La isla excepcional

Me apetecía más comentar aspectos más mundanos, como el muro con la bandera del Barça o la plácida sensación de hallarme fuera del reglamento estipulado en la capital; sólo por eso ya vale la pena introducirse en este callejón. Pero sin molestar a los vecinos, privilegiados en peligro por la perverisón de querer igualarnos a todos, pero sin Comunismo, sólo con asepsia

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Cada rincón de la ciudad corresponde a una parcela de vida. Con el paso del tiempo saltamos del barrio a toda la cuadrícula porque ampliamos nuestro conocimiento, pero eso no impide transitar por determinados espacios con especial redundancia, bien sea porque forma parte de nuestras rutas cotidianas o por mera costumbre. Pisar terreno consabido aporta seguridad a nuestra brújula.

Me pasa lo descrito con el carrer Cartagena, que en su interior encierra un sinfín de historias. Uno de sus tramos se llamó hasta el siete de julio de 1942, San Fermín, igualdad, y eso las autoridades franquistas no podían tolerarlo de ningún modo. Lo curioso es que, como contrapartida, un pasaje adyacente sí lleva ese nombre, y aquí les doy una pista clave para intuir el nomenclátor de siempre. Si una pequeña travesía se denomina con un nombre que no sea el de su propietario es señal que la calle principal lo llevó en el pasado. Lo vemos. Por ejemplo, en el passatge de Catalunya, denominado así porque el carrer de Sant Quintín también se llamó así durante decenios.

Si volvemos a Cartagena deberemos delimitar un poco el campo de explicaciones. Donde, como bien evocaba Mercè Rodoreda en su El carrer de les Camèlies, antes hubo barracas ahora hallamos una vía rápida relativamente reciente como el tramo de ronda Guinardó hacia passeig Maragall. Si descendemos la que por ahora es la calle protagonista del artículo alcanzaremos el Hospital de Sant Pau, vivificador de la zona y epicentro simbólico de la misma junto a su contrario, la Sagrada Familia.

Uno, cuando arriba a ese punto, siempre está tentado de ir a l’avinguda Gaudí. Hacerlo sería caer en la monotonía del tópico, por eso siempre prefiero adentrarme en lo anómalo, que en esta ocasión nos conduce hasta el cruce con Rosselló. Un poco más abajo nos da la bienvenida una inesperada entrada lateral, rareza entre rarezas.

Estamos en el passatge de León y empiezan las sospechas. Existe desde 1929 y su bautizo corresponde a su propietario, natural de Cintruénigo, Navarra. Hasta aquí todo en orden. El problema surge cuando pensamos en otras estructuras parecidas. Normalmente un pasaje corta una manzana en dos partes, pero aquí damos con una isla en sí misma, pues un bloque de edificios bifurca el pasaje originario en otros dos con ángulos de cuarenta y cinco grados que van dedicados al jesuita Pau Hernández, quien probablemente recibió este homenaje barcelonés mediante una decisión sin algún vínculo con Faustino León.

Las fuentes consultadas no se ponen muy de acuerdo sobre la dedicación profesional de este señor. La cercanía de la fábrica Damm, ahora un sitio emblemático por su relevancia en las fiestas de la Mercè y el prestigio cervecero de la firma, podría hacernos intuir que esas casas bajitas estaban destinadas a los empleados de la empresa. Podría ser, aunque también, si escarbamos más en un perímetro próximo, observamos la proliferación de pasajes fechados a finales de los años veinte, como el de Roura, que enlaza el carrer Industria con el de Còrsega.

De este modo las dos hipótesis barajadas, 1929 y el movimiento fabril de los alrededores, convergen a partir de un aumento demográfico del barrio causado por la oferta laboral en aquel entonces, cuando Barcelona creció en una década más de trescientas mil personas y abrió la puerta a inmigración no proveniente de los países catalanes. Fue el instante en que se acuñó el término murciano para referirse a cualquier recién llegado de habla castellana, como si todos ellos se dedicaran a la penumbra del incipiente metro o a la construcción de los edificios que aún hoy en día jalonan Montjuic.

La única dificultad para esta tesis es la diferencia de calidad entre ambos elementos urbanos. Las casas del passatge Roura responden al ideal Noucentista burgués y tienen aire de aspirar a una existencia plácida lejana al centro, mientras las de León y Pau Hernández se nutren de sempiterna modestia hasta constituir un mundo propio, una aldea dentro de la gran ciudad con características inasibles para todos aquellos que no habiten ese microcosmos. De hecho, esto se corroboraría por su reciente homologación con el pavimento municipal creado por el actual consistorio para equiparar muchas de estas breves vías, una acción positiva hasta cierto punto, pues en el caso que nos concierne las diferencias son infinitas y modificar el suelo las perjudica. Quizá los mandamases del Ayuntamiento, lo afirmo por desgracia con demasiada frecuencia, deberían pasear más para entender el error de cierto afán unificador, pues estos lugares contienen trazas a preservar de proclamas naif.

Son la verdadera resistencia y en su recorrido ocultan anteriores centurias. Ignoramos en demasía la maravilla del interés que algunos profesan por la Historia que nuestros pies surcan día tras día. Tanto la página Pla de Barcelona como el blog Memòria dels Barris tienen estupendas entradas que me han permitido entender como todo el perímetro próximo a Camp de l’Arpa ve marcada su forma por el influjo del antiguo camino de Horta, que sin pasar por Pau Hernández y León sí condicionó su delimitación, una ruptura con determinadas dinámicas del Eixample, como por otra parte ocurre con otras calles del barrio.

De todos modos, créanme, me apetecía más comentar aspectos mundanos, como esa pared con la bandera del Barça, la decoración de algunos números y la grata sensación de hallarme fuera del reglamento estipulado en el contrato de la capital catalana; sólo por ese detalle ya merece la pena introducirse en León y Pau Hernández, eso sí, sin molestar a sus vecinos, privilegiados en peligro por la perversión de querer igualar a todos sin Comunismo, sólo con asepsia, como si el valor que indica el viejo nombre de Cartagena fuera digno de ir a cualquier taza de wáter. La igualdad, también la urbanística, se basa en la diversidad, para lo demás ya llegarán los robots.

1 Comentario en La isla excepcional

  1. Fernando Robledo Sanz // 05/12/2018 en 18:28 // Responder

    Bonito artículo, Jordi

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*