La torre libro del Carmel

Para muchos barceloneses el Carmel no existe, sólo es un nombre lejano asociado con la miseria de unos años que, por suerte, ya quedaron atrás. Si nuestros ciudadanos se preocuparan más por esta parte elevada quizá descubrirían lo importante de su labor para conseguir una verdadera Democracia municipal.

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Torre Libro / JORDI COROMINAS

Torre Libro / JORDI COROMINAS

Para muchos barceloneses el Carmel no existe, sólo es un nombre lejano asociado con la miseria de unos años que, por suerte, ya quedaron atrás. Si nuestros ciudadanos se preocuparan más por esta parte elevada quizá descubrirían lo importante de su labor para conseguir una verdadera Democracia municipal. Ellos, junto a los habitantes de Torre Baró, fueron los que ocuparon en 1973 un pleno de la alcaldía porciolista para protestar ante el desbarajuste al que se veía sometido su barrio desde el final de la Guerra Civil. Consiguieron la dimisión de la pesadilla y mostraron su rostro al mundo, hasta entonces conocido por unos pocos lectores, felices por la denuncia clarísima que Juan Marsé expuso en su sensacional ‘Últimas tardes con Teresa’.

Marsé hizo de Pasolini en Barcelona. Su historia de amor entre las dos realidades de la capital catalana es inmortal, si bien poco sirvió para avivar conciencias. Parece como si la montaña pelada sólo sea noticia entre derrumbes y hundimientos. Algunos recordarán el producido por las obras del metro en 2005. Aún hoy en día, cuando paseo con mis alumnos por la zona, me sorprende el morbo que despierta esa anécdota, causante del famoso ‘Vostés tenen un problema i aquest problema es diu 3% de Pasqual Maragall’.

El barrio es mucho más que todo esto. Tiene nombre desde 1864, cuando se erigió la homónima ermita, hoy medio escondida entre la fealdad de la nueva iglesia preolímpica y la opulencia gastronómica del bar Delicias. Desde hace más de una década los vecinos superan las escarpadas rampas de su territorio con escaleras mecánicas y lo agradecen, pues les puedo asegurar el infierno de algunas de esas cuestas que antaño sirvieron a la Montesa para realizar las pruebas de resistencia de sus motocicletas. Las efectuaban en el carrer Llobregós, donde servidor se puso el mundo por montera la tarde de un domingo veraniego para sacar las fotografías que ilustran este texto.

Torre Libro / JORDI COROMINAS

Antes de llegar a Llobregós, una pendiente digna de la extinta Escalada de Montjuic, pasé por Horta, desde donde subí hasta la Rambla del Carmel, una de esas pifias previas a los Juegos. La inauguraron en 1988 y su aspecto asemeja al de un videoclip de David Bowie con exceso de tráfico y una partición demencial. Si uno llega a su final, o principio, encontrará un surrealista homenaje a las brigadas internacionales en las estribaciones del túnel de la Rovira, coronado en su parte superior por esas calles angostas con domicilios construidos por los pobladores de la cima, hombres y mujeres abnegados provenientes de todos los puntos cardinales que malvivieron en ese reducto infecto para el Franquismo, incapaz de proporcionar ningún transporte público hasta los años sesenta, quizá por eso el Pijoaparte robaba motos para volver a casa y, de paso, ganar algún que otro duro.

En el cruce entre la rambla y Llobregós, medio oculto tras una farmacia, luce el frontón del que fuera el Ateneu del Barri. No sé a quién se le ocurrió la remodelación de la principal avenida de nuestro paseo de hoy; puedo asegurarles que no había estudiado la Historia del Carmel, pues de otro modo su aspecto sería otro bien distinto. En cambio, quisieron crear un espacio con muchos referentes de izquierda, como la plaza Allende, un extraño entre de doble planta que sirve como contrapropuesta cada once de septiembre en homenaje al presidente chileno asesinado en 1973.

Vayamos al grano. Desde el siglo XVIII y hasta el fatídico 1939 proliferaron masías y fincas de veraneo. Había terreno libre para construir y la tranquilidad del entorno era más que pasmosa. Mercè Rodoreda nos lo recuerda en su Carrer de les Camèlies, pero tampoco hace falta recurrir tanto a la literatura. O sí.

Subo el tramo más salvaje. Sudo como un animal. Conozco lo que piso. Dejo atrás el mercado, una de las bocas de metro y aprieto los dientes antes de alcanzar las escaleras mecánicas que me conducirán a la calle del Hortal, excelente y estrecho mirador hacia mi objetivo del día. Respiro un instante, contemplo la visión de la Barcelona periférica, me distraigo pensando en la cerámica de la finca de la izquierda y procedo a sacudirme las gotas para admirar como se merece la Torre Libro, esa superviviente entre muros de cementos, inmensos bloques de piso y una estructura urbana marcada por mucha, demasiada especulación.

Carrer d’Hortal / JORDI COROMINAS

Es fácil imaginarla como una princesa solitaria cuando Antoni Maria Alcover (Manacor, 1862-Palma de Mallorca, 1932) decidió edificarla para transcurrir breves períodos en nuestra ciudad. Quién sabe si optó por este enclave mientras pensaba en el ejemplo medieval de la mare de Déu del Coll, en el carrer Santuari. Alcover es otra víctima de nuestra amnesia contemporánea. En 1906 impulsó el Primer Congreso Internacional de la Lengua Catalana, fue el primer presidente de la sección filológica del Institut d’Estudis Catalans y tuvo duros enfrentamientos con Pompeu Fabra, a quien consideraba un pésimo gramático.

Su memoria, repleta de amor a lo libresco, queda reflejada en la sencillez de su finca carmelita, aún envuelta en un silencio majestuoso. De ella, además de su soberbio estado de conservación, destaca el libro en el centro de su frontón, su simplicidad decorativa y la duda legítima de si la cambió con el paso de los años al tener un aire más noucentista que modernista, pero esa posibilidad debería quedar descartada ante los postulados propugnados por su propietario.

La torre, en la frontera entre Hortal y Fastenrath, vive su existencia en un secretismo que no debemos romper. Es una joya ajena al ruido y así debe permanecer. Contemplarla es un premio, un acicate para las piernas y un sueño para los ojos. Cuando la dejé atrás dudé en si acercarme a la masía de Can Mora, desde donde se divisa el aeropuerto, o rehacer el camino. El calor me desvió a la sensatez.

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