uno de ellos generará 21,20 kilogramos de residuos plásticos este 2019. En principio, no les sorprende la cifra, ya que «no nos habíamos parado a pensar en ello», pero al saber que, según cifras de la Generalitat, la generación de residuos plásticos al año de media para una ciudadana de la AMB es de 14,86 kilos, sí se sorprenden.

«No somos, ni mucho menos, las personas más comprometidas, ¡pero no imaginábamos que pudiéramos estar por encima de la media!», reconoce Paco. Pero la verdad es que, aunque las cifras así lo puedan hacer parecer, no producen más residuos plásticos que la media catalana. Estos datos de la Agencia Catalana de Residuos son poco claros, ya que sólo muestran el total de residuos plásticos que se reciclan, número que se distribuye entre todos los ciudadanos. Pero no todo el mundo recicla -ni podemos saber, de momento, cuántas personas lo hacen. Así pues, los residuos de las personas que no separan la basura no aparecen desglosados; por lo tanto sólo podemos saber cuánto plástico se recicla, pero no cuánto plástico se tira a la basura.

Este es el motivo por el que, según los datos de la Agencia, el porcentaje de residuos plásticos es tan bajo respecto toda nuestra basura. Debido a esta falta de concreción, sólo podemos saber seguro que la media de residuos total por persona y día en Catalunya es de 1,43 kilogramos.

Envàs, on vas, durante la crisis?

Casi todo el mundo recuerda la campaña de la Generalitat de Catalunya de ‘Envàs on vas?’ (Envase, ¿dónde vas?), que, con una canción pegadiza, explicaba qué debíamos depositar en el contenedor amarillo. Fue una de las campañas para impulsar el reciclaje, en el año 2012. Un año después, la producción de residuos plásticos alcanzó su pico más bajo, pero también fue el periodo (2010-2013) en que menos se recicló en Catalunya y, por tanto, el momento elegido por la Generalitat para hacer la mítica campaña incitando a separar residuos. Sin embargo, hay que decir que el reciclaje de plásticos en Catalunya no ha dejado de crecer desde 2000: en 18 años se ha multiplicado por 7, llegando casi 144.000 toneladas en el contenedor amarillo.

Para entender el baile de datos no tenemos que mirar a la conciencia ambiental, sino a la evolución del PIB: aquel 2012 fue el más duro de la crisis y, por tanto, el que menos se consumió y, debido a esto , uno en que menos residuos se generaron. Esta involución, de hecho, se repite en un producto que ahora rechazamos por conciencia: las bolsas de plástico. En 2007, el primero del que tenemos datos, se consumieron 2.354 millones de bolsas de plástico en Catalunya. Este dato, sin embargo, en poco tiempo, sufre un descenso importante: en sólo cuatro años se consumieron mil millones menos. Esto tiene una lectura sencilla: las bolsas de plástico están relacionadas a los comercios, que debido a la crisis cerraron o vendieron menos.

Así, entre 2015 y 2016 hubo un incremento del 18% en su uso (ese año, se calcula que cada habitante de Catalunya tuvo 333 bolsas, casi una por día). Y es que cuando empiezan los ‘brotes verdes’ también comienza una mayor generación de residuos. Mientras que en 2013 las toneladas de residuos bajaron casi a niveles de principios de siglo, con sólo 5 años ya habían vuelto a aumentar un 10%. Y es que el PIB y los residuos suelen ir de la mano: el 2018 el PIB en Catalunya aumentó un 3,3% y los residuos por persona lo hicieron en un 2,9%.

No fue hasta 2017 que la Generalitat aprobó la prohibición de distribución gratuita de estas bolsas de plástico. Y, así, el evitarlas, primero por obligación -o ahorro- y luego por conciencia, se convirtió en la primera acción individual -que se convirtió en colectiva- de compromiso con el medio ambiente.

Pasados los años, el ecologismo ‘mainstream ‘ amplió el foco: hoy ya se recicla el 40% de los residuos y no sólo habla de las bolsas de plástico, sino que ataca a los productos de un solo uso, como las pajitas, o el sobre-envasado innecesario. Pero, tal como reflexionaban Elisabet y Paco, con esto no basta.

Los límites de la acción individual

«Nosotros solas no podemos cambiar nada», dice Elisabeth, que describe la frustración de dejarse un día la fiambrera con la comida y tener que «sucumbir a un preparado que lleva más plástico de lo que yo rechazaría en dos días…». El problema, pues, son las grandes superficies y los grandes productores: «hay productos muy difíciles de sustituir», dicen. Y con «difícil» se refieren a «costoso», tanto monetariamente como en lo relativo a la inversión de tiempo.

«Es mucho más fácil ir a comprar al súper que no buscar una tienda de comestibles, una lechería, una perfumería ecológica…», dice Paco, que destaca que no se debería verter toda la responsabilidad en los individuos: «no podemos culpar del cambio climático a la gente por no fabricar su propio jabón, por no tener el tiempo que supone tardar el triple en hacer la compra o gastarse un dineral en producto de proximidad». Y es que la producción en masa no es sólo más atractiva por la facilidad, sino por los precios. Como muestra, un botón. O una lenteja: mientras que un kilo de lenteja pardina vale 1,50 en un supermercado, el precio a granel puede subir hasta los 9 euros.

«Asumimos el cambio de precio, y no vemos abusivo que nos cobren más por un producto de calidad y proximidad, sino que lo que vemos abusivo son los precios irrisorios de los supermercados, que también suponen sueldos de miseria», reflexiona Elisabet. Ahora bien, «no es asumible dejarse tanto dinero en la cesta de la compra». Igualmente, esta pareja también tiene sus reticencias respecto el concepto «proximidad». «Se ha puesto tan de moda que ahora a cualquier cosa se le llama proximidad, pero ¿quién te asegura que lo sea?», dicen, sobre todo pensando en el consumo de carne.

Explican que sólo compran aquella carne que está a punto de ser rechazada por los supermercados o reciclan la que ya no está a la venta. Pero saben que pequeñas presiones contra las grandes plataformas, como el reciclaje -la acción de aprovechar lo que los supermercados han tirado- no sirven de nada si no son colectivas.

«Hasta que no nos plantemos todas y dejemos de comprar cualquier cosa que tenga un envase absurdo, hasta que sólo consumamos líquidos en botellas de vidrio y demos más apoyo al comercio de barrio, ni los supermercados, las fábricas, las empresas ni el sistema nos escucharán», dice Elisabet. Esta reflexión se produce pocos días antes de la huelga por el clima que tomará las calles de cientos de ciudades el día 27 de septiembre. «Nos oirán en las calles, pero salir un día es fácil. El verdadero compromiso, la verdadera revolución es que nos hagamos oir en nuestras decisiones económicas, porque al final es el dinero lo que mueve el mundo. Y luchamos contra el sistema», apunta Paco.

Ya podemos ir con las tote bag, dejar de beber en pajita o, incluso fabricarnos la pasta de dientes, que «si no lo hacemos todas a una, seremos como una picadura de mosquito en un elefante. Tenemos que conseguir que dejen de mirarnos desde el paternalismo como unos utópicos que pretendemos cambiar el mundo», apunta Elisabeth, quien espera que el ecologismo actual «no sea una moda que se nos olvide con la próxima crisis y consecuente recuperación económica».

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*