Entrevista a Josep Ferrer | Presidente de la asociación de ex rectores Col·lectiu Laude

“Las clases populares están desertando de la universidad porque es cara y ha dejado de ser un ascensor social”

Josep Ferrer es el primer presidente de la Asociación Col·lectiu Laude, formada por los ex rectores de las universidades catalanas y que se presenta la semana que viene con la voluntad de ser una herramienta de defensa del compromiso social de la universidad.

Víctor Saura
 
 
 
Josep Ferrer | Fotos: Víctor Saura

Josep Ferrer | Fotos: Víctor Saura

Josep Ferrer Llop (Barcelona, 1941) es ingeniero industrial y catedrático de matemática aplicada de la UPC, universidad de la que fue rector entre los años 2002 y 2006. Un rector atípico, dada su larga trayectoria psuquera y sindicalista. Más recientemente, Ferrer ha sido el impulsor de la 1ª Convención Ciudadana sobre la Universidad Catalana, que tuvo lugar hace un año, y el próximo 17 de abril se presenta la Asociación Col·lectiu Laude, formada por antiguos rectores de las universidades catalanas, con Ferrer en la presidencia. Una asociación que, según explica, nace para defender el compromiso social de la universidad y tal vez también para decir cosas que quizás los rectores en ejercicio no pueden decir. Cada año plantearán un tema de debate, y el primero será la necesidad de redefinir la relación entre universidad y formación profesional.

Permítame que no sea muy original y empiece preguntando por la financiación. ¿Cómo lo tenemos?

Hay muchos estudios esencialmente sobre dos cosas: el porcentaje del PIB que se destina a universidades e investigación, y qué parte es aportación pública y qué parte privada, en la que entran las tasas y los convenios con las empresas. El aspecto positivo de los convenios sería que estimulan la relación de la universidad con el sector productivo, pero también hay un aspecto negativo, y es que se tiene que evitar que la universidad quede condicionada por esta colaboración, es decir, que la universidad desatienda la parte de investigación de transferencia que no genere ingresos vía convenios, bien porque sea investigación básica o bien porque implique sectores con poco poder adquisitivo, por ejemplo porque son sectores de la economía social. Caer en esto sería caer en la mercantilización de la universidad.

¿Esto ocurre? ¿Se dejan de hacer cosas porque no dan dinero o prestigio?

Claro que pasa. Quieras o no, somos humanos. Si un grupo de investigadores tiene que elegir entre hacer una cosa que no tendrá reconocimiento ni recompensa económica y una que sí lo tendrá, pues de una manera muy natural elegirán la segunda. A parte, de cara a llegar a ser catedrático, los convenios con empresas cuentan y en cambio la actividad investigadora que no tenga esta formulación es más difícil de justificar, de explicar y de materializar. Esto tiene una segunda derivada, que es que a veces lo que el sector productivo pide a través de los convenios es académicamente de poco interés, porque tenemos un sector productivo que no está vinculado a la innovación sino que está muy vinculado a la competencia por precios, y entonces la universidad hace cosas que no tendría que hacer. Con un doble sentido. La universidad se tendría que centrar en temas de investigación de nivel y no bajar a lo que son simples análisis, ensayos, prácticas elementales… Esto no es misión de la universidad, y además cuando lo hacemos entramos en competencia desleal respecto a empresas de consultoría que sí que tienen esa finalidad.

Determinados sectores sospechan de cualquier presencia del mundo de la empresa en la universidad.

Este es un debate con el que nos encontramos cada dos por tres. La reacción más simplista es decir que no tengamos ninguna relación con las empresas y por lo tanto no tendremos tentaciones de hacer cosas mal hechas. Yo soy de los que defiendo esta colaboración, pero muy regulada y muy vigilada. De hecho, yo puse en marcha el centro de supercomputación de la UPC con IBM. Sin IBM no lo hubiéramos podido hacer, no teníamos ni el dinero ni la capacidad tecnológica para hacer el supercomputador Mare Nostrum. Ahora bien, la regulación fue exhaustiva, hay un pliego de condiciones muy extenso para asegurar que la universidad no se dedique sólo a hacer el que IBM quería hacer.

Vamos a la otra parte de la financiación privada, que todavía levanta más polémica: las tasas.

Soy de los que defiendo, y no estoy solo, que tenemos que ir hacia las tasas gratuitas. No hay ninguna otra manera de garantizar la igualdad de oportunidades. Todos los sucedáneos, como decir que pondremos muchas becas o facilitaremos el crédito, no funcionan. Tenemos una enorme insuficiencia de becas en cantidad y en calidad, puesto que como mucho cubren las tasas de matrícula, pero los desplazamientos, el alojamiento… Son dificultades añadidas que las becas no cubren. La única manera es ir a las tasas gratuitas. Creo que en esto hay un consenso muy amplio, y se recoge a las conclusiones de la 1ª Convención Ciudadana sobre la Universidad Catalana, subscritas por todos los partidos políticos, sindicatos, patronales y muchas entidades y colegios profesionales.

¿Si hay tan consenso por qué no se hace?

Por una dificultad presupuestaria. La realidad es que yo cuando era rector tampoco lo podía aplicar. La Generalitat sabe que las subvenciones públicas son insuficientes y por lo tanto las universidades no pueden prescindir de las tasas. Entonces entramos en sucedáneos de tasas progresivas según nivel de renta, becas, excepciones… pero todo esto son parches que no llegan a garantizar la igualdad de oportunidades, y lo que está pasando es que volvemos a un cierto elitismo económico. Las clases populares ven las dificultades económicas de acceder a un título universitario, porque cuesta dinero, más todavía si suspendes alguna asignatura, primero se tiene que hacer el grado y después el máster, y si a esto añades que hoy tener una titulación universitaria ya no es garantía de una buena salida laboral… pues esto está provocando una deserción de las clases populares respecto a la universidad. La universidad está dejando de hacer esa función de ascensor social.

Hay quien afirma que lo que pagan los estudiantes es una parte muy pequeña de lo que cuesta su formación.

Este discurso es en parte cierto, pero también es una falacia porque nadie sabe exactamente qué parte representa del coste. Todas las cifras son intuitivas. Y además el coste de la universidad es una parte de docencia y otra de investigación. ¿El estudiante tiene que cubrir la investigación?

Supongo que no.

Pero es que la investigación representa dos terceras partes del coste de la universidad. Por lo tanto, si del presupuesto de la universidad le restas dos terceras partes, las tasas universitarias ya representan casi el 100% de la tercera parte que queda. Son un 25% sobre el total, no sobre la parte de docencia.

También dicen que el copago ayuda a que se valore más el servicio que se recibe.

Esta sería otra, preguntarnos si queremos que los servicios públicos traigan o no copago. Este es un debate general sobre todos los servicios públicos. En el caso concreto de la universidad hay este factor añadido de ascensor social de cara a la igualdad de oportunidades. Por lo tanto, el discurso de decir sólo pagas una pequeña parte, cuantitativamente es engañoso y cualitativamente estás introduciendo un copago en un servicio público que como consecuencia elimina a buena parte de las clases popular del acceso a la universidad.

¿La universidad se pregunta por qué ha dejado de hacer de ascensor social y por qué sus títulos ya no son garantía de salida laboral?

Se lo pregunta, pero esto tiene una doble respuesta. Una, la universidad tiene que tener en cuenta las demandas del mercado laboral, pero no sólo. También tiene una finalidad de realización integral, de expandir el conocimiento, de aumentar el nivel de capacitación profesional de las personas, aunque después lo apliques a tu profesión o no. Es el mismo debate de hace cien años sobre la alfabetización. ¿Tenían que aprender a leer y escribir sólo quienes lo necesitaban profesionalmente, o leer y escribir tenía un componente de desarrollo cultural y personal que lo hacía importante aunque fueras un payés o una mujer? Estamos en la misma situación. En la sociedad del conocimiento todo el mundo tendría que tener una formación terciaria, hasta los 20-22 años, para garantizar este grado de desarrollo. Y después hay un segundo debate sobre la calidad de nuestro mercado laboral. Si tuviéramos un mercado laboral de muy alta calificación entonces la universidad tendría que estar más al tanto. Pero resulta que no es así. Un ejemplo: nuestro sector productivo no demanda doctores. ¿Esto quiere decir que en la universidad no tenemos que hacer doctores? El defecto es del sector productivo, no de la universidad.

Si el mercado laboral busca en la universidad será porque no encuentra en la formación profesional…

Hemos entrado en una dinámica en que la FP superior no tiene ni el reconocimiento social ni el económico que debería tener. Y esto contamina, porque la gente se mete en la universidad sólo por este reconocimiento social. Si potenciáramos la FP el mercado laboral se sentiría mucho mejor atendido. Esta es una asignatura pendiente. Que la FP superior se asimile en prestigio a la universitaria.

Que sea también un ascensor social.

Exactamente. Aquí hay un debate no iniciado. O se crea una FP superior desde la secundaria que llegue hasta más arriba, o seguimos haciendo lo que hemos hecho hasta ahora, que es irla integrando dentro de la universidad. Es lo que ha pasado con las enfermerías, las logopedias, las ópticas… Pero claro, esto crea tensiones internas, porque conviven dentro de la universidad titulaciones con expectativas de investigación, doctorado y por lo tanto de alto nivel académico con titulaciones muy enfocadas hacia el ejercicio profesional de calificación no tan elevada. Las tensiones se crean porque puedes estar gastando profesorado de alta calificación e infraestructuras de alta calificación para situaciones que no lo requieren, y además las enfermeras o los ópticos después sienten que ellos no pueden gestionar su misma escuela porque si no son doctores no pueden ser directores del centro.

Veo difícil que lo que ya es estudio universitario deje de serlo.

Una segunda opción es la alemana, cuya universidad tiene una doble estructura: las universidades de investigación y las universidades de formación profesional. Y la universidad tiene que tener una doble escalera de profesorado. Y por lo tanto los profesores de óptica o enfermería no tienen que ser catedráticos sino que pueden ser otra cosa. Pero esto requiere cambiar la universidad, se tiene que escindir internamente la parte que hace investigación de la que no lo hace. O sea, o la formación profesional superior tiene vida propia fuera de la universidad, y por ejemplo devolvemos la enfermería, o si esto ya es irreversible entonces les tenemos que incorporar a todos pero entonces la universidad se tiene que organizar en dos tipos diferentes de universidad. Si no abordamos este tema no conseguiremos que todos los jóvenes de 20 años lleguen a la formación terciaria y por lo tanto no conseguiremos esta sociedad del conocimiento

¿Esto se puede hacer sólo en Cataluña o hay que llevar este debate en Madrid?

Nosotros lo planteamos por Cataluña. Nuestro trabajo es decir cómo se tendría que reorganizar esto. Hasta qué punto lo permite el Estatut o la Constitución, esto ya no es trabajo nuestro.

El mercado laboral quizás no demanda doctores, pero demanda muchos másteres. ¿Es exagerada la eclosión en la oferta de másteres?

Hay una cierta mitificación. En especial en los másteres de gestión empresarial, casi parecía que sin un MBA ya no podías ejercer en el sector productivo, ni de ingeniero, ni de economista ni de nada. A partir de aquí del máster se ha hecho un mito, y ahora todo tienen que ser másteres. Supongo que es un pequeño bluf que se irá reconduciendo.

Pero es que la cantidad de másteres es ingente. Para un estudiante de secundaria cada vez es más difícil entender por dónde tiene que andar.

Es cierto. Vas al Salón de la Enseñanza y no sabes qué hacer. Antes en la UPC o hacías caminos, o telecos, o informática, o arquitectura o industrial. Ahora hay una cantidad de grados, especializados, no especializados, mixtos, que para el pobre estudiante es un lío. Algunos tienen continuación hacia máster. De una manera solapada persisten los clásicos; por ejemplo la clásica ingeniería industrial, pero tienes que saber que ahora es el grado en tecnologías industriales que continúa con el máster de ingeniería industrial. Pero después tienes un aluvión de otras posibilidades que realmente marea. Hemos llegado a una proliferación excesiva.

Promovida por las mismas universidades.

Por la necesidad de captar estudiantes. En algún momento habrá que volver a pensar en clave de sistema universitario catalán. La creación de nuevas universidades ha sido satisfactoria para el país, pero se ha creado una dinámica de competencia entre ellas y que cada cual haga todo lo que pueda para llevarse más estudiantes y para tener más éxito que la de al lado. Esto ha creado una sobreabundancia de ofertas de titulación, duplicidades y yo creo que ahora tenemos que volver a la visión de sistema universitario catalán. Este sistema tiene que competir con otros sistemas universitarios, pero tenemos que evitar la competencia interna. Somos 7,5 millones de habitantes, esto da para un sistema universitario completo, pero no para una competencia interna. Y que por lo tanto la visión de qué títulos se ofertan no dependa tanto de la propia universidad sino que haya un organismo de ámbito catalán que simplifique y racionalice el mapa de la docencia. Que diga: “Esto, esto y esto es prácticamente lo mismo, o lo hacéis compartidamente o tú haces esto y tú aquello, pero no hacéis los tres las tres cosas”. Esto ya se planteó hace años en el libro blanco de la Universidad.

¿Esto no atentaría contra la autonomía universitaria?

La autonomía universitaria tiene un sentido académico, es decir, libertad de pensamiento, y organizativo, me fijáis los objetivos y las competencias profesionales de estos estudios y yo me organizo el plan de estudios. Pero se ha añadido un tercer aspecto que no es autonomía universitaria, que es actuar como si cada universidad fuera una empresa que compite con las otras. La autonomía universitaria no es que yo haga el que me dé la gana. Tus objetivos y tu campo de actuación no lo determinas tú solo sino el conjunto del sistema.

Otro problema de la universidad es la gran cantidad de profesores con salarios muy bajos. Ya se habla de “profesores pobres”. ¿Cómo es esto?

Es una barbaridad. Cuando yo empecé teníamos el problema de los penenes (profesores no numerarios) y tuvimos una batalla para dignificar su situación. Cuando ya parecía que habíamos conseguido una carrera académica más o menos organizada y con profesorado estable la crisis lo ha echado todo a perder. Estamos volviendo a marchas forzadas hacia la situación anterior, en la que todo el profesorado que se jubila –muchos antiguos penenes– no es sustituido por profesorado del mismo nivel sino con contratos de la más baja precariedad. A parte de que son contratos de dudosa legalidad. El resultado es que hay una cantidad muy importante de profesorado con sueldos muy bajos, poca estabilidad y pocas expectativas, y esto significa que la universidad se ha empobrecido desde el punto de vista de profesorado. La pena es que nosotros habíamos heredado una universidad académicamente nula, la habíamos conseguido dignificar, habíamos conseguido formar una nueva generación de profesorado como nunca lo habíamos tenido, con contactos en el extranjero e investigaciones muy potentes, y ahora lo que hemos hecho ha sido expulsar a esta generación. Como país estamos a punto de un descalabro, porque no sólo es un problema laboral de estos profesores sino que es un problema de calidad universitaria. Una universidad no puede funcionar cuando un porcentaje elevadísimo de profesorado no tiene ninguna expectativa de promoción.

¿Entonces qué hay que hacer, modificar la legislación?

No, la legislación está bastante bien. En Cataluña hemos conseguido que la vía laboral sea equiparable a la vía funcionarial, y que por lo tanto se pueda llegar a los mismos niveles por las dos vías. La vía laboral permite un mayor control y evitar ciertas situaciones acomodaticias, pero el gran problema es que la reforma laboral ha hecho poco deseable esta vía y ahora tenemos dudas sobre si este proyecto de potenciación de la vía laboral continúa siendo vigente o no. Y otra cosa que no tiene prácticamente nadie en el mundo es que los tribunales de selección para todos los niveles actúan después de una fase de acreditación. Todos los aspirantes a ser profesor contratado o lector o agregado o titular o lo que sea, antes de presentarse a un concurso, tienen que pasar unas acreditaciones que hace la Agencia de Calidad Universitaria, de tal manera que si no tienes unos mínimos acreditados ni siquiera puedes presentarte a aquella plaza. Esto es una herramienta esencial contra la endogamia. Por lo tanto, la legislación es buena. ¿Pero qué pasa? Pues que a la hora de aplicarla, si no tienes presupuesto, lo que estás haciendo es hinchar ilegalmente una enorme bolsa de profesores que no llegan ni a los mil euros al mes y con una situación absolutamente precaria de que este año te contrato y este año no, este año das clase aquí y este año allá. Una cosa absolutamente terrible. Pero conviene saber que la batalla legal la hemos ganado.

Por lo tanto, lo de siempre, no hay presupuesto.

Ahora tienes a muchos profesores acreditados, y que por lo tanto están homologados como posibles candidatos a catedráticos o a titulares o agregados o lo que sea, pero las universidades no tienen dinero para sacar plazas. En el momento que haya dinero este profesorado dejará de estar en situación precaria. Esto se acaba en pocos años si se les da dinero a las universidades. Es un problema exclusivamente de dinero, no de regulación.

Ya hace 15 años del Plan Bolonia. ¿Qué balance se puede hacer?

El Plan Bolonia se presentaba como un plan de homologación europea de titulaciones y por lo tanto posibilitar la movilidad dentro de Europa. Desde este punto de vista, nada que decir. Junto a esto se añadieron unas reformas metodológicas, con más prácticas y autoaprendizaje, clases más reducidas, aprendizaje por competencias, etc. Esto no lo decía Bolonia, era un invento absolutamente español, desde sectores vinculados a la pedagogía, que aprovecharon el plan Bolonia para introducirlo. Y después había un tercer aspecto, que es al que yo me oponía radicalmente: la mercantilización. Bolonia tenía unos componentes que no figuraban en los primeros documentos, y que progresivamente se fueron incorporando, de vincular la docencia hacia las exigencias del mercado laboral y la investigación a la comercialización. Esto pasó porque a finales del siglo XX la universidad y el sistema productivo se acercaron por primera vez a la historia.

¿Por primera vez?

La primera y la segunda revolución industrial se hicieron fuera de la universidad. A partir de mitades del siglo XX se empieza a ver que los niveles de investigación necesarios sólo los puede hacer la universidad, y cuando ya entra la electrónica y la informática la confluencia se hace inevitable. Llega un momento en que se dice que la universidad tiene que tener un compromiso social. ¿Pero cómo hacerlo posible? Hay dos posibilidades. Si quieres que confluyan la universidad y la empresa, una posibilidad es transformar una universidad en una empresa, y por lo tanto pasa a regirse por las leyes del mercado y con unos sistemas de gobierno que atienen a los objetivos de rentabilidad. Con unas carreras profesionales que no se basan en méritos académicos sino en capacidad de atracción de dinero. Esto se materializa en el informe del Banco Mundial de 1994, en que se plantea que por primera vez que la universidad se integre en el sistema productivo. Ante esto, la Unesco (Paris 1998) reacciona y dice que la universidad tiene que hacer esta función adicional de compromiso social pero desde su propia autonomía y de igual a igual. El Banco Mundial y la OMC no aflojan, continúan batallando, echan a Federico Mayor Zaragoza y poco a poco la Unesco se va debilitando y el debate se equilibra. El resultado es que Sudamérica y los países anglosajones derivan mucho hacia un modelo mercantilista, mientras que Europa conserva bastante el modelo de universidad autónoma respecto al sistema productivo. Entonces ven Bolonia como la oportunidad de doblegar esta resistencia. Y es por eso que algunos decimos “¡alerta!, esta Bolonia de ahora no es la inicial”. Por lo tanto, estoy de acuerdo con la Bolonia de la equiparación, tengo dudas sobre los temas metodológicos y creo que se tendrían que tratar por separado, y de ninguna forma quiero que se aproveche esto para colar la mercantilización… Como pasa siempre había gente, especialmente estudiantes, que estaban contra Bolonia y gente como yo que decíamos que estábamos contra la parte mercantilizadora de Bolonia, no contra el todo. Y este discurso es más difícil de explicar.

Los matices, siempre.

Por eso hay que distinguir. Si Bolonia implica tres cosas, puedo estar a favor de una de ellas o de dos o de ninguna o de las tres, no necesariamente todo o nada. Por eso el debate fue muy confuso.

¿Y cuál ha sido el resultado final?

La parte de internacionalización ha progresado desde el punto de vista teórico, porque a la práctica pasa lo mismo: sin dinero los intercambios internacionales también quedan limitados. La equiparación ha sido muy positiva, y por tanto esto ha funcionado bastante bien. El aspecto pedagógico se ha reconvertido y ahora no se aceptan acríticamente todas las propuestas que allá se aceptaban, y por tanto se ha visto qué funciona y qué no, y se ha reconducido sobre qué innovaciones pedagógicas se tienen que hacer sin dar saltos al vacío. Y pervive el tema de la mercantilización, aunque ya no dentro de Bolonia.

O sea que este debate hubiera llegado igual, con o sin Bolonia.

Bolonia fue un vehículo para intentar colar la mercantilización, pero no coló, y por lo tanto ahora tenemos los tres debates separados. Y en cuanto al debate mercantilista, una vez se ha situado fuera de Bolonia, y por lo tanto estrictamente como mercantilista, es más difícil de vender y provoca que los mercantilistas estén perdiendo. Las propuestas mercantilistas continúan existiendo, pero son muy pocos quienes las defienden y continúan batallando.

¿Gente de dentro o de fuera?

De dentro y de fuera. Había una presión muy fuerte de fuera, originada por el hecho de que la iniciativa privada no ha sido capaz de impulsar universidades privadas que puedan competir por calidad con las públicas. Es decir, puesto que nuestras universidades no pueden hacer ingenieros, hacemos que las escuelas de ingenieros públicas trabajen para nosotros, vamos a apropiarnos de las universidades públicas para que sirvan a nuestros intereses. Esto lo hemos frenado bastante.

La metodología iba muy ligada a un incremento de burocracia, por lo que recuerdo.

Cómo siempre pasa, esto se ha ido atenuando y han quedado las partes positivas. Era una cosa infumable, pero es cierto que de resultas de esto los sistemas de aprendizaje no son tan unidireccionales y dan más protagonismo al estudiante, y además las nuevas tecnologías lo permiten; es decir, de aquello se ha aprovechado algo, y también hay una parte que no se ha podido aplicar porque aquellos métodos, con grupos muy reducidos, muchas tutorías, etc, requerían una disponibilidad de profesorado muy superior.

¿Más control de la calidad docente, también?

Después de la Transición el problema fundamental de la universidad es que tenía muy mala docencia y muy mala investigación, pero lo que era más difícil de remontar era la investigación. Los penenes tenían una voluntad docente muy clara, el problema era cómo estimular la investigación. En la época de Maravall y del PSOE se crearon estos estímulos, que son los famosos sexenios de investigación, que es que cada seis años uno es evaluado por la tarea de investigación que ha hecho y si es evaluado positivamente tendrá un plus económico, por lo tanto se podían conseguir aumentos de sueldo no por opositar a una plaza superior sino por publicar un cierto número de artículos a lo largo de seis años. También hubo dinero para ir a Congresos, para hacer proyectos, estancias en el extranjero, etc. Y esto fue el gran boom de la investigación. Y así es como en España, y especialmente en Cataluña, pasamos de la cola al top ten. Por lo tanto esto ha tenido unos efectos brutales, pero siempre con sus perversiones.

¿Qué quiere decir?

Hay ramas de la ciencia en las que la evaluación de las publicaciones es más difícil. En materias como la física o la química o las matemáticas está muy claro. Pero qué es hacer investigación con arquitectura ya es más difícil ¿Hacer un edificio innovador es investigación? En física está muy claro cuáles son las revistas donde se tiene que publicar para que cuente como investigación. Pero, por ejemplo, ¿con lengua catalana cuáles son las revistas que te acreditan que si se publica allá es una investigación lingüística? Por lo tanto el problema es que cualquier sistema de evaluación no es fácil de aplicar en según qué ramas. Y después genera una cierta adaptabilidad, el profesor se adapta a los criterios de evaluación. Es decir, que si me cuentan el número de páginas de cada artículo haré artículos largos. Si me cuentan el número de artículos y no las páginas los dividiré en dos y tendré el doble de artículos con las mismas páginas. Si cuentan que el artículo sea compartido con otros profesores buscaré coautores. Si dividen el número de páginas por el número de autores buscaré firmar solo. Por tanto, siempre puedes criticar que el sistema de evaluación es imperfecto. Y por tanto tenemos muchas publicaciones pero no está claro que la calidad se corresponda con la cantidad.

¿Y los profesores que no hacían investigación?

Cómo que por la vía de la investigación tenías ingresos adicionales la docencia dejaba de interesar, y por tanto dedicarte a hacer apuntes o a renovar los programas o a atender a los estudiantes no te daba una retribución adicional. Entonces se crearon unos quinquenios docentes, pero a la hora de la verdad se daban a prácticamente todo el mundo. Esto ha provocado un cierto menosprecio de la docencia. Y por lo tanto Bolonia tuvo ese aspecto positivo de devolvernos la preocupación por la docencia, y ahora estamos en la situación en que, un poco gracias a Bolonia, se revaloriza la docencia.

Y el control del docente.

Antes no había ningún control. Todas las universidades, a nivel mundial, tienen dificultades para controlar y evaluar la docencia, es mucho más fácil evaluar la investigación que la docencia. Se hacen encuestas a los estudiantes, pero con todo es un problema no resuelto.  Pero como mínimo la preocupación está ahí. Y los estudiantes son más exigentes. Lo que pasaba hace años, de profesores que no iban a clase o que se estaban dos meses sin entregar unas notas, esto ahora es impensable. Y sigue sin haber control, simplemente se ha creado el ambiente de cumplimiento. Pero por aquí todavía hay mucho trabajo por hacer.

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