Los castillos modernos de Renaixença

Hasta esa caída del caballo las casitas con almenas de Renaixença habían sido el lugar donde encontré a un antiguo compañero de instituto besándose con una chica, la puerta de la sospecha en uno de los bajos, ahora tapiada a cal y canto, y la presencia de esporádicos bares en una zona destacable por su ausencia, tanto que en más de una ocasión he atribuido la tranquilidad del Guinardó a su desdén por la hostelería de tapa, cerveza y parroquia.

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Seguimos en el carrer Renaixença. El colmado mencionado en el artículo de la semana pasada está en una casa granate culminada con almenas. En mi infancia la llamaba el castillo, y me encantaba ir a comprar a la señora que la regentaba, bajita y siempre con su delantal. Hoy en día, como si de este modo la Historia marcara una evolución natural, viven en ella unos pakistaníes que perpetúan a su manera este tipo de negocios en varios puntos del Guinardó, del carrer Telègraf a Sant Quintí, siempre amables y dispuestos pese a estar embobados con sus mini pantallas, donde casi siempre consumen programas y series de su país.

No me acuerdo cuando cerró la tienda. La mujer tenía, pero quizá lo invento, un hijo, su mejor ayudante a la hora de vender frutas, botellas y demás mercancías. Al lado de este inmueble le siguen una serie de color blanquecino con voluntad de continuar el regusto de estructuras medievales. A simple vista parecen las simples casas bajas. Hasta hace pocos años apenas me había fijado en su existencia porque, desmintiéndome, no me había dado para mirar hacia arriba. Su unidad se rompe en el número 24 de la calle, de la que hablaremos dentro de poco.

Hasta esa caída del caballo las casitas con almenas de Renaixença habían sido el lugar donde encontré a un antiguo compañero de instituto besándose con una chica, la puerta de la sospecha en uno de los bajos, ahora tapiada a cal y canto, y la presencia de esporádicos bares en una zona destacable por su ausencia, tanto que en más de una ocasión he atribuido la tranquilidad del Guinardó a su desdén por la hostelería de tapa, cerveza y parroquia.

Como siempre, fui al archivo para ver si sacaba algo en claro. En la carpeta de rigor descubrí el nombre de su propietario. Josep Niubó Figueras debía ser originario de Gràcia. En 1919 la Gaceta Municipal menciona la petición de realizar obras interiores en el número 33 del carrer Montseny. Tres años más tarde, concretamente el 19 de julio de 1922, pidió permiso para construir cuatro viviendas de bajos en un solar. Quería instalar letrinas y el necesario depósito de agua potable. Le concedieron la licencia en marzo de 1925.

Este bloque horizontal cambió en algún momento de propietario. Lo más probable es que Niubó aprovechara el crecimiento del barrio para poner su particular pica en Flandes y así lucrarse mediante el alquiler. Esta teoría se confirmaría por dos motivos. En 1927 solicitó albañales para una vivienda en el número 6 de la Rambla Volart, como si así quisiera tener propiedades en todos los antiguos terrenos urbanizados por Salvador Riera, cuya familia vivió hasta la década de los cuarenta en el Mas Viladomat, reemplazado en 1949 por el mastodóntico complejo habitacional de la Caixa de Pensions.

El segundo pretexto para reafirmarnos en sus actividades económicas, por otra parte nada criticables, estribaría en una noticia de La Vanguardia del 21 de abril de 1927. Pocos días Niubó había participado en un concurso de caza en Sant Andreu, adjudicándose el Premio Extraordinario de arma larga, Remington y escopeta. No creo que una persona humilde pudiera permitirse esos caprichos con balas y animales.

Nuestro protagonista siguió sus andanzas en la posguerra, o quizá, todo es probable, su hijo tomó el relevo. Lo gracioso es hallar dos apuntes sobre su existencia en forma de problemas con un ascensor del número 15 del carrer Espaseria. En septiembre de 1946 le instaron a corregir las puertas del elevador y colocar unos escudos que impidieran su apertura por el exterior. El aparato daría para una novela, pues en 1955 se hartó del viejo aparato y pidió uno nuevo para ahorrarse problemas.

La pista de Niubó en el carrer Renaixença desaparece una vez consigue su objetivo. Alguno de los arrendatarios aprovechó las particulares características habitacionales para usarlas como almacén de leña y carbón. En 1954 el negocio debía ir a las mil maravillas y para no estropearlo renovó el techo, tarea encargada al arquitecto José Castells Piernau.

Ese es el último dato disponible de la tetralogía medieval. Si la observo desde la calle aprecio sin mucho esfuerzo otra modificación algo porciolista, pues uno de los hipotéticos propietarios añadió un modesto piso extra en la primera casita del conjunto, un desastre producto de la necesidad y del poco mimo prestado por la mayoría al patrimonio del Guinardó, entre otras cosas porque al ser una zona sin aparente Historia muchos se otorgan el vicio de perpetrar barbaridades, algo no sólo achacable a los vecinos, sino también al Ayuntamiento, absolutamente ignorante de las virtudes de todo aquello exento de grandeza turística o monumental. Por eso mismo los banquitos de piedra de la rambla Volart, presentes en su cuesta de 1917, han ido menguando desde su inauguración. Sobreviven dos, uno de ellos muy maltrecho, como si a nadie importara el su valor y utilidad para la gente corriente.

Para terminar, sugiero situarse justo donde está el taller mecánico y apreciar las almenas. Cuando se edificaron, sin apenas coches ni ruido, debían lucir estupendas y llamar la atención de los transeúntes, con su fachada impoluta en una especie de división de la calle en diversas estéticas, desde la modernista de Joaquim Alay hasta la más funcional de las estudiadas a lo largo de estas páginas. En su terminación recibieron una incorporación de lujo en la esquina con el passatge Flaugier, por aquel entonces Viladomat. Con la alteración de su nombre llegó Valentina de Mingo y un arquitecto de mucho renombre capaz de dejar su huella en todo el Guinardó.

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