La quiebra del municipalismo

A estas alturas no sorprende la actitud del grupo de ERC en la Casa Gran. El año pasado, algo enmendado este año, ni siquiera se mostraron favorables a regular los alquileres. Lo grave es que no tienen ni la más remota idea del significado del bien común mientras dicen ser de izquierdas

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Ada Colau / Foto: Ajuntament de Barcelona

Ada Colau / Foto: Ajuntament de Barcelona

Este miércoles hemos asistido a la constatación del disparate que el Procés y el ruido electoral han provocado en el Ajuntament de Barcelona. Alfred Bosch, para el que todo consiste en sacarse fotos y decir NO pensando en futuros y utópicos votos, ha imposibilitado que finalmente la Diagonal esté unida por el tranvía. Con ello desoye la voz de múltiples asociaciones, entidades, vecinos, universidades y hasta de la lógica del mañana que espera contemplar una ciudad sostenible, conectada y accesible para todos. No deja de resultar curioso que en una reciente encuesta sólo los habitantes de la zona alta se mostraran reacios a la propuesta de la alcaldesa, quizá porque les gusta demasiado eso del Upper y muy poco ser solidarios con la zona del Besós y los demás municipios del área metropolitana beneficiados por la medida.

A estas alturas no sorprende la actitud del grupo de ERC en la Casa Gran. El año pasado, algo enmendado este año, ni siquiera se mostraron favorables a regular los alquileres. Lo grave es que no tienen ni la más remota idea del significado del bien común mientras dicen ser de izquierdas. Pertenecer a esta ala ideológica no significa lucir banderas y llevar la no política al paroxismo, sino que más bien consiste en trabajar para el beneficio de toda la ciudadanía, algo que tampoco han entendido nunca, al menos en esta legislatura, las regidoras de la CUP, caracterizadas por su negativa a refrendar cualquier propuesta. No llegan al punto de refutar por personalismo, decir que el tranvía es de Colau es caer en un egoísmo descorazonador, pero con sus actitudes favorecen a los que dicen detestar.

Las Candidaturas de Unidad Popular (CUP) parecen estar muy a favor de los miedos de Agbar a la multiconsulta para municipalizar el agua. Hacerle el juego al holding privado, valga la redundancia, habla peor que mal de María José Lecha, Eulàlia Reguant y María Rovira, trío tralala que se escuda en que lo esgrimido ya estaba en el programa. Olvidan que la idea de consultar a la ciudadanía es la máxima expresión democrática del municipalismo. Lo olvidan mientras en otras latitudes claman por referéndums binarios de cariz bien distinto, pues una cosa es depositar el voto en cuestiones urbanas de impacto directo y otra diametralmente opuesta hacerlo en una tesitura complicada. El embrollo independentista sólo podrá solucionarse con pacto, negociación y, oh cielos, política de alta altura, término desconocido para los dos partidos criticados en este artículo, al menos en lo concerniente a la plaça de Sant Jaume.

Lo mismo ocurre con los Comuns en varios aspectos. Es sorprendente, uno no sabe si por pureza o ingenuidad, que tras el varapalo recibido no cejen en su empeño de ser ambiguos a medio gas y crean que su falsa equidistancia producirá un trasvase favorable proveniente de otras formaciones. Esta mañana iba en el tren y alucinaba con Jaume Asens. Tras el golpe, en vez de vapulear al adversario de modo constructivo, criticaba la decisión sobre los CDR. Y tiene razón. Nadie cree que esos grupos medio escultistas puedan ser terroristas, pero quien escribe considera que la misión del teniente de alcalde es trabajar para la capital de Cataluña, y ya son demasiadas las veces donde se le ha visto más allá de su función esencial, como si así creyera ganar una relevancia de la que carece.

Es evidente que la gestión de Ada Colau tiene lagunas. En breve dedicaré un tema a mi obsesión por el pequeño patrimonio, tan desdeñado que hasta podría deducirse que lo desconocen, como se ha demostrado esta misma semana con el restaurante Pitarra, destinado a devenir un pub irlandés, algo muy identitario como todo el mundo sabe. Decía J.V. Foix que m’exalta el nou i m’enamora el vell. Los gobernantes de Barcelona deberían tatuarse la fórmula y aplicarla el máximo posible. Las mejoras en los barrios y otras acciones producto de la coherencia deberían mezclarse con la comprensión de un pasado creador de presente, pues al fin y al cabo muchas de las zonas de la ciudad fueron pueblos que aún dicen bajar a la reina del Mediterráneo. Son de ella y quieren ser reconocidas, aprecian el progreso y desean escapar de la homologación iniciada en tiempos de Joan Clos.

Por otra parte, y termino, es lamentable ver cómo el Procés ha fagocitado también el consenso municipal. El Ayuntamiento nunca fue un cuento de hadas, pero tampoco es tan difícil pensar en una clave diferente a la que todo lo invade. Quizá Bosch y otros se den un disgusto en mayo de 2019. Todos y cada uno de los implicados deberían quitarse las gafas repletas de banderas para pisar la calle, pues los intereses de los barceloneses, y el triunfo de una auténtica izquierda, nacen de la suma de pequeñas teselas capaces de enhebrar y mejorar el gran mosaico, hecho añicos por pura irresponsabilidad de unos y otros. La Historia suele pasar factura, pero primero debe leerse.

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