Las relaciones tóxicas entre partidos políticos y movimientos sociales

Es necesario que todos tengan claro su espacio. Un partido político no es un movimiento social. Aunque sus militantes formen parte de otros moviminetos, su papel y naturaleza es otra. En el momento en que no están claras las líneas de demarcación entre sociedad civil y política institucional es cuando aparecen relaciones tóxicas

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Male hand holding loudspeaker. Vintage vector black engraving illustration for poster, web. Isolated on white background.

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A raíz de la crisis económica, social y política de 2008 se abrió una ansia anti política en nuestra sociedad, en parte recogida por algunos sectores del 15M, donde se acusaba a los políticos de ser una casta corrupta, una secta vertical y anti democrática, con el único objetivo de perpetuarse en sus cargos y privilegios. Esta visión, llevada en algunos casos al extremo, no diferenciaba entre derechas e izquierdas, entre poder y oposición, entre corruptos y honrados, ni entre cargos electos que llevaban 30 años viviendo de un sueldo público y militantes anónimos que nunca habían cobrado ni un centavo y que dedicaban su tiempo libre a mejorar el mundo.

En contraposición maniquea a la “casta política” se presentaba una visión romántica y bucólica de los movimientos sociales, como algo horizontal, desinteresado, movido por puro idealismo y sin ninguna relación con el poder político.

La realidad sin embargo, es infinitamente más compleja y llena de matices que esta burda simplificación. Yo mismo hace años que formo parte de movimientos sociales y de partidos políticos a la vez y nunca lo he sentido como una contradicción, en absoluto. He conocido a personas comprometidas y también algunas que van de flor en flor en los dos lugares. He visto luchas por el poder y por el cargo en partidos, sí, pero también en movimientos sociales y que, por su virulencia, serían dignas de Juego de Tronos.

Por suerte, esta visión tan bipolar ha terminado desdibujando en el momento en que muchos activistas sociales han dado el salto a la política. Han asumido cargos y han formado partidos con estructuras democráticas, más o menos jerarquizadas. También los partidos más antiguos se han renovado y asumido estructuras más participativas, transparentes y horizontales; ¡incluso el PP ha hecho primarias!

Finalmente parece que todo el mundo ha acabado asumiendo que los partidos y los movimientos sociales no son enemigos mortales, sino dos elementos de la sociedad que han de mantener una relación dialéctica. ¿Cómo debería ser esta?

Para empezar, hay que todo el mundo tenga claro su espacio. Un partido político no es un movimiento social. Aunque sus militantes formen parte de otros movimientos, lo que está muy bien, su papel y su naturaleza es otra. Los partidos se presentan a las elecciones, ocupan las instituciones y gestionan presupuestos públicos, entre ellos subvenciones públicas. En el momento en que no están claras las líneas de demarcación entre la sociedad civil y la política institucional es cuando aparecen las relaciones tóxicas.

El ejemplo más clásico de relación tóxica entre partidos y movimientos es el conocido como clientelismo. El típico caso de un ayuntamiento gobernado durante décadas por una misma fuerza política, donde las subvenciones a las entidades se dan de forma discrecional a cambio de que sus activistas no protesten ante las decisiones del alcalde.

Pero no sólo los partidos que llevan muchos años en el poder tienen relaciones tóxicas con los movimientos sociales. ¡En absoluto! Algunas formaciones, presuntamente revolucionarias, creen que su papel es hacer de gurús y de guiás espirituales a los movimientos sociales, entrando dentro, ocupando los cargos más visibles y orientando su estrategia de forma que sea beneficiosa electoralmente a su partido. Para ellos, los movimientos sociales no son más que un ramado de ovejas descarriadas a la búsqueda de un pastor, así como una pecera donde ir a pescar militantes para sus listas. Esta estrategia parasitaria es nefasta para los movimientos sociales, que se ven convertidos en una muleta subalterna de una campaña electoral, anulando por completo su independencia, capacidad crítica y transversalidad, acabando por fagocitar todos aquellos activistas que forman parte de otra formación política, o de ninguna.

También encontramos el curioso caso de movimientos sociales creados y controlados directamente por un partido, de forma más o menos disimulada, como una estrategia de marketing para abrir y ampliar su base de votantes. Algunos partidos, tanto de derechas como de izquierdas, tanto nuevos como viejos, tanto españolistas como independentistas, tienen a su alrededor una serie de plataformas supuestamente cívicas como segunda marca, ya que, debido al descrédito de la política profesional y la mitificación del activismo, muchos ciudadanos nunca irán a un mitin de un partido, pero si a un acto de una entidad social.

Cuando un movimiento social reúne mucha gente en un acto o una manifestación, resulta una tentación, a menudo irresistible para los partidos, convirtió aquel éxito en votos y aquella movilización en una estrategia electoral. Estoy harto de ver diputados y concejales dándose codazos para aguantar una pancarta y salir en la foto de una movilización, apartando de las cámaras a empujones a los activistas que lo han organizado. Y siempre habrá el caso de algún trepa que pretenderá convertirse en portavoz de una causa, pensando sólo en acabado ofrecerse al mejor postor que le ofrezca un lugar en una lista.

Para evitar estos casos de relaciones tóxicas, los partidos simplemente deben actuar con transparencia y honestidad teniendo muy claro cuál es el lugar de cada uno. Los parlamentarios deben acompañar, escuchar e interlocutar con los movimientos de igual a igual, escuchando sus demandas y atendiendo aquellas que crean oportunas. Sin paternalismosdirigismos, ni un protagonismo innecesario. En todo caso, el rédito en las urnas lo sacarán si son capaces de escuchar y llevar a cabo las propuestas de las entidades mejor que sus adversarios electorales.

Y por parte de los movimientos sociales hay que protejan como un tesoro su independencia y transversalidad, poniendo por sobre sus objetivos y causas por encima de cualquier batallita partidista, ya que ellos tienen la suerte de no tener que presentar a unas elecciones y tienen unos tiempos y unos ritmos completamente diferentes. En todo caso, de cara a unas elecciones, pueden hacer una tabla comparativa entre los diferentes programas explicando objetivamente qué partido recoge mejor o peor sus demandas.

Finalmente, aquellas personas que tenemos un pie en un partido y el otro a mil entidades, es imprescindible que tengamos claro qué sombrero llevamos en cada momento, dejar nuestro carnet en la puerta de un movimiento y ser capaces de trabajar con personas que nunca votaríamos, pero con las que podemos estar de acuerdo sobre una causa concreta.

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Sobre Arqueòleg Glamurós

Roger Molinas, arqueòleg. "Busco en el passat eines per entendre el present i transformar el futur. També sóc treballador precari, activista social, polític i digital en mill lluites i autor del llibre ‘Patrimonicidi’" Contacto: Twitter | Más artículos

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