ENTREVISTA | Aboubajar Soumaroho, líder sindical

«La guerra de los jornaleros no es con los patrones: ellos también están aplastados por el mercado»

Aboubajar Soumaroho es un líder sindical que ha organizado a los trabajadores de la cosecha en Italia. En su mayor parte migrantes, los jornaleros se ven doblemente vulnerados: explotados laboralmente y víctimas de un racismo que Soumaraho considera “institucionalizado y transversal”

Sandra Vicente
 
 
 
Aboubajar Soumaroho, líder sindical que ha organizado a los trabajadores de la cosecha en Italia / Sandra Vicente

Aboubajar Soumaroho, líder sindical que ha organizado a los trabajadores de la cosecha en Italia / Sandra Vicente

El pasado agosto los campos calabreses, durante un día, no tuvieron a nadie que recogiera su fruta. Ante la incredulidad de los patrones y las administraciones locales, centenares de jornaleros abandonaron sus guantes y sus puestos de trabajo frente a los árboles frutales y se calzaron gorras rojas para marchar bajo el cálido sol italiano. Aquella acción, conocida como la ‘marcha de las gorras rojas’, fue más que una huelga de jornaleros. Fue la visibilización del colectivo de trabajadores -en su mayor parte migrantes- que ponen el broche de calidad a los aclamados productos frutales ‘made in Italy’.

Aquel día de agosto los jornaleros no hicieron más que pedir por sus derechos laborales incumplidos que, más allá del salario, les cuestan la vida: un día antes de la huelga, 16 trabajadores murieron en un accidente de trafico. Cuando los trabajadores viven a más de 40km del lugar donde trabajan, el patrón debe pagar el transporte. Y lo pagó, però solo una furgoneta para 16 personas: “estaban aplastados y el accidente fue inevitable. Pero no fue un accidente vial, sinó laboral. Ese día, por fin, alguién gritó: ‘Hoy es nuestro día’”, recuerda Aboubakar Soumaroho.

Este líder sindical, residente en Italia y proveniente de Ivory, se ha puesto al frente de las movilizaciones de trabajadores del campo, en los sindicatos de base agrícola, que organizan las luchas de los jornaleros en base a un principio claro: “no somos migrantes, somos trabajadores”, afirma Soumaroho, golpeando rítmicamente la mesa de madera con su índice para recalcar los puntos clave de su discurso, que pronuncia de manera tranquila. Acompaña sus palabras con leve bamboleo de su cuerpo, cerrando los ojos mientras escucha, para luego abrirlos de par en par y acercar el torso a su interlocutor para denunciar la “institucionalización del racismo en Italia”.

Es para hablar de ello para lo que ha aterrizado en Barcelona, en el marco del festival de Cine Migrante. Viene para participar en el círculo de debate ‘Migración, Trabajo y Racismo’, al que acude acompañado de un cartel que reza ‘Riace non si arresta’, en referencia a la detención de Domenico Lucano, alcalde de Riace, una pequeña población en horas bajas que fue repoblada con trabajadores migrantes a los que se dio un trabajo y un techo. Un pueblo que funcionaba, casi como una utopía, pero que acabó con la criminalización del alcalde por “favorecer la migración iregular”.

Con los grandes flujos de población, la mano de obra migrante se ha convertido en un gran poder económico, però también en un gran pozo de explotación laboral, sobretodo para aquellos que trabajan sin contrato ni papeles en regla. ¿Cómo se defienden sus derechos?

Debemos tener en cuenta dos factores: el primero es que las leyes están afectadas por la cultura. Juntas, crean una categoría especial para los migrantes dentro de la sociedad. Al racismo le da igual que tengamos permiso de trabajo o no. A pesar de saber científicamente que las razas no existen, la cultura racista ha derivado en una discriminación presente en las leyes que nos lleva a hablar de institucionalización del racismo. Por tanto, los migrantes somos otra cosa respecto al resto de la población. Somos el otro.

El segundo factor tiene que ver con las relaciones internas del mundo del trabajo: los trabajadores deben serlo, con los mismos derechos, independientemente de si son migrantes o no. Pero los migrantes están estigmatizados y, en consecuencia, explotados. Evidentemente que el trabajo es precario para cualquiera, pero si le sumas el factor racial, la vulnerabilidad laboral crece. Por ello debemos darles voz para que se organicen, no en tanto que migrantes, sino dentro de un marco general, con todos los demás trabajadores. Y en esto debemos prestar especial atención a la situación de las mujeres. El antirracismo y el antisexismo se deben entrelazar.

Las mujeres de colectivos vulnerables se exponen a una doble explotación. Lo vimos en las agresiones sexuales que se dieron entre las recolectoras de fruta en Huelva durante este año. ¿Cómo responden sindicatos como el suyo ante estas situaciones?

Partimos de la base que la actividad sindical no se limita al perímetro de aquello estrictamente laboral. El sindicato parte de ese espacio, pero tiene presente que fuera está la vida, y antes de tratar el trabajo, debemos prestar atención a la vida. El sindicato debe servir de conector entre lo social y lo laboral y las mujeres, que viven una doble explotación, son mujeres antes que migrantes. Si hemos conseguido esta concepción no es porque nos lo hayan regalado, y si las mujeres tienen voz, no es gracias a nosotros, es porque ellas la han tomado.

Nos dicen que somos un sindicato anómalo, pero la anomalía es no haber entendido hoy en día las actuales características de la composición social. Reclamamos la igualdad en el trabajo y en el salario: a todo el que trabaja, se le paga, seas mujer, hombre, migrante o no.

¿Cómo posibilitan la interconexión entre vida, sindicato y trabajo?

A través de la participación activa, del protagonismo directo. Intentando encontrar elementos comunes denominadores. Si no lo hacemos, enviamos al otro al gueto. En cambio, poner a la diversidad junta, es eliminar las diferencias.

Aboubajar Soumaroho, líder sindical que ha organizado a los trabajadores de la cosecha en Italia / Sandra Vicente

La participación es empoderamiento y una de las grandes muestras de poder de los colectivos invisibles fue la Marcha de las Gorras Rojas. ¿Cómo se llega a ese punto?

Partimos de la alfabetización en derechos sindicales. Nuestras asambleas y reuniones son larguísimas, porque se habla en francés, bambara, ashanti, inglés, árabe e italiano. Todo esto para hacer entender a quien se levanta a las tres de la mañana para trabajar desde el alba hasta al atardecer, cuáles son los derechos previstos en el contrato. Sabemos cuáles son los deberes, pero ¿qué hay de los derechos?

Una jornada es de seis horas y media; una hora más ya es una hora extraordinaria. La paga diaria es de 54 euros. Pero tenemos personas que cuando explicamos esto tan básico, se sorprenden porque cobran 25 euros por jornadas de 12 horas. También explicamos que cuando vives a más de 40km de donde trabajas, el patrón debe pagar el transporte. Pero luego nos encontramos con trabajadores que han muerto por ser 20 en un furgón, porque no saben cuáles son sus derechos.

Sabiendo esto, se crea una consciencia individual que lleva a la colectiva. Y luego a la organización. Y es de este caldo de cultivo de donde sale una marcha como la de las Gorras Rojas

¿Cómo respondieron los patrones y las administraciones ante una huelga de este calibre?

El patrón, al ver que por la mañana nadie salía del furgón en el que el día anterior habían muerto los compañeros y entendió que aquél día nadie trabajaría en sus campos, entendió finalmente que con un dron o un ordenador no se pueden recoger los tomates. Que necesitas manos humanas porque los frutos recogidos con máquina no son buenos.

Y en lo que respecta a los políticos… ¿dónde están? La política se esconde administrativa se esconde. Se escapa. La importante es esa política que no se ve: la gran cadena de distribución organizada que decide el precio, la comercialización y la llegada al supermercado. Es una realidad que ha comisariado la política y esa es nuestra gran enemiga. Los conflictos diarios son con el patrón o el agricultor, pero ellos también están aplastados por la gran distribución. Para salir de esta explotación colectiva debemos organizarnos, pero buscando la alianza: los peones, productores, agricultores y consumidores. No queremos dejar de trabajar en el campo pero, siendo nuestras manos las que consienten ese sello de calidad que tienen los productos italianos, sólo pedimos condiciones de trabajo. Por ello hay que atender a los consumidores: si encuentras un tomate bueno debes ser consciente de quién lo ha cogido y en qué condiciones.

¿Qué opina de quienes apuntan a las mafias de tráfico de personas cuando se les preguntan por las explotaciones y vulneraciones de derechos de los colectivos de migrantes?

Explotación y migración es una ecuación que se ha generado en el curso de los años por parte de aquellos que se han querido esconder detrás del crecimiento económico. La combinación de ambos términos tiene bajo control el colectivo migrante, generando una alteridad que nos devuelve a la institucionalización del racismo.

Decir que la explotación se debe a la mafia no es sólo un modo de no afrontar la explotación, sino que se crea un enemigo público para distraer a la población sobre otros temas más importantes. La migración no deriva en crimen, sino en mano de obra invisible, chantajeable y vulnerable.

Aboubajar Soumaroho, líder sindical que ha organizado a los trabajadores de la cosecha en Italia / Sandra Vicente

Lucano, alcalde de Riace, destruyó esa imagen de enemigo público de los migrantes y puso el énfasis en la explotación que sufrían. Al final, la criminalización de la que hablaba ha caído sobre el propio Lucano.

El sistema crea monstruos: criminalizar a quien emplea migrantes y refugiados, que son seres humanos y tienen derecho a la vida es inhumano. Y paradójico: Lucano daba una documentación que permitía a los migrantes entrar en un mecanismo legal deshumanizante. Él creo un modelo económicamente rentable y digno para las personas. Mientras que el sistema oficial quita el alma.

Pero esto no es problema de un señor que se llame Salvini (actual ministro de Interior de Italia, perteneciente al partido de extrema derecha ‘Liga Norte’), sino que viene de mucho antes. Incluso cuando estaba la izquierda en el gobierno. El racismo institucional es transversal y no entiende de partidos.

Riace consiguió un modelo económico que, a pesar de respetar los derechos a los trabajadores, era perfectamente viable. ¿Cómo afecta esta realidad a la tónica capitalista de minimizar gastos para aumentar beneficios en la que estaban inmersos los jornaleros?

El racismo institucional viene de la sociedad; el trabajo se ha convertido en una la partida, en una competición entre trabajadores, que siempre buscan ese enemigo (ya sea en lo social o en lo económico) para poder ascender. El racismo es eso, pero necesitamos entender que para avanzar, todos, necesitamos organizarnos en torno a las necesidades comunes que tenemos como trabajadores.

¿Desde el sindicato se plantean dar el salto a la política?

Ya hacemos política. Política sindical. Y haremos que llegue a la esfera institucional, pero nuestro deber está en el campo, con los trabajadores, independiente de partidos y siglas.

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