La trilogía de Encarnació

Si giramos a la derecha veremos cómo los residentes son unos privilegiados al habitar un paraíso anónimo salvo para los valientes capaces de superar la monotonía de la recta y adentrarse en lo inexplorado al alcance de todos

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

La zona del Baix Guinardó fue un inmenso territorio rural hasta el primer franquismo, cuando la urbanización disparatada de la ciudad exigió cubrir cualquier rincón con cemento, no fuera a resfriarse.

Sin embargo, debe decirse que la mayoría de ayuntamientos democráticos tampoco se preocupan en exceso por conservar espacios singulares. El otro día caminaba por el torrent del Lligalbé y vi su granja tapiada, signo inminente de una muerte anunciada. De este modo, y muchos vecinos lo toman con resignación ante la eterna ignorancia de los gobernantes, desaparecerá otro enclave fundamental para crear barrio y forjar identidad. Una vez diga adiós le seguirán los pasajes de Boné y San Pere, carne de demolición y maltratados, un clásico básico, para facilitar el trabajo de la piqueta.

Por suerte la vida es un poco como Astérix y siempre existe un poblado de irreductibles galos. Para dar con él debemos empezar a caminar por el carrer Encarnació, cuyo tramo inaugural nace en Lepant desde los años setenta del siglo pasado, pues durante decenios los pasajes citados con anterioridad taponaban la extensión de esta vía rápida. Lo curioso, en una zona donde también tuvo mucha incidencia la presencia del viejo estadio del Europa, es que en el número 177 encontramos un edificio datado en 1920, destacado al sacar dos cuerpos a una serie de pisos casi de nuevo cuño.

Esa rareza no debe desviarnos de nuestra explicación. Hasta 1940, perdonen la acumulación de fechas, Encarnació iniciaba su recorrido en la esquina con Alcalde de Móstoles, calle surgida con el furor urbanístico de la posguerra. Unos metros más allá, acercándonos a Pi i Margall, vemos una pequeña puerta hacia un terreno en ligera subida concluido de forma abrupta por la parte posterior de varios inmuebles.

Hasta hace unos años no me atreví a abrirla para adentrarme en el passatge de l’Encarnació, trecho central de un reducto compuesto por otras dos callecitas que conforman una trilogía. De este modo el passatge se acompaña de un pas y un passadís para configurar una especie de interior de isla forzada, pues la planimetría muestra como florecieron antes de verse rodeados por las moles de Alcalde de Móstoles y Pi i Margall, que no completó su avance hasta la actual Ronda Guinardó hasta bien pasado 1950.

La formación de las tres callecitas, que en cierto sentido puede recordar a los pasajes de Pau Hernández y Faustino León desde otra dimensión geográfica, partió en 1910, cuando se construyó la primera casa, sita en el número 9, una modesta villita con ecos del modernismo austero propio de las zonas alejadas del centro. Más tarde, sobre todo en los años veinte, el panorama se completó para paliar lo que quizá fue su situación anterior. En la Vanguardia del 5 de octubre de 1924 se nos informa del derribo de dos barracas en el pasaje. En 1925 urge vender un solar de 7×20 y al año siguiente se ofrece una torre con dos viviendas por el nada módico precio de veintiséis mil pesetas.

 

Nuestro amigo el catastro ha sido de gran ayuda a la hora de concretar el progreso edilicio en el paraje; recomendamos saborearlo desde otra puerta situada tras pasar la casita del 155 de Encarnació. Al lado hay unas escaleras que dan acceso al pas, mágico por sus parras adosadas a los muros y el juego propuesto en forma de laberinto. Si giramos a la derecha veremos cómo los residentes son unos privilegiados al habitar un paraíso anónimo salvo para los valientes capaces de superar la monotonía de la recta y adentrarse en lo inexplorado al alcance de todos.

Cuando culmina el pas nos hallamos de lleno en el pasaje. Si lo ascendemos casi hasta su término observaremos la existencia de un cul-de-sac metamorfoseado en aparcamiento. Es el passadís de l’Encarnació.

Lo curioso de este tríptico es la resistencia de su propia Historia. Es un terreno casi inexistente para las fuentes. Al menos podemos intuir que la valla de entrada se colocó a finales de los años sesenta a partir de la Gaceta Municipal de Barcelona, donde el 10 de septiembre de 1971 se nos habla de su instalación, improcedente porque el lugar está abierto, algo importante incluso hoy en día, para el tránsito público. Si pasan por ahí no tengan miedo y paseen. Nadie se lo prohíbe.

El otro aspecto entre entrañable y misterioso es su supervivencia, basada en aceptar modificaciones constructivas y mantenerse en sus trece pese a la constante invasión de ladrillo. La cartografía nos indica que durante su infancia moría en su trazo superior en una senda rural limitada por el carrer Sardenya y justo por debajo del legendario camino de la Legua, desaparecido como tantos otros por la abertura de la ronda del Guinardó.

Este viaducto aterrorizó durante decenios a los vecinos por tanta polución emanada e incrementada por el túnel de la Rovira, otro monstruo destructor de masías y tradiciones pretéritas, como si no hubiera bastado cargarse todo el entorno campestre, como si esta área de Barcelona mereciera desdibujarse hasta caer en una amnesia impuesta de sus orígenes.

Por eso, además de por el placer de ofreceros la autenticidad inexistente en las guías, me gusta hablar de la trilogía de Encarnació. A veces, cuando escribo estas páginas, tengo miedo de ser el causante de una desgracia al quitar el velo a reinas que no han pedido salir a la luz pública. Si doy el paso es por la creencia de conversar con amantes respetuosas de la esencia, personas con mi mismo sueño. Conservar la diferencia para apreciar nuestra diversidad como una riqueza inexcusable. Los hechos, por desgracia, suelen desmentir mis anhelos.

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