EL ANÁLISIS ... PLURAL

La Crida de Puigdemont enciende la batalla por la hegemonía independentista

La celebración de la primera asamblea nacional del PDeCAT llega días después de la presentación del movimiento Crida Nacional para la República de Carles Puigdemont, Quim Torra y Jordi Sánchez. La batalla por el poder y el liderazgo en el campo independentista entra en una nueva fase de conflicto. Estas son las claves.

Jaume Risquete
 
 
 
Quim Torra i Carles Puigdemont / @QuimTorraiPla

Quim Torra i Carles Puigdemont / @QuimTorraiPla

La nueva marca política liderada por Carles Puigdemont (la Crida Nacional per la República) marca un punto más en la extrema y radical posmodernización de la política catalana que ha impulsado el proceso surgido a raíz del frustrado y frustrante nuevo Estatuto de Autonomía del gobierno Tripartito.

Pero la política postmoderna tiene muchos elementos de la política moderna, especialmente en cuanto al concepto gramsciano de hegemonía. Y es aquí donde hay que situar -y que cada uno use la expresión que quiera- el punto de desavenencia, el choque, la división… entre JxCat y ERC en el Parlament el día 18 de julio: la hegemonía política que Puigdemont fue capaz de mantener ante la ERC de Oriol Junqueras el 21 de diciembre del 2017.

Puigdemont quiere que el PDeCAT se adhiera a su propuesta -ergo que se disuelva- y presentarse ante el independentismo catalán -que volverá a llenar las calles de Catalunya entre el próximo 11 de septiembre y el 1 de ‘octubre- una vez más como el líder de este movimiento masivo de clase media.

El éxito de esta empresa podría, incluso, amenazar con un trasvase de militantes y votantes de ERC hacia el proyecto, personalista, de Puigdemont. Lo que podría hacer realidad el deseo de Puigdemont y su entorno: una candidatura conjunta para las próximas municipales. Y quien sabe, si las encuestas le vuelven a poner por delante de ERC, a unas nuevas elecciones al Parlament de Catalunya.

Si en esta asamblea del PDeCAT cae Marta Pascal, todo el poder será para Puigdemont y su entorno: la parte menos socialdemócrata de la antigua Convergència, la más liberal y conservadora. Y la que hubiera preferido que Rajoy y el PP se mantuviera en el poder para continuar en la estrategia de la polarización y la confrontación entre los extremos. Este es el trasfondo que se decide este fin de semana, mientras Puigdemont lo mirará de vuelta a Waterloo. Más posmoderno, todo ello, imposible.

Como hemos llegado hasta aquí

El ‘fenómeno Puigdemont’ es un rasgo de la política postmoderna de los últimos años, tanto en Occidente como en otras regiones del mundo como Latinoamérica. Es la conversión de partidos políticos en movimientos surgidos en sociedades fragmentadas, donde el eje derecha-izquierda ha quedado desdibujado. Pero en Catalunya hay un precedente. Y es, precisamente, CiU.

CiU nació como movimiento liderado por la figura de Jordi Pujol, que aglutinaba la derecha catalana y catalanista, fusión de liberales, socialdemócratas y cristianodemócratas (ya había neoliberales, pero el concepto, a pesar de existir desde el 1938, no se usaba). La caída del mito Pujol, añadido a las multitudinarias manifestaciones desde 2012, han llevado hacia el independentismo una buena parte de la clase media catalana, convirtiendo el proceso en el movimiento social masivo más importante en Europa en los últimos años.

Este movimiento político y social, sin el apoyo masivo de esta clase media catalana -que ha sufrido la crisis económica, que se ha sentido identitariamente humillada y que encajó muy mal los años del Tripartito de izquierdas- no habría sido capaz de convertirse en un fenómeno extraordinario. Un fenómeno que se traduce en el hecho objetivo de que el independentismo ha pasado de menos del 15% a un 40-48% en sólo una década.

El papel de ERC

No ha sido ERC -parte de aquel Tripartito indigesto para el mundo convergente, ni mucho menos la CUP quienes están detrás del éxito del fenómeno. La clave está en esa mesocracia catalana y catalanista, desencantada y deprimida, que ha encontrado en la revolución de las sonrisas una especie de terapia psicológica grupal. Una válvula de escape de esta frustración colectiva. Y es en este contexto de presunta unidad del movimiento independentista que se puede tener el espejismo de ver un grupo mayoritario en Catalunya llevado por un ideal común por encima de ideologías: el nacimiento de una República catalana.

Hay el alma izquierdista de ERC -Joan Tardà, entre otros dirigentes- que apuesta por el sorpasso ya final y conseguir la hegemonía. Y al mismo tiempo está la otra alma que parece tener miedo a dejar el liderazgo del proceso a su mismo partido. Y de hecho, ven en el movimiento Crida Nacional para la República una versión del Scottish National Party.

Del mismo modo que en Convergència convivían dos almas (liberal y socialdemócrata), en Esquerra Republicana de Catalunya también conviven dos almas: una de izquierdas y una más de centro o liberal -sobre todo en el hecho económico- que impiden el que ya debería haber pasado en las últimas elecciones al Parlament de Catalunya: el sorpasso de ERC sobre el antiguo mundo de Convergència transmutado en una sopa de siglas políticas (JxCat, PDeCAT) mezclado con movimientos sociales y culturales.

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