La ‘rebelión’ que no fue juzgada

Hoy hace 25 años el escritor y aristócrata José Luis de Vilallonga publicaba un artículo en ‘La Vanguardia’ en el que destapaba una trama para dinamitar el orden constitucional, provocar la caída del gobierno y la monarquía, y propiciar la instauración de la III República. El artículo tuvo un amplio eco, pero no se abrió ninguna causa judicial.

Víctor Saura
 
 
 
L'advocat i notari Antonio García-Tevijano | Foto: Youtube

L'advocat i notari Antonio García-Tevijano | Foto: Youtube

El 22 de agosto de 1994 La Vanguardia anunciaba en portada el asesinato de un agente de policía a manos de ETA, una fotonotícia sobre la fuga masiva de hutus ruandeses a lo que aún se conocía como Zaire, y la celebración de las primeras elecciones en México que podían suponer la derrota del eterno PRI (lo que finalmente no ocurrió). Pero la auténtica bomba informativa la llevaba en la página 13: un artículo de opinión de José Luis de Vilallonga, aristócrata (era marqués de Castellvell), actor y escritor que un año antes había publicado una biografía autorizada del rey de España, Juan Carlos I.

El artículo empezaba así: “Tengo en Madrid un par de informadores –uno de ellos es un ex agente del Mossad– que nunca me han fallado (…) Mis dos informadores me revelan la existencia de una confabulación que pretende desestabilizar al Gobierno, provocar la abdicación del Rey y proclamar una república de la cual sería presidente el ex notario y hombre de negocios Antonio García-Trevijano. Según mis informadores, los protagonistas de esta operación serían el susodicho García-Trevijano, un conocido medio de comunicación poco dado a los escrúpulos éticos y que cuando lo cree conveniente roza abiertamente el amarillismo, un personaje allegado a Alfonso Guerra cuyo nombre me reservo por medidas de seguridad y un ex banquero que financia regularmente las campañas antigubernamentales emprendidas por el citado medio. Todo esto suena a broma pero no lo es. Me dicen que Luis María Anson, entre otros, se lo toma muy en serio”.

Vilallonga apuntaba explícitamente como líder del complot al abogado Antonio García-Trevijano, un habitual en las tertulias y páginas de opinión de la prensa madrileña de derechas, siempre muy crítico con la transición por el hecho de haber hurtado a los españoles la posibilidad de escoger entre monarquía y república, y ser la causante, consideraba, de un sistema de partidos adulterado y corrupto. El biógrafo del rey no mencionaba a nadie más, pero todo el mundo interpretó que el ex banquero al que se refería era Mario Conde (desahuciado de Banesto sólo hacía unos meses) y que el medio sin escrúpulos era El Mundo de Pedro J. Ramírez. No está tan claro, en cambio, a quien se refería como persona próxima a Alfonso Guerra.

El plan, explicaba Vilallonga, consistía en un ataque sistemático a Felipe González y Narcís Serra, presidente y vicepresidente del gobierno, entonces debilitados políticamente por la crisis económica, la pérdida de la mayoría absoluta en las elecciones de 1993 y la dependencia del nacionalismo catalán. Simultáneamente se haría una “fuerte campaña” en favor de José María Aznar, el joven líder del Partido Popular, y “se irían filtrando pequeñas y breves noticias en detrimento de la figura del rey, para acabar publicando un dosier que comprometiera gravemente al monarca en algún escándalo irreparable”. La presión haría abdicar al rey en su hijo, y este, a causa de su juventud e inexperiencia, sería “más manejable” y no opondría mucha resistencia al paso a una república, que presidiría García-Trevijano. El resto del artículo lo dedicaba a hablar sobre Trevijano, asesor en los 60 del dictador guineano Francisco Macías y a quien había conocido en la Platajunta, la plataforma de oposición al régimen de Franco que se montó en París durante los últimos años de vida del dictador.

El ‘sindicato del crimen’ y las predicciones cumplidas

La primera parte del plan se produjo tal como lo había anticipado Vilallonga, puesto que desde entonces y hasta las elecciones del 96 un sector de la prensa madrileña, y en especial El Mundo, ABC y La Cope, fueron a la yugular con el gobierno de González, mediante la publicación, día sí día también, de todo tipo de escándalos de corrupción, algunos muy reales, otros posiblemente sobredimensionados y otros directamente falsos y falseados. A esto se añadía el tema del terrorismo de Estado y la supuesta sumisión de Felipe a los caprichos de Pujol. Alguna de las leyendas urbanas más recurrentes de la derechona en relación a Cataluña (como la presunta “persecución del castellano”) arraigan precisamente en aquella época entre buena parte de la opinión pública española. La famosa portada de ABC en la que se veía a Pujol y se podía leer “Igual que Franco pero al revés: persecución del castellano en Cataluña” es de 12 de septiembre de 1993.

Otra parte del pronóstico del marqués de Castellvell también se cumplió, puesto que a partir de entonces aparecieron en algunos medios conservadores informaciones sobre el rey (sus relaciones con la actriz Bárbara Rey, unas fotos donde aparecía desnudo de espaldas tomando el sol en un yate, los supuestos negocios en Kuwait aireados por Javier de la Rosa…), que hasta entonces había sido intocable.

A raíz de la muerte de Vilallonga, ocurrida en 2007, el periodista Lluís Foix, director adjunto de La Vanguardia en el momento de los hechos, escribió un artículo en el que recordaba el episodio y lo ligaba directamente a la creación, también en agosto de 1994, de la Asociación de Escritores y Periodistas Independientes (AEPI), presidida por el nobel Camilo José Cela y de la que formaban parte una larga lista de periodistas ilustres como Luis Maria Anson (entonces director de ABC), Pedro J. Ramírez (director de El Mundo), José Luis Gutiérrez (director de Diario 16), Pablo Sebastián (exdirector de El Independiente) o Antonio Herrero (director de informativos de la COPE), además de influyentes columnistas como Francisco Umbral, Antonio Gala, Federico Jiménez Losantos, José Luis Balbín, Manuel Martín Ferrand, Antonio Burgos o Raúl del Pozo. En teoría era una asociación nacida para defender la libertad de información y expresión, pero enseguida la AEPI fue conocida como el sindicato del crimen, un mote que parecía agradar a sus mismos miembros, al menos tanto como les encantaba presumir de su papel en la llegada de Aznar a la Moncloa.

Fotonoticia publicada por ‘ABC’ el 5 de mayo de 1996. Trevijano está en la segunda fila, justo detrás de Camilo José Cela.

Según explicaba Foix, Luis del Olmo fue el único del núcleo inicial que se largó poco después a toda prisa. “Estuve en la AEPI junto a otros ilustres colegas pero en cuanto olimos la mierda que allí había salimos zumbando”, diría el radiofonista. (En realidad, Del Olmo se dio de baja de la AEPI en 1996, cuando el editor de Diario 16, José Luis Domínguez, denunció en su programa de Onda Cero que había sido objeto de presiones y amenazas por parte de varios miembros de la AEPI cuando decidió prescindir de José Luis Gutiérrez).

Autorización del rey y confirmación de Anson

Lo que no se sabía en 1994 es que Vilallonga había actuado en connivencia y con la autorización expresa del mismísimo rey de España. Foix explica en su artículo de 2007 que antes de publicar la andanada de Vilallonga le llamó para preguntarle si la Casa Real estaba al corriente y si podía eliminar dos de los nombres que aparecían al escrito, y que le respondió afirmativamente a ambas cosas. En marzo de 1998, el mismo Vilallonga lo explicaría en una conferencia organizada por Tribuna Barcelona: “Lo que me contó mi fuente, un personaje ligado a los servicios secretos, me pareció tan posible que fui a ver al Rey, quien me preguntó qué se podía hacer y yo le dije que pincharía el globo antes de que subiera más alto; el Rey me dijo si estaba dispuesto a hacerlo y entonces escribí el artículo”.

El artículo de Vilallonga causó un pequeño terremoto, puesto que la prensa y los dirigentes de izquierda le dieron total credibilidad, si bien la de derechas y los aludidos optaron por ningunearlo. Pero si se volvía a referir a ello cuatro años después fue porque una inesperada réplica había sacudido aún más la actualidad política. El 16 de febrero de 1998 el semanario Tiempo abría su edición con una entrevista a Luis Maria Anson y este titular: “Para terminar con Felipe González se rozó la estabilidad del Estado”. Anson –que ya no era el director de ABC sino de Televisa España–, decía cosas como que se había planteado una operación de “acoso y derribo” porque era la única forma de acabar con González, un hecho que justificaba como necesario para garantizar la alternancia democrática.

“Había que terminar con Felipe González, ésa era la cuestión –explicaba Anson en la entrevista–. Al subir el listón de la crítica se llegó a tal extremo que en muchos momentos se rozó la estabilidad del propio Estado. Eso es verdad. Tenía razón González cuando denunció ese peligro…, pero era la única forma de sacarlo de ahí”. A pesar de que según él “no hubo conspiración alguna”, sí que admitía la celebración de reuniones en su despacho con muchos de los otros periodistas de la AEPI para coordinarse. “Vimos que era necesario elevar el listón de la crítica. Entonces se buscó ese mundo de las irregularidades, de la corrupción… No había otra manera de quebrantar a González”, añadía.

Las declaraciones de Anson (revisadas por él antes de la publicación de la entrevista) algunos las entendieron como una confirmación de lo que José Luis de Vilallonga había escrito cuatro años atrás. En todo caso, causaron una tormenta de reacciones de todos lados, entre los antiguos amigos que le acusaban de resentido por no haber obtenido del Gobierno del PP el dinero que esperaba para catapultar Televisa en España o de agradecido con el grupo Prisa por haberle metido en la Academia de la Lengua (recientemente había ingresado como académico junto con Juan Luis Cebrián), u otros analistas que explicaban su reacción porque, como monárquico de pura cepa, siempre se había sentido muy incómodo con la parte de la estrategia conspiradora que pasaba por los ataques a la Casa Real. Algunos de estos analistas especularon con la participación en el contubernio de otros personajes, representantes de los poderes políticos y judicial.

Entre las reacciones, la hemeroteca deja claro que muchos políticos del PSOE (entonces en la oposición) y de los partidos nacionalistas no dudaron en dar toda la credibilidad a esta “conspiración de salón”, reclamaron que aflorara “toda la verdad” e incluso también la intervención de la fiscalía general del Estado. También lo hizo José Luis de Vilallonga en aquella conferencia pronunciada en Tribuna Barcelona unas semanas después, cuando todavía coleaba la tormenta, que como todas acabó pasando, entre otras razones porque el fiscal general del momento, Jesús Cardenal, prefirió no mojarse y mirar hacia otro lado.

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