“Los feminismos en la industria del cine no apoyan a todas las mujeres, sólo a las blancas”

Sally Fenaux es una cineasta que proyecta su arte desde el afrofeminismo, que a la vez es la base de su discurso y una reivindicación en una industria de hombres blancos en que, ni las mujeres por mujeres ni las personas racializadas por racializadas tienen un lenguaje propio

Sandra Vicente
 
 
 
Sally Fenaux | S.V.

Sally Fenaux | S.V.

La identidad de Sally Fenaux tiene un currículum interesante y complejo: padre flamenco, madre ecuatoguineana. Nacida en Madrid, pero habiendo residido en Ámsterdam o Mallorca. Ahora, esta cineasta tiene la base en Barcelona, desde donde crea sus cortometrajes que ahondan en las entrañas de la sociedad desde el futurismo. La ciencia ficción, para Fenaux, es su escenario ideal: “me permite poner las reglas en un mundo que yo creo, expresando exageradamente problemas que todavía nos afectan de manera silenciosa”.

Una de sus obras más conocidas es Touch Crimes, con la que ganó el premio a mejor corto del Festival Internacional de Cine Porno de Toronto (2018). Una pieza en la que, en un futuro distópico, el contacto humano está prohibido y dos personas se saltan las normas y barreras, no sólo para tocarse, sino para tener sexo. Trabajado con Erika Lust, esta obra abre la veda de los cortos porno éticos y feministas de Fenaux.

Pero, a parte del porno consciente, otro de los rasgos que define el cine de Fenaux es su africanidad en un mundo blanco. Una africanidad recién descubierta y trabajada con sensibilidad desde la denuncia. Una africanidad que también expone de forma col·laborativa en talleres como el celebrado recientemente en el marco del Festival de Cine Migrante de Barcelona. En él, Fenaux participó juntamente con personas neófitas en el mundo del audiovisual, a crear cortos documentales sobre personas migrantes afincadas en Barcelona, como por ejemplo, el portavoz del Sindicato de Manteros, Lamine Sarr.

Hablemos sobre ‘Skinhearts’ en el que tratas la desesperación por la falta de tacto, ¿por qué abordas de esta manera la relación con los cuerpos en una sociedad distópica?

Es una reflexión que me surgió viviendo en Holanda. Al llegar allí me afectaron muchas cosas, pero la falta de tacto fue la que más. Me costó darme cuenta de qué me estaba pasando, pero cuando lo entendí, tuve una revelación: me afectaba que nadie me abrazara. Que como mucho, el contacto fuera un apretón de manos; la gente no se da dos besos…Esto te merma. A partir de ahí, me fueron llegando imágenes, que se transformaron en ese corto.

De la falta de contacto pasas a una idea más radical, que es directamente prohibirlo

Eso es lo interesante de la ciencia ficción, que te permite coger algo y llevarlo al extremo para resaltar algo que no sabemos que está pasando. Es contar de manera exagerada algo que sucede silenciosamente.

Esta idea, años después, evoluciónó en Touch Crimes, un corto pornográfico que hiciste con Erika Lust

Erika hizo un Open Call para directoras. Al principio me hizo gracia y lo compartí, sin pensar en que realmente me encajaba mucho. Les mandé la propuesta de hacer una segunda parte de Skinhearts, pero con la posibilidad de ir a tope. Dirigir porno era algo que nunca me había planteado ni deseaba, pero vi la oportunidad y lo vi claro.

 ¿Cómo fue el cambio de la ciencia ficción a la pornografía?

En realidad fue como cualquier otro curro. Ya llevaba como cinco o seis años en la industria y cuando me contaban las cosas especiales que teníamos que hacer en el rodaje, por ser pornografía ética, para mí no eran especiales, porque eran cosas que yo ya hacía. Cuando ruedas cine, si hay una escena de sexo, por mucho que no se enseñe nada, para mí es imprescindible que no esté todo el equipo dentro, que se genere un ambiente de privacidad y respeto. Me parecía raro que me pidieran explícitamente que hiciera cosas que para mí son básicas. Pero es que en el porno no se respetan ciertos aspectos.

Imagino que el rodaje del porno mainstream debe ser frío…

No he estado nunca en uno, pero por lo que me cuentan las actrices, se ve de todo: desde directores que invitan a todos sus amigos a mirar, gente a la que de repente le apetece tocar a la acriz porque sí, cambios en el último momento, no respetar los ritmos de nadie…Hay un montón de cosas que llevan a los actores a estar en una posición vulnerable, sobretodo a las actrices. Y cuanto más jóvenes son, más peligroso es.

¿La relación con los actores es el primer cambio que se puede ver en el porno ético, pues?

Exacto. Hay una figura muy importante que es el Talent Manager, que está sólo para los actores. Hay momentos en que yo, como directora, puedo estar sobrecogida por mis cosas técnicas, de escena…y se me puede pasar tener la sensibilidad de darme cuenta de que alguien está incómodo con algo. Y también porque desde que tú eres actriz y yo directora, hay una relación de poder. Se nota en cuestiones como que quieren satisfacerte porque eres la que manda y les has elegido, o qué pasará si no se hace lo que quieres, igual no vuelves a trabajar con ellos…Es importante saber que esta desigualdad existe, por mucho que no la quieras. Por mucho que yo crea que no impongo nunca nada, da igual, la manera en cómo está estructurado un rodaje lo hace jerárquico.

Por eso es importante que el Talent Manager esté sólo para ellos. Tiene que ser una persona cercana a mí, que sepa decirme: “Sally, para” si estoy haciendo algo inconveniente. Alguien atento a cómo se sienten y que me pueda transmitir a mí ciertas cosas sin generar incomodidad.

En una entrevista con Afroféminas decías que no te permites a ti misma comportarte como los directores hombres. Ligado a las relaciones de poder de las que hablamos, el poder es algo muy masculino. ¿Has notado que te masculinizas a ti misma en los rodajes?

Ya no me pasa tanto, pero recuerdo que en el primer rodaje que hice con Erika, fui prácticamente en lo que había dormido: me levanté, me puse un chandal, con el pelo de cualquier manera, y me fui para el estudio. Y sólo me di cuenta hasta que me enseñaron las fotos del making off. La productora me dijo: ‘que sea la última vez que apareces en el set así’. Y es algo que he hecho en otros rodajes: no querer ir vestida de una manera que si alguien del equipo me mire, piense ‘qué mona’.

Inconscientemente quieres evitarlo; por eso me recojo el pelo, voy con camisetas anchas…no como realmente visto yo cualquier día. Esta es la forma principal en la que me masculinizaba en los sets, pero luego veo que también me pasa algo que es todo lo contrario: no consigo de manera tajante. No es mi forma de ser y no me siento cómoda ahí, pero te das cuenta de que si dices las cosas de manera amable, parece que no importa. Me gusta comunicarme de manera que la otra persona se sienta incluída, pero entonces no te hacen caso.

Cambia mucho cuando los rodajes son con mujeres. Lo primero es que nos ahorramos tiempo; cuando hay hombres, normalmente, cada uno necesita un momento para lucirse, para demostrar que hacen súper bien su trabajo. Es algo que en los rodajes con mujeres no pasa, porque estamos todas intentando crear la misma obra.

Has dicho que en tu carrera has notado más machismo que racismo. ¿En qué notas este sesgo?

Me pasa que los hombres no me escuchan. Sobretodo los directores de fotografía; hacen lo que les da la gana, porque al final tienen ellos la cámara. Me pasó en mi primer rodaje con Erika Lust, que el director de foto decidió, en el momento en que me conoció, que yo era inútil y que él iba a grabar lo que quisiera.

Que eso pase en un rodaje de porno ético feminista…

Es maravilloso, muy guay…Fue uno de los peores días de mi vida. En lo relativo al racismo, no lo noto tanto directamente en mi trabajo como en la falta de gente. Es difícil que en un rodaje en Europa haya gente que no sea blanca. Hay un racismo estructural que no nos deja entrar. Yo tengo facilidades, en el sentido que no soy española, ni percibida como tal, me ven como europea. En Bélgica, por ejemplo, mi aspecto se justifica. Incluso aquí, la gente percibe que puedo ser negra belga pero no negra española. Y en Bélgica, puedo ser española pero no belga. Es todo el rato sentir como te niegan ser de cualquier lugar. Me ayuda saber diversos idiomas y ser alta, que parece que no, pero ayuda a proyectar más presencia.

La industria no es amable. Incluso los feminismos en la industria que quieren apoyar a las mujeres no están ahí para todas las mujeres. Sólo para las de siempre. A las blancas.

¿Crees que el feminismo aquí es un feminismo sólo blanco?

Sí.

¿Eso pasa también en Bélgica?

No lo sé, porque no he vivido ahí. Yo no conocí el impacto de la comunidad negra hasta que llegué a Barcelona, donde entendí el activismo. Y en Holanda, el problema es que la sociedad es muy hipócrita. En Ámsterdam la gente se cree súper abierta pero es mentira. El sistema holandés es muy racista, son los creadores del apartheid…y eso se palpa, todavía es real. Como ejemplo, su Santa Klauss, el que está en los libros infantiles, viene en un barco en el que en la parte de abajo están sus asistentes. ¡Es un barco de esclavos! En cuentos infantiles. Para ellos no es racista en absoluto.

Intentas poner perspectiva afrodescendiente en tus obras, pero hace poco presentaste Unburied que directamente es un corto de denuncia sobre las muertes en el Mediterraneo. ¿Con qué problemas te encuentras cuando planteas piezas así?

Rechazo de una cierta perspectiva: Unburied es el primer proyecto así que puedo hacer. Todo lo anterior que he presentado no se me ha financiado. Me dicen que, o no les interesa esa perspectiva o no se entiende lo que quiero decir. Así que un día hice la prueba y mandé un guión a personas afrodescendientes o africanas y a personas blancas. Y entendí que lo mío era un mensaje directamente dirigido a las personas afrodescendientes. Si todos los jurados de los concursos y centros de financiación son blancas, hay historias que nunca se van a contar.

¿No lo entienden porque son blancos o porque no lo quieren entender?

Creo que hay cosas que realmente no se entienden. Pero tampoco hay voluntad. Hace poco, en el Fire! (Festival de cine gay y lésbico de Barcelona) se proyecto una pieza, hecha por algunas de las personas que salieron de Playground, sobre una mujer lesbiana en Kenya. Al salir, tuvimos una discusión interesante sobre el lenguaje. El lenguaje que se usa para contar ciertas historias es un lenguaje europeo y esa peli estaba hecha para un público concreto, que no era un público africano. Si no, hay planos que no se habrían hecho: puedes pasarte mucho tiempo enseñando a una chica negra trenzando a otra, si lo haces para blancos, porque nunca ven eso. Pero si lo haces para un públcio negro, que lo ve a diario en sus casas, no le interesa un plano de seis minutos de trenzas.

Alguien me dijo que si queremos que el resto del mundo nos vea, tenemos que hacerlo con un lenguaje de aquí. Ahí está el error: tenemos que empezar a trabajar un lenguaje propio con el que narrar lo que a nosotros nos interese contar y que Europa se ponga las pilas en entender lo que pasa en otras partes del mundo.

Dices que te costó reconocer tu africanidad.

Mi madre se volvió a Guinea siendo yo pequeña y no tuve referentes en casa. Mi contexto era blanco. Mi madre llegó a considerar un privilegio que nos desarrolláramos en un mundo blanco y que fuéramos considerados más blancos que negros. Pero es un error; si no sabes de dónde eres, no sabes quién eres. Así que llevé a cabo un proceso de reconciliación, no sólo con mi madre, sino también con mi identidad inexplorada. Cuando fui por primera vez a Guinea, encontré un lugar donde me sentía cómoda y entendía mejor lo que sucedía a mi alrededor.

Vivimos pensando que las cosas malas que nos suceden, los rechazos, son culpa nuestra. Atribuirnos constantemente la culpa de que no acepten tus guiones o no te bequen los proyectos, pero en realidad, debemos identificar que es por culpa de un sistema, de una visión del mundo que funciona de una determinada manera. En ese momento, te cargas menos culpa. Ahí está el peligro de no involucrarse, de no meterse en el activismo: acabas creyendo que es algo personal, cuando en realidad es sistémico.

La ciencia ficción te permite expresarte, porque tú pones las normas en el mundo que te de la gana. Si pudieras crear un mundo sin estos problemas sistémicos, sin rechazos, ¿qué contarías?

En realidad tengo ya tantas historias acumuladas, que voy a hacer una serie. Como un Black Mirror, pero sobre la paradoja Europa-África. Tengo historias que suman unidas, que, espero, se iniciará en Dakar y será una coproducción en Europa.

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