La rambla de las mujeres

Para lograrlo, las mujeres, mayoritarias en una huelga que implicó además a sesenta mil miembros de la clase trabajadora, apostaron para reunirse en plaza Catalunya, bajar la Rambla, cruzar la Boqueria y llegar a la residencia del gobernador civil en Pla de Palau. Estas marchas se iniciaron el 5 de agosto de 1913 y se convirtieron en un ritual diario. Que los Manifestantes no sólo fueran obreras hizo entender a las autoridades que es encontraban ante un verdadero movimiento social.

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Manifestación por la Rambla

Manifestación por la Rambla

La despersonalización de la Rambla exige que en su futura reforma se emprenda una labor pedagógica para dar al peatón la posibilidad de conocer su Historia mientras la pasea, y si Itziar González va en esa línea sería una buena idea que los paneles informativos fueran rocosos para evitar la destrucción por parte de los habituales vándalos, siempre dispuestos a destrozar la información por pura inconciencia como ya sucede en otros puntos de la ciudad. Basta caminarla para comprobar como las buenas intenciones municipales se llenan de frases rasgadas, manchas de rotulador y otras barbaridades que impiden la transmisión del conocimiento.

La Rambla siempre ha sido un campo de batalla. Entre sus episodios más célebres, e innumerables, podríamos citar las bullangas del primer tercio del siglo XIX, las huelgas generales de la pasada centuria o las barricadas fratricidas de la Guerra Civil, eso sin olvidar la manifestación inaugural del movimiento LGTBI de 1977 u otras marchas recientes para protestar contra la instalación del parque temático en nuestra ciudad.

Sin embargo, el paseo siempre ha tenido un protagonismo femenino que raramente figura en los libros de Historia, siempre dulces en cifrar el rol femenino en las floristas y las miradas de seducción a cualquier hora del día. En este sentido sería interesante valorar el papel de motor social de las prostitutas, quienes en 1909 fueron esenciales para guiar a muchos obreros durante la Semana Trágica por su conocimiento del territorio.

Las dones que fumen eran parte del paisaje, pero muchas otras tenían en la principal avenida barcelonesa varios puntos de encuentro fundamentales para enarbolar un tejido social que las convertía en elementos de lucha más allá de lo laboral. Muchas veces, por el maldito folklore tan amado por la oficialidad, olvidamos como mercados, fuentes, negocios o mercerías han sido lugares de cohesión para discutir problemáticas y emprender reivindicaciones.

En 1910 se fundó la CNT en el desaparecido Palau de les Belles Arts. El sindicato anarquista era bien consciente de las urgencias del sexo femenino y de sus precarias condiciones al combinar trabajos profesionales con los del hogar. Reclamaban la equiparación salarial y compaginar lo profesional con lo familiar. En 1912 nació en el Clot el sindicato textil La Constància, que integró en su seno tanto a niños como a mujeres. Estas estallaron en 1913 por diversos factores, entre los que cabe mencionar la inobservancia de la duración máxima del trabajo nocturno en ocho horas, tal como se había legislado en 1900. Además, solicitaron la semana de cincuenta horas y tener la tarde del sábado libre para poder atender su casa al tiempo que pedían una subida salarial del 25%, algo imperioso dado el aumento del coste de la vida y la clara injusticia mediante la cual cobraban la mitad o menos que sus homólogos masculinos.

Para conseguirlo las mujeres, mayoritarias en una huelga que implicó a más de sesenta mil miembros de la clase trabajadora, apostaron por reunirse en la plaça de Catalunya, bajar la Rambla, cruzar el mercado de la Boquería y alcanzar la residencia del gobernador civil en Pla de Palau. Estas marchas iniciaron el 5 de agosto de 1913 y se convirtieron en un ritual diario. El hecho de que las manifestantes no fueran sólo obreras hizo entender a las autoridades que se hallaban ante un verdadero movimiento social.

Durante cinco días estas mujeres llevaron a término este desfile. Empezaba a las tres de la tarde, cuando el paseo estaba hasta los topes. A medida que su lucha se consolidaba sus maridos se unieron para protegerlas de las fuerzas del orden, que en más de una ocasión lograron dispersarlas, sin impedir que más de doscientas participantes sortearan las porras y aterrizaran en la puerta de la residencia gubernamental. De este modo activaron la conciencia femenina y reincidieron en sus protestas hasta el 15 de septiembre sin seguir el horario estipulado durante las primeras jornadas.

Muchas de las lideresas de ese frenético mes, no debemos olvidar el furor veraniego en tiempos exentos de vacaciones pagadas, aportaron sus impresiones en los mítines convocados. Rosalía y Encarnació Dulcet, Marta Sans, Francesca Rivera, Conxa Bosch o Maria Prats deberían estar presentes en nuestro nomenclátor.

De hecho, Maria Prats fue decisiva al recomendar a los huelguistas volver a sus puestos cuando el Gobierno decretó la semana de sesenta horas con la tarde del sábado libre y la gradual supresión del trabajo nocturno femenino, a eliminar definitivamente en 1920. Las viudas con hijos y las mujeres casadas debían ser las primeras en beneficiarse de la medida.

La experiencia creó una comunidad cívica que volvió a activarse con la carestía de 1918, si bien entonces la ira se propagó por todos los barrios de la ciudad. Esta vinculación de la mujer con el obrerismo no desapareció tras estos penosos años, culminados con la guerra social del pistolerismo hasta la proclamación de la dictadura de Primo de Rivera en septiembre de 1923. Siguió durante la siguiente década y quien escribe no puede disimular su sonrisa al pensar en el papel clave que las mujeres de barrios como el Guinardó tuvieron en la tarea. Sin ir más lejos Frederica Montseny, la primera mujer ministra de la Historia de Europa, vivía en una casa del carrer Escornalbou ya desaparecida, porque, lo decimos en artículos no tan distintos, a este, los consistorios tienen poca consideración con el pequeño patrimonio, y quizá deberían saber que las charlas revolucionarias siempre han sido pequeñas, en silencio y bien alejadas de esos espacios monumentales tan del gusto turístico. Aquí y en cualquier otro lugar del mundo se trata, ante todo, de generar conciencia ciudadana y eso precisamente es lo que hicieron las mujeres de 1913, sabias al expandir su mensaje en la Rambla, alfa y omega, centro imperecedero de Barcelona.

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