Los niños olvidados de Bielorrusia

Chernóbil ha vuelto a la triste palestra de la actualidad gracias a la famosa y conseguida serie de HBO, pero detrás de la ficción hay una realidad que sacudió los corazones de los europeos con el accidente nuclear. En un intento de ayudar e introducir un poco de normalidad en la vida de los niños afectados, surgió la organización Osona amb els nens que acoge a familias a los llamados 'niños de Chernóbil’ durante el verano

Oriol Puig
 
 
 
Fa anys que milers de nens surten de les zones contaminades de Bielorússia per tal de passar unes setmanes a l'estranger

Fa anys que milers de nens surten de les zones contaminades de Bielorússia per tal de passar unes setmanes a l'estranger

«Chernóbil es un enemigo que no se ve», afirma Valentina Smolnikova, la doctora y fundadora de la Children of Chernobyl Foundation, que sufrió en primera persona las consecuencias dramáticas del accidente nuclear de hace treinta tres años. Nacida en Pinsk (Bielorrusia) en 1941, el año de la invasión nazi de la Unión Soviética, ha sido testigo de las dramáticas consecuencias del desastre nuclear de Chernóbil en la vida y la salud de la población bielorrusa, una experiencia que difunde por el mundo organizando estancias con familias extranjeras para niños bielorrusos para mejorar su salud. Entre otros, ha trabajado con la organización catalana Osona amb els nens, que desde 1996 ya ha llevado a nuestro país a más de 1.700 niños.

Este año, han venido 23 niños y convivirán hasta el 24 de agosto con familias de acogida de la comarca de Osona y de toda Cataluña. Son niños y niñas que saben muy bien que el aire que respiran y los productos que nacen en sus campos de cultivo están contaminados. Lo tienen que soportar porque viven a sólo 60 kilómetros de la central nuclear de Chernóbil. Y su situación de pobreza y de exclusión social no les permite salir de allí para que sus pulmones se limpien. Todos ellos provienen de una zona rural, de Gomel. Cuando sucedió el accidente nuclear, la primera radiación se produjo en esta zona. Son herederos de algo que no vivieron, pero la radiactividad se mantiene aunque hayan pasado muchos años.

Un verano lejos de Chernóbil

La eliminación de cesio 137 ingerido a través de la cadena alimentaria es la razón principal por la que venden en Cataluña. Cuanto más continua sea la salida del país de estos niños, entre los 8 a los 17 años, conseguirán eliminar más cesio, alertan los expertos. Salen con un nivel de cesio de 74 becquerelios (unidad de medida de la actividad radiactiva) por kilo. Es una barbaridad. A partir de 20 ya es peligroso.

Las enfermedades derivadas de la exposición continuada y constante a la radiación, inciden muy cruelmente en los niños, provocando cáncer de tiroides, leucemia, trastornos metabólicos, endocrinos, respiratorios y una larga lista de disfunciones físicas. La exposición a la radiación ionizante evidencia diferentes problemas: en algunos casos, su sistema inmunológico no es lo suficientemente resistente y sufren enfermedades bucales, anemias y el agravamiento de patologías en invierno; y, en otros casos, los problemas son de carácter psicológico.

Hay motivos médicos evidentes, así lo recomienda la OMS, que avalan las vacaciones de los niños afectados por la radiación nuclear. Los niños vuelven con menos radiactividad en el cuerpo que con la que salieron. Sobre todo porque dejan de comer alimentos procedentes de esta tierra. La estancia de cuatro o cinco semanas fuera de la zona contaminada retrasa e incluso minimiza el efecto de enfermedades provocadas por la exposición continuada a radiaciones. Así, es fundamental que hagan ejercicio, que suden y que beban mucho, para que puedan eliminar toda la radiactividad posible a través del sudor y la orina. Aparte del objetivo terapéutico, es importante que los niños se lo pasen bien y que disfruten de la experiencia. Desde hace años, los programas para que los niños tengan unas vacaciones en el exterior son abundantes. 50.000 niños salen al extranjero anualmente.

La «Zona Muerta» de Bielorrusia

Cuando se produjo el accidente de Chernobyl, la nube radiactiva contaminó un 23% de la superficie de Bielorrusia en que habitaban 2,5 millones de personas. El 70% de las partículas radiactivas emitidas por la central durante el accidente terminaron en territorio bielorruso. Como consecuencia del desastre, 135.000 bielorrusos fueron evacuados de sus hogares y reubicados en otros lugares, y muchos se vieron afectados por la radiactividad. Como consecuencia de la contaminación radiactiva, en la región de Gómel la esperanza de vida se redujo en cinco años entre 1985 y 2000.

A día de hoy, Bielorrusia es el país con más superficie dentro de la «Zona Muerta» provocada por el accidente. A diferencia de la zona de exclusión de Ucrania, que permite visitas de forma limitada, las zonas de exclusión de Bielorrusia están cerradas al turismo. Entre zonas que están prohibidas en toda actividad humana, hay pequeñas aldeas. En las regiones económicamente devastadas, las familias sólo pueden subsistir consumiendo lo que cultivan, o los animales que a su vez también comen lo que cultivan. Incluso el vodka se elabora con cereal contaminado. Ocurrió hace treinta tres años, pero se necesitan miles para que se limpie la zona.

La mayoría de familias en estas áreas son desestructuradas, un padre alcohólico o una madre, uno de los dos progenitores ha abandonado el otro con los niños. El alcoholismo entre los hombres alcanza índices desmesurados. Las mujeres en esta región son en su inmensa mayoría, madres solteras. El salario medio de estas familias puede oscilar entre los 80 y 150 euros al mes. Las madres trabajan jornadas extenuantes de 15 horas diarias para mantener a sus familias. No pueden hacerse cargo también «emocionalmente» de sus hijos. En otras ocasiones, aún peores, estos viven en orfanatos.

Anclados en el pasado soviético

Lo que más preocupa a las asociaciones u organizaciones es que los niños y niñas de estas zonas de Bielorrusia entiendan que hay un futuro más allá de los lugares donde viven. Normalmente, casas sin agua, luz o gas, y donde los lavabos son fuera del edificio. La mayoría siguen utilizando la madera para calentarse en invierno o cocinar. El trabajo y el objetivo es borrarlos la idea de que serán lo mismo que sus padres, con jornadas interminables a cambio de un salario insuficiente. Es por este motivo que intentan animarles a estudiar, para que puedan vivir en mejores condiciones en un futuro. El contacto con otros niños les ayuda.

Bielorrusia es el país más dependiente de Rusia y como en casi todo el espacio ex comunista europeo, la evolución del capitalismo postcomunista afectó de manera muy diferente a los núcleos urbanos y el medio rural. Muchos de ellos conservan estructuras mentales, políticas y sociales soviéticas. Si hablamos de Bielorrusia, su dependencia de Rusia y sus escasos, o casi nulos, recursos, lo convierten en un país casi provincial en sí mismo, de hecho, y no sin razón, se dice que es o más similar a la URSS que queda en nuestros días. En Bielorrusia, país marcado por la identidad incierta y una catástrofe nuclear violenta, los derechos de los niños luchan por encontrar su lugar decisivo.

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