La fuente pública de travessera de Gràcia

La fuente del número 126 de la travessera de Gràcia, antaño una vía romana, no conserva su estado primigenio. Es de suponer que, más o menos a mediados de los años veinte del siglo pasado, el ceramista Salvador Sunet le dio su forma tradicional mediante una serie de azulejos con dos mascarones algo diabólicos que esputan agua hacia dos copas situadas en la parte inferior de su obra

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Un jueves por la tarde, rodeado de treinta personas expectantes, miré a quince metros de distancia y pronuncié las siguientes palabras: La escasez de agua en que se hallaba el barrio de Gracia impulsó al Ayuntamiento a la construcción de esta fuente, que empezó a fluir el día cinco de abril de 1845.

Dicho esto, todos los presentes se sorprendieron por mi agudeza visual. Acababa de leer lo grabado en la piedra de la fuente pública de travessera de Gràcia, culminada en la fecha del escrito tras un año de construcción dadas las graves dificultades de la zona para proveerse de líquido elemento.

Por aquel entonces Gràcia formaba parte de Barcelona. Se había independizado durante el trienio liberal y volvería a hacerlo en 1850. Uno de los principales argumentos que Barcelona usó para evitar la circunstancia fue la fuente, pagada con dinero del municipio.

Resulta complicado imaginar la Vila durante ese instante. Un daguerrotipo de 1842 puede darnos pistas. Si uno se fija con atención verá dos grandes construcciones que sobresalen del resto. Una es el Palau de la Virreina, donde otrora había veraneado la viuda del Virrey Amat, residente durante todo el año en su palacio de la Rambla, actualmente uno de los centros expositivos de la capital catalana.

La otra es la fábrica textil Puigmartí, donde hoy en día localizamos la plaça del Poble Romaní, a la que por distintas tesituras le ha dado por aparecer con frecuencia en esta serie de artículos.

Entre Barcelona y Gràcia media un buen trecho de terreno vacío. Es el llano urbano que más tarde configuraría el Eixample, por eso la última calle del barrio era la de Bonavista, y sí, el nombre hace la cosa, sobran las palabras.

El paseo de Gràcia, magnífico vínculo de unión entre la futura metrópolis y la localidad que nos concierne, era un esbozo de su porvenir, pero ya permitía a los señores acudir con más velocidad a sus destinaciones de asueto. Entendían llegar a una frontera cuando veían la Fuente de Ceres, de Celdoni Guixà, ubicada desde junio de 1830 más o menos donde el obelisco del Cinc d’Oros, más tarde trasladada a la plaça del Sortidor del Poble Sec y, finalmente, a Montjuic al considerar la montaña un lugar más digno para su belleza.

Gràcia iba industrializándose y creciendo de población a paso de gigante. En este sentido la fuente pública de travessera de Gràcia es una reliquia de un paréntesis. El mismo día de su inauguración cobró vida otra en la plaça Trilla, uno de esos rincones ignorados por los barceloneses que no conocen la Vila, como si esta terminara en la estación del metro de Fontana, nombre originario de una finca ubicada en Gran de Gràcia con Rambla del Prat.

La fuente del número 126 de la travessera, antaño una vía romana, no conserva su estado primigenio. Es de suponer que, más o menos a mediados de los años veinte del siglo pasado, el ceramista Salvador Sunet le dio su forma tradicional mediante una serie de azulejos con dos mascarones algo diabólicos que esputan agua hacia dos copas situadas en la parte inferior de su obra. La farola de su sección superior muestra su importancia.

De sus detalles, enclaustrado como está en este extraño reducto mezcla de incesante tráfico y pequeñas empresas empecinadas en sobrevivir, destaco su balcón superior, que me lleva con naturalidad a asociarlo con otras fuentes del centro de Barcelona, como la Fivaller de la plaça de Sant Just i Pastor, la decana de Barcelona al edificarse en 1367, o la de Santa María del Mar, de 1402.

En ambas se observa esta balaustrada, también presente en nuestra protagonista de hoy, para obtener un sencillo mirador para mayor gloria de la burguesía de mediados del siglo XIX, ufana por poder disponer de una perfecta visión de las alturas, pues no debemos olvidar cómo durante siglos situarse por encima de las pisadas cotidianas era un indudable signo de distinción, basta pensar en la etimología del término caballero.

Nuestra amiga de travessera me hace jugar con mi legado asociativo. Me viene a la cabeza la barbaridad de noches donde José Luis y servidor agotamos el mapa barcelonés del señor Rovira, trazado en su homónima plaza. Gràcia se ve con un entramado idéntico al que recorro siempre que puedo, con la travessera confluyendo en Joanic, donde a buen seguro el arquitecto había previsto un ágora más sobresaliente de lo habitual.

La otra reflexión me lleva al desdén del barcelonés por las fuentes. Las más veteranas de su planisferio suelen maltratarse en muchos aspectos, desde su cuidado hasta su atención, como si carecieran de importancia. La de Portaferrissa aún luce digna, como la de Hércules, medio sepultada en medio de tantas atracciones turísticas, no así la de Nou de la Rambla, de 1826 y relacionada con la construcción ese mismo año de un acueducto hacia Barcelona impulsado por el Marqués de Campo Sagrado.

Quizá ahora mi favorita sea la de plaça Molina, erigida por el ayuntamiento de Sant Gervasi de Cassoles en 1874. Por eso luce su escudo. Esta zona fue elegida por muchos intelectuales a finales del siglo XIX para alejarse del ruido barcelonés. Joan Maragall es el más conocido, pero cerca de su casa podemos admirar los jardines de Enric Sagnier con la finca de estío del arquitecto más prolífico en territorio condal.

Gràcia, como muchos pueblos de la cercanía, pasó a formar parte de Barcelona el 20 de abril de 1897, cuando era una de las diez ciudades más importantes de España. Muchos no lo saben, pero sigue siendo independiente, al menos a juzgar por los tres mástiles de su ayuntamiento, donde sólo luce en el centro la bandera de la Vila. Al fin y al cabo, esto de ser de una u otra parte es un estado de ánimo.

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