Los animales en Verdi

Lo que más les llama la atención son los treinta y ocho medallones esgrafiados de su doble fachada, todos con representaciones animalescas teñidas de un rojo en su umbral con el granate. Algunos opinan que la representación zoológica fue un motivo para atraer compradores a pocos años de la agregación con Barcelona.

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Calle Verdi

Calle Verdi

Ahora mismo la plaça de la Revolució es algo así como la alfombra roja para alcanzar Verdi, en cierto sentido la calle noble de Gràcia. La proliferación de negocios, la densidad de su primer tramo y el constante bullicio impiden apreciar bien su patrimonio arquitectónico, notable en muchos aspectos.

El otro motivo del desdén de tanta riqueza es la poca costumbre del barcelonés de mirar hacia arriba. La historia que contaremos hoy nos remite, otra vez, a esa década donde la Vila aún no era parte de Barcelona y Verdi no llevaba el nombre del compositor italiano. A nivel popular era la calle de las monjas, por el desaparecido convento de las clarisas de la divina Providència, pero la oficialidad la bautizó, en varias etapas, Progreso, Industria y Ample, pues como sucede con la homónima via del centro de la ciudad debía ser la más holgada del vecindario.

Estamos en 1893 y un contratista de obras decide edificar un inmueble ambicioso en el actual número 7 del enclave protagonista de este artículo. Se llama Miquel Call i Millàs. Encarga la obra al desconocido arquitecto Joan Marsant Sola, situándola en la esquina con el carrer Vallfogona. Se pasa de rosca y la municipalidad le advierte de la ilegalidad de su cuarto piso, un indicio más de la belleza de Gràcia, basada en el respeto por no sobrepasar ciertas alturas y propiciar escaleras invisibles hacia la luz, azul.

La casa es una pequeña maravilla oscurecida por los árboles de Verdi. Cuando paseo con mis amigos y la presento a sus ojos se sorprenden. Lo que más les llama la atención son los treinta y ocho medallones esgrafiados de su doble fachada, todos con representaciones animalescas teñidas de un rojo en su umbral con el granate. Algunos opinan que la representación zoológica fue un motivo para atraer compradores a pocos años  de la agregación con Barcelona. En la planta baja se ubicó durante decenios la farmacia del Doctor Domènech, si bien algunas fuentes cuentan que fue trasladada desde su ubicación anterior, en el número 71 de la ronda de Sant Pau. He buscado información sobre la fecha del desplazamiento y no la encuentro; debió ser después de 1907, año en que el diseño interior de Alberto Juan Torner ganó una mención en los premios anuales del Ayuntamiento.

Domènech cedió su espacio a Valentines Gelabert. Si deciden alzar la cabeza verán unos balcones de hierro forjado acompañados en los laterales por una exuberante decoración pétrea, casi una barrera protectora debida en parte a la influencia barcelonesa. En 1891 el consistorio de la ciudad condal emanó una ordenanza mediante la cual reducía las restricciones compositivas y permitía adornar las fachadas con más profusión. Puede que esa medida fuera la clave para crear el Modernismo de su período más conocido, el mismo que quien escribe suele considerar una especie de barroco catalán decimonónico, una orgía antes de la decadencia, una transformación brutal si se compara toda esa pomposidad con las primeras casas del Eixample, más bien austeras, de antigua nobleza.

Desde este punto vista la casa Miquel Call Millàs es un término medio antes de la explosión. La ciudad puede ofrecernos más ejemplos como el suyo, y quiere la casualidad, nunca casual, que estén esparcidos por su periferia, de la Villa Esperanza del passatge d’Isabel en Vallcarca a las casas de veraneo del carrer de la Rectoria de Horta, ambas por aquel entonces fuera de los muros urbanos. En la parte superior las reminiscencias defensivas se complementan con unas almenas con regusto a castillo medieval sin alcanzar niveles posteriores, cuando hasta algunos incipientes turistas llegaron a preguntarse si los catalanes tenían a dragones como mascotas.

La pobre casa de nuestros pensamientos ha vivido ninguneada como consecuencia de su alrededor. Es mucho más frecuente parar a tomar una copa en el Canigó o entrar en la librería Taifa que dedicarse a curiosear esos pisos en apariencia sin relatos para el espectador, más desdichados si cabe porque durante años la plaça de la Revolución, tan rebosante de actividad en nuestro siglo XXI, estuvo colonizada por una escuela desastrosa desde lo urbanístico.

La hemeroteca, esa amiga, nos desmiente con premura la penúltima afirmación. Por lo pronto sabemos que Miquel Call Millàs, quien más tarde instaló su empresa de contratista en el número 11 del carrer Providència, vendió terrenos rurales cercanos a Barcelona. El anuncio es del 20 de noviembre de 1903. Veinte años más tarde la apoteca ofrecía como gran reclamo el pectoral tónico Casanella y Eduardo Subiratss, residente en los bajos del número 7, fallecía de un infarto en el andén de la estación de Francia mientras esperaba el tren hacia Martorell. Tenía cincuenta y ocho años, era de Graus y dejó una viuda desconsolada por esa muerte súbita e inesperada. Su retorno al hogar debió ser una tragedia mínima, un suspiro infernal en medio del laberinto.

La última noticia sobre el inmueble es de 1927, cuando Francisco Cuadras, habitante del cuarto piso del carrer Vallfogona 18 ganó el cuarto premio de la lotería de esas navidades. Le tocaron en suerte tres millones que quizá le ahorraron trabajar más como vigilante de un pequeño perímetro comprendido entre Sant Joaquim, Montseny, Pere Serafí, Ros de Olano y el carrer del Sol.

Con el éxito de Francisco Quadras Porta concluye el contacto de los vecinos con los medios de comunicación. La casa fue restaurada en 2000 para lucir más sus frisos esgrafiados de mundo animal. Es muy complicado, y pido disculpas por ello, sacar buenas instantáneas de su esplendor. Lo angosto y la vegetación se unen para imposibilitar un retrato visual, por eso lo mejor que pueden hacer tras leerme es acudir al sitio y apreciarlo en vivo y en directo. Es como deben hacerse estas cosas, pues al fin y al cabo una narración escrita siempre será inferior a la belleza de esos matices escondidos, hasta su redescubrimiento.

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