Los ángeles y Platón se alejan del terror

En 1940 Heinrich Himmler visitó el complejo, quien sabe si para tomar nota. Casi ochenta años después la iglesia sigue sin estar en el elenco de edificios considerados Patrimonio de Barcelona, y sólo por lo contado a lo largo de estos párrafos merecería más atención

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Barcelona y Roma coinciden en poco o nada. La segunda creó a la primera, el Mediterráneo las une y, oh sorpresa, ambas tienen siete colinas. Las de nuestra ciudad son el Turó de la Peira, el del Carmel, la creueta del Coll, Monterols, el Putxet, la Rovira y Modolell, dirigiéndome a su cima de ciento ocho metros en el paseo de hoy.

Los jardines de Enric Sagnier están más bien vacíos, como el carrer Copèrnic, pero no por un extraño abandono de los habitantes, sino más bien por caminar durante la hora de comer, cuando la ciudad, como durante la madrugada, es una especie de páramo silencioso.

Cuando paso por esta calle siempre me fijo en un medallón tapiado. Lo sostienen dos putti, únicos conocedores del antiguo contenido. La obra es Noucentista como su edificio, un anexo a la Clínica Platón, sin duda uno de los inmuebles más desastrosos de toda nuestra geografía por su acumulación de estratos.

Este hospital inició sus actividades en 1926 tras ocupar la vivienda familiar los Huelin Rocamora, quienes al tener doce hijos necesitaban una finca monumental, encargándose de su concepción Eduard Mercader Sacanella, arquitecto de trayectoria tardía con bastante obra esparcida entre el centro y la zona alta. Dentro de su catálogo podemos destacar la Casa Bayer, en Bailén con Diputació, las Escuelas Pías de Sarrià o Can Déu, quizá su creación más lograda y sitio emblemático de Les Corts.

En Copèrnic Mercader Sacanella hizo una mansión con tintes bastante peculiares, casi apartada de los cánones estéticos de principios del siglo pasado, decantándose con toda probabilidad por un cuerpo funcional ante la demanda de su cliente, quien a mediados de los años veinte emigró al Eixample, y así pudieron instalarse los médicos en el recinto, ampliándose este durante la década de los sesenta, cuando se arriesgaba más desde nuevas concepciones, y como la Clínica está en las antípodas del bullicio el resultado fue una sucesión de bloques cubistas con escaleras exteriores en una mezcla original y muy poco ortodoxa que aún choca por sus disonancias, remachadas en una reciente ampliación.

La subida no hace mella en mi ímpetu por llegar a mi objetivo. Dejó atrás la escuela Mary Ward, responsable de la conservación de una de las piezas más insólitas de toda Barcelona, la Torre Marsillach, árabe al ver la luz en 1882 y desde 1917 una amalgama medieval con torres encastilladas, balcones y un portal de cierto aire románico.

Es la penúltima sorpresa antes de la cumbre. Antes de la misma me recibe la Escuela Els Arcs, situada en la vieja residencia de los Dübler, quienes tenían una fábrica de sedas y tejidos artificiales y por eso mismo pudieron contar con dos firmas de renombre internacionales, los suizos Mori y Krebs, autores de un pequeño paraíso hoy en día oscurecido por el colegio, con su estructura ocultándonos una fachada señorial muy en consonancia con una etapa ya desaparecida de la Historia del barrio, cuando se llenaba de verde y estas casas tenían sentido por alejarse de la cuadrícula urbana y configurarse casi como un jardín independiente, y quizá ese fue el motivo de la aparición de la iglesia y el convento de Santa Magdalena, templo del que por desgracia ignoramos el nombre del arquitecto, cuestión a resolver en breve por su extravagante exterior entre Disney, Luís II de Baviera y una película de terror gótico.

En 1365 el Consell de Cent aprobó la constitución de un lugar donde pudieran reunirse las arrepentidas, prostitutas con voluntad para rehacer su existencia bajo la estela cristiana. Fueron acogidas en una capilla cercana a Santa María del Mar hasta la autorización por parte de Pere el Cerimoniós de construir un monasterio en la riera de Sant Joan, más o menos donde se halla la comisaría de vía Laietana. Con el cambio dejó de aceptar a meretrices y se convirtió en el convento de Santa Magdalena, regido por la norma agustiniana.

En 1877 fue derruido, desplazándose a la esquina entre Muntaner i València, donde quemó durante la Semana Tràgica de 1909 para, a continuación, despegarse muchos quilómetros y recalar en la cúspide del Modolell.
Durante la segunda República devino una escuela de párvulos, y con el estallido de la Guerra Civil las monjas huyeron despavoridas para propiciar un episodio negrísimo. La CNT y el SIM, servicio de inteligencia militar, se hicieron con el convento y lo metamorfosearon en un preventivo para los partidarios del golpe de Estado.

En el jardín y en la parte posterior se dispusieron celas, las célebres checas del carrer Vallmajor, forradas con alquitrán para proporcionar calor y de exiguas medidas, dos metros de alto y un metro y medio de ancho. Estaban habilitadas de una cama donde se dormía con los pies encogidos, suelo de piso irregular y dibujos geométricos con el fin de producir alucinaciones al reo, quien además contemplaba un reloj con las horas trucadas, extraviándose cualquier noción temporal.

En 1940 Heinrich Himmler visitó el complejo, quien sabe si para tomar nota. Casi ochenta años después la iglesia sigue sin estar en el elenco de edificios considerados Patrimonio de Barcelona, y sólo por lo contado a lo largo de estos párrafos merecería más atención. De hecho, no siento vergüenza por no haber dado con el nombre de su autor, pero los responsables municipales deberían recapacitar sobre el tema, pues triste es la ciudad que ni siquiera es capaz de proporcionar informaciones tan relevantes para colmar mejor su pasado.

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