La muerte de Carmen Broto

Nada será lo mismo si algún día el Alaska desaparece de la parte alta de Passeig de Sant Joan. Su edificio centenario y la terraza donde hora tras hora se sientan espontáneos y parroquianos ha sido testigo de amores, borracheras, discusiones, negocios, rechazos y preludios de crímenes muy razonados como el de Carmen Broto, sin duda el personaje más importante de su imaginario popular

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Nada será lo mismo si alguna vez el Alaska desaparece de la parte alta de passeig Sant Joan. Su centenario edificio y la terraza donde día y noche se sientan espontáneos y parroquianos han sido testigos de amores, borracheras, discusiones, negocios, rupturas y preludios de crímenes muy razonados como el de Carmen Broto, sin lugar a dudas el personaje más importante en su imaginario popular.

La Historia de la Barcelona contemporánea podría resumirse mediante sus crímenes, pequeñas cápsulas con capacidad para explicar el sentir de cada década. En la de 1910 la estrella fue Enriqueta Martí, perfecto chivo expiatorio en la lucha de la ciudad entre burgueses y obreros. En la de los 20 el asesinato de Salvador Seguí marcó el principio del fin del pistolerismo. Con le llegada de la República las calles se tiñeron de sangre política y con el Franquismo supuestamente no existía la delincuencia, prohibida en los periódicos porque las dictaduras deben dar apariencia de orden absoluto, sin aristas ni violencias cotidianas, quizá por eso, pasados los años, El Caso fue uno de los periódicos más incómodos para el Régimen.

La semana pasada celebramos, es un decir, el ochenta aniversario de la caída de Barcelona. Debemos recordar el éxodo de la derrota, e imaginar una cuadrícula silenciosa con muchos hombres forjados en hierro bebiendo perdidos en rincones de las tabernas. En la frontera empezaba una pesadilla, pero la capital catalana siempre es un puerto de acogida. No pensaba mezclar a Carmen Broto con Carmen Laforet; quiere la casualidad que la última explique con maestría cómo debía ser la llegada en la primerísima posguerra desde la Estació de França, sin coches motorizados y el gris aposentándose del conjunto.

Un día de 1940 apareció una rubia aragonesa. Era guapa y fue sofisticándose a medida que aprendió a entender el aire impuesto por los vencedores. Sus inicios no fueron fáciles, trabajó de cajera, haciéndolas, no vayamos a pensar otra cosa, y su belleza blonda a lo Verónica Lake le abrió muchas puertas.

Carmen Broto está envuelta en el mito. Se han escrito libros y miles de artículos con suculentas invenciones, casi siempre sin contrastar la información a la búsqueda del sensacionalismo más barato. Algunos dicen que Muñoz Ramonet, siempre en la cresta de la ola, le puso un piso de nuevo cuño en el número 16 de Sant Antoni María Claret 16 para no levantar suspicacias, bien alejado del centro. Lo cierto es que fue amante de Juan Martínez Penas, el propietario del teatro Tívoli, lo que por aquel entonces no era moco de pavo por lo limitado de las diversiones nocturnas en un mundo aún sin televisión.

Este romance es la clave de la leyenda. Carmen era joven y podía permitirse salir cuando casi nadie lo hacía. Es probable que en más de una ocasión se cruzara con la Brigada del amanecer, nombre que recibía la Gauche divine de derechas representada en el recuerdo póstumo por Juan Antonio Samaranch, pero también tenía amigos normales, como Jesús Navarro hijo y Joaquín Viñas, dos tarambanas con una existencia llena de claroscuros que el 11 de enero de 1949 decidieron intentar el gran golpe de acuerdo con Jesús Navarro padre, espadista experto en abrir cajas, puertas y lo que se encontrara por el camino.

El plan era, a priori, bastante sencillo. Esa noche Carmen fue al cine con su rico empresario. Fueron a ver Alma en suplicio al cine Metropol de Roger de Llúria y sus colegas vieron el mismo filme en otra sala. Quedaron tras el pase en casa de la bella aragonesa y fueron de bares entre el Alaska, otro del carrer Industria y un último ubicado en la plaza de la Sagrada Familia.

La estrategia de los delincuentes era la siguiente. Navarro hijo y Viñas emborracharían a la Broto y luego, con la excusa de buscar más juerga, la llevarían hacia el carrer Aribau, donde vivía Martínez Penas. Si todo iba como estaba previsto la convencerían para entrar en el apartamento de su protector, cogerían la caja fuerte y el padre les esperaría en travessera de Gràcia para realizar su trabajo y embolsarse los cuartos del interior.

Todo salió mal. Carmen dijo nones, Viñas se puso nervioso y la golpeó en la cabeza con una vara de hierro, matándola ipso facto. Estaban a la altura del Clínic y tuvieron problemas con un vigilante. Emprendieron la ruta de regreso con el fiambre en el asiento delantero y Navarro padre se quedó atónito al ver que el cargamento no era el esperado, por lo que pensó rápido y optó por enterrar el cuerpo, con joyas y un abrigo de astracán, en el huerto familiar del carrer Legalitat, donde hoy en día una escuela al lado de una gasolinera sirve como antídoto para el recuerdo.

Al amanecer el padre y Viñas se habían suicidado con sendas capsulas de cianuro compradas en una droguería de la plaza Rovira. Esa misma mañana un aprendiz de joyero de dieciséis años siguió su habitual recorrido para ir al trabajo y se encontró con un coche aparcado en el cruce de Escorial con Legalitat. Había restos de la batalla y la imagen no desapareció de su mente.

El adolescente, por si no lo saben, era Juan Marsé. En los años setenta conoció a Navarro hijo, único superviviente del homicidio. Antes, la referencia cronológica es esencial, había publicado Si te dicen que caí, censurada por la dictadura, publicada en México y leíble en España a partir de 1976. La novela, quizá la más compleja de su autor, es la clave para enmarañar el caso de Carmen Broto y nutrirlo de todos sus ingredientes morbosos, con toda la alta cúpula barcelonesa implicada en el asunto. En realidad no fue así. Han pasado siete décadas desde esa noche. Hablaremos, escribiremos y nunca sabremos toda la verdad.

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