La investidura de Ada Colau o una partida de póker en el Rick’s Café

La alcaldesa es hoy más consciente de la complejidad de la realidad sociopolítica barcelonesa y catalana. Jugar esta partida en la plaza de Sant Jaume puede ser la lección magistral que le faltaba en su carrera autodidacta

Gabriel Jaraba
 
 
 
Una dona, recolzant Colau, a Plaça Sant Jaume | Pol Rius

Una dona, recolzant Colau, a Plaça Sant Jaume | Pol Rius

La partida de póker por el ayuntamiento de Barcelona ha acabado en un resultado claro, quizás porque no había faroles, sino que en la mesa la gente estaba por la labor: un jugador que se veía ganador, uno con conciencia de su fuerza, otro más que no perdió los nervios, uno que fiaba su suerte a otro y uno más, inesperado, que ha introducido en la partida elementos de coraje e imaginación nunca vistos en nuestros tapetes verdes. El juego de la política consiste en el mismo que el de la democracia: convertir los vicios privados en virtudes públicas, de manera que ningún jugador puede censurar a otro por querer ganar y ser capaz de conseguirlo.

La falta de habilidad del jugador que ya se veía ganador para aprovechar las apuestas de los otros ha sido ciertamente sorprendente. Su enfurruñamiento y el de los suyos al verse superado no sólo es un rasgo de su carácter personal sino del momento del movimiento independentista, en su actual etapa de disgusto profundo fruto de la frustración. Pero la incapacidad de maniobra de Ernest Maragall es tan sorprendente como poco analizada. Su parálisis sólo se entiende si uno se toma en serio el postulado central del movimiento independentista respecto a estas elecciones barcelonesas: lo que estaba en juego era hacer o no de la gran ciudad la capital del Procés.

Maragall ha jugado la partida con un brazo atado a la espalda, pues lo hacía para llevar a cabo un designio: rivalidades partidistas aparte, tenía el encargo de evitar que Girona fuese la capital que una Catalunya cree más adecuada a su marco mental, cultura y propósito.

Todos acusan a todos de hacer política de bloques porque ningún jorobado se ve su joroba, pero cuando tu política consiste en delimitar un bloque y desearlo hegemónico puede pasar que lo llegues a consolidar, pero no en la dimensión que querías. Así, primero empiezas de buen talante, pidiendo ensanchar la base, pero luego asciende ese rumor rabioso de fondo, los feos panfleto distribuidos en la calle a última hora y el 80 por ciento de la consellera Maritxell Budó. Y también la parálisis silenciosa de Junts per Catalunya, confiándolo todo a la fuerza del bloque por si este, una vez establecido, organizaba la repartidora.

Al final resulta que el candidato del designio jugaba a cara o cruz en medio de lo que en realidad era un juego de envite. El candidato de ERC ha podido comprobar que no basta con un relato poderoso para ganar porque la democracia es algo más que seducción de las masas: un sistema de contrapesos y equilibrios en el que el pragmatismo juega el papel de toma de tierra para evitar que el sentimentalismo conduzca al desastre.

Quizás por eso Joaquim Forn hizo como en la película Casablanca y el Rick’s Café: “señores, aquí se juega!”, acusando a Ada Colau de formar parte de una “operación política urdida pos los “poderosos”, como si él sólo hubiera tratado con Cáritas y la fundación Arrels durante su experiencia como concejal por CiU.

Collboni y Valls

En esta partida ha habido dos elementos que merecen atención continuada porque encierran potenciales de futuro: las actitudes de Jaume Collboni y de Manuel Valls. Ambas demuestran no sólo una serenidad política notable, sino un temple humano elogiable, y reclaman ser observadas más allá de la propaganda, la mezquindad política y personal y la frivolidad.

El candidato socialista no era precisamente lo que se dice un líder de masas, pero no sólo se ha mostrado como un candidato cercano a la gente, humilde y con una oreja muy grande para percibir las voces populares, sino que se ha mantenido firme y en pie en medio de unos torbellinos que podían marear a más de uno.

Collboni ha planteado su alianza sin reproches al mal estilo con el que fue expulsado del pacto anterior y no ha querido parecer más alto de lo que es; su altura personal y política cobran una dimensión distinta después de todo esto. Si han de ser sinceros, muchos, y entre ellos unos cuantos dirigentes de su partido, habrán de decir que Jaume Collboni podrá ser, en el futuro, un buen alcalde de Barcelona.

Manuel Valls ha protagonizado la jugada política del año con una acción nunca vista en una ciudad y un país que suelen producir engendros como el pacto fallido Reventós-Pujol, que impidió que la izquierda mantuviese posiciones en la Generalitat y ganase otras más. O los tripartitos con ERC e ICV, dedicados a torpedear persistentemente el gobierno de izquierdas desde dentro (porque ya pensaban, ¿ambos?, en lo que vendría después).

La patria mundial del tacticismo ha asistido a un gesto de valentía, inteligencia táctica y estratégica, generosidad y calidad humana personal por parte del ex primer ministro de la República francesa, que no tiene igual y que nuestra cultura política no está en condiciones de valorar adecuadamente. Valls ha sido capaz de convertir su pobre resultado electoral en un triunfo y en erigirse en piedra de toque del final de la partida.

Bienvenido sea su “desconocimiento” de la ciudad, si ello le lleva a actuar de manera tan desconocida por estas tierras. Quien ha sido presentado como un perdedor por una propaganda y cierto brutalismo en el relato político ha sido quien ha decidido quién sería el vencedor. Oiremos hablar más de lo que creemos de este pretendido paracaidista que se ha hecho con la torre de control.

El reto de Colau

El interrogante realmente importante que ahora se plantea es cómo será esta nueva etapa de Ada Colau como alcaldesa. Estos últimos días la hemos visto en todo su esplendor haciendo guiños a objetivos diametralmente opuestos y hemos comprobado su calidad de luchadora de sumo capaz de escurrirse de modo impresionantemente resbaloso de los abrazos del contrario. No sabemos aún si ha acabado por darse cuenta de que asumir, ni que sea de soslayo, algunos postulados del relato procesista es kryptonita para una superselfmadewoman fogueada como ella en la adversidad (como los resultados en Nou Barris parecen mostrar).

Falta además por ver cómo se las apaña con una organización política que ha acabado deshilachada y casi desarmada a fuerza de confundir la nueva política con un oportunismo de nuevo tipo. Pero de lo que sí es consciente es de la complejidad de la realidad sociopolítica barcelonesa y catalana, y en eso supera gran parte de los actores políticos con los que comparte escena.

Por ser consciente de esa complejidad, en su investidura como alcaldesa Ada Colau se mostró al final de la partida no como la ganadora de la timba sino como invitada de honor a un funeral. Algún día sabremos si sus especiales maneras de ponerse de perfil están motivadas por la conciencia de la complejidad o por otra cosa que el tiempo nos acabará diciendo: dijo que no quería los votos de Valls, pero los ha tomado.

Jugar esta partida en el Rick’s Café improvisado en la plaza de Sant Jaume puede ser, para una persona como Ada Colau, la lección magistral que le faltaba en su carrera autodidacta. Sobre todo, si se fija bien en Miquel Iceta, el primero que en la noche electoral vio la rendija y la penúltima víctima de los bloques.

Gabriel Jaraba
Sobre Gabriel Jaraba

Gabriel Jaraba (Barcelona, 1950) és periodista, escriptor, professor i investigador. Doctor en Comunicació i Periodisme, és professor a la Universitat Autònoma de Barcelona. Autor de “Periodismo en internet”, “Twitter para periodistas”, “YouTuber” i “Hazlo con tu Smartphone”. Contacto: Twitter | Más artículos

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