Lo que está en juego el 28-A: pacto del establishment, de las élites o de Estado

Las encuestas, nuestros particulares oráculos modernos, dibujan tres escenarios postelectorales posibles en España. En todos los casos para conformar gobierno será necesario construir un Frankenstein político que pueda sobrevivir durante toda una legislatura

Guillem Pujol
 
 
 
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¡Ya estamos en campaña electoral! Los políticos, que de forma generalizada se habían protegido en una cueva, vuelven a sacar la cabeza para pedir tu voto. Hay una reflexión de fondo que se debe hacer con respecto a la relación que se establece entre políticos y electores: la mercantilización de la política lleva a que los políticos sientan la necesidad de “vender” su “producto” solo cuando este debe ser “comprado” por los “consumidores”. Pero bueno, eso es otro tema. Decíamos que la campaña se nos hará larga, tanto por la intensidad del contexto político marcado por el conflicto independentista y el auge de la extrema derecha que representa VOX, como por el hecho de que las elecciones vienen por triplicado: estatales el 28 de abril y municipales y europeas el 26 de mayo.

Como la posibilidad de que un solo partido consiga la mayoría absoluta es inexistente, de lo que se tratará para conformar gobierno será de intentar construir un Frankenstein político que pueda sobrevivir durante toda una legislatura. Decimos Frankenstein porque en España no hay una tradición política que facilite los gobiernos de coalición. De hecho, no ha habido nunca ninguno. Y en tiempos de 155, de exiliados y políticos encarcelados, de partidos corruptos y de cloacas del Estado, cuatro años se pueden hacer eternos. Según lo que dicen las encuestas – nuestros particulares oráculos modernos por igual de defectuosos – se dibujan tres escenarios postelectorales posibles: el pacto del establishment, el de las élites o el de Estado.

El pacto del establishment entre PSOE y Ciudadanos

A veces se confunde los intereses del establishment con los intereses de las élites, pero no son exactamente lo mismo. El establishment es esencialmente conservador. No busca el conflicto, por lo que entiende que las masas, la gente, el pueblo – vaya, la mayoría de la población – debe poder creer que su situación económica y sus perspectivas vitales pueden mejorar. Su filosofía es, por tanto, forzosamente gradualista. Es decir, que pueden tomar posiciones o estrategias de redistribución de riqueza, pero solo cuando entienden que no hacerlo podría suponer el enojo de esta mayoría, porque de natural del establishment se alinea con los poderes económicos.

Los intereses del establishment estarían representados en el ámbito periodístico en España por El País, y en Catalunya por La Vanguardia. ¿Y en el ámbito de los partidos? Normalmente suelen ser aquellos que ocupan una posición central en el eje de ubicación ideológica. El ejemplo paradigmático catalán sería la extinta (o quizás no tanto) CiU. ¿Y a nivel estatal? La coalición entre el PSOE y Ciudadanos (C ‘s) representa a la perfección los intereses del establishment, precisamente por la habilidad de compensarse mutuamente.

Por ejemplo, si bien la opinión de Ciudadanos respecto a Cataluña mantiene un tono beligerante que agudizaría aún más el conflicto territorial, la alianza con el PSOE ayudaría a suavizarlo, al menos formalmente. Porque, recordemos, el conflicto no interesa al establishment, ni interesa al Estado, ni interesa a los poderes económicos. Por otra parte, C’s podría poner freno a los “impulsos” redistributivos del PSOE, y orientar la agenda económica hacia un modelo más business friendly. A día de hoy, este es el pacto más probable de todos, tanto por las posibilidades de sumar conjuntamente como por los soportes extraparlamentarios que recibirían.

El pacto de las élites entre Ciudadanos, PP y VOX

Con la aparición de VOX y la victoria de Pablo Casado dentro del Partido Popular, ya se puede decir que hay un bloque de extrema derecha bien consolidado en la política española. Las élites se diferencian del establishment en que no tienen ni interés ni conciencia de sociedad. Solo se representan a sí mismas bajo el mantra empresarial de maximizar beneficios. Pueden hacer como hicieron los grandes agentes bursátiles en los años previos a la crisis económica: apostar en contra el sistema, sabiendo que sus acciones debilitarían el sistema, con el fin de enriquecerse personalmente.

Tanto Ciudadanos como el PP y VOX comparten propuestas económicas claramente regresivas, como la derogación total del impuesto sobre sucesiones y patrimonio o la bajada generalizada del IRPF. Esta es, posiblemente, la gran diferencia de VOX respecto a los movimientos populistas de extrema derecha de Europa: no hablan a la mayoría perdedora del mundo post crisis económica, sino a un electorado que ya estaba dentro del Partido Popular. De hecho, es lo que muestran los estudios de trasvase de voto, donde se señala que la mayoría proviene de antiguos votantes populares.

Ciudadanos, en este caso, garantizaría la pizca necesaria de moderación para vender el producto a los principales actores políticos europeos que, presuntamente, verían con reticencias un pacto con la extrema derecha. El posible pacto de Ciudadanos + PP + VOX, catalogado popularmente como “trifachito”, representaría una amenaza real para España, y se debe tachar como estrictamente reaccionario: volver a un pasado oscuro por no poder buscar soluciones de futuro.

El pacto de Estado entre PSOE, Unidos Podemos, PNV y los independentistas

Los pactos de Estado demandan altura de miras. Esto, en política, no es nada sencillo. Implica que los partidos políticos, en momentos de excepcionalidad histórica y debido a la excepcionalidad, tomen decisiones difíciles sin grandes garantías de éxito. No solo eso, a menudo deben hacerlo poniéndose una parte de su electoral en contra. ¿Y, en aras de qué? Pues de impulsar acciones para solucionar, o reconducir, problemas estructurales. Requiere una gran valentía. La Transición, por ejemplo, fue un pacto de Estado. Un pacto que ya ha quedado agotado, pero en ese momento implicaba que diferentes actores cedieran en sus ideales para llegar a un acuerdo histórico.

Se dice, sin decirse, que el problema estructural que afronta el Estado es el conflicto independentista. Aquí, el más valiente de todos seguramente debería ser el PSOE, que tendría que enfrentar no solo a parte de su electorado, sino a su propio partido y al establishment que, ahora sí, lo apoya. Es por ello que, desgraciadamente, este sea el escenario más difícil de todos. Pero los partidos independentistas también deben aceptar una realidad seguramente triste por sus electores: que la independencia se deberá trabajar, y hasta que no llegue, la mejor manera de hacerlo es mantener sus instituciones, lo que el pacto de las élites es muy probable que no respete.

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