La Constitución de ayer cumple 40 años: momento de pensar la de mañana

Varias generaciones veían, por primera vez, la opción de vivir protegidos con derechos y libertades constitucionales. La Constitución fue, lógicamente, fruto de los tiempos convulsos de donde se salía. Pero han pasado cuarenta años. Las lecturas que se han de hacer no deben ser de la nostalgia de lo que se dejó atrás, sino desde la voluntad de adaptarse a lo que está por venir

Guillem Pujol
 
 
 
Homenatge a la Constitució a Ribadavia (Galícia), 1990 | Wikimedia

Homenatge a la Constitució a Ribadavia (Galícia), 1990 | Wikimedia

La Constitución Española ya ha cumplido cuarenta años, aunque es innegable que llega a esta edad con un débil estado de salud. El 6 de diciembre de 1978 se sellaba la transición de España de una dictadura a una democracia liberal, refrendada por la primera Constitución democrática en la historia del país, ya que la Constitución de Cádiz de 1812 nunca reconoció el sufragio universal.

En palabras de Manuel Vázquez Montalbán, la Constitución nacía como resultado de una correlación de debilidades; es decir, se asumía la posición de fuerza que mantenía el régimen franquista para guiar el proceso hacia la democracia que estaba por venir. Esto no significa que hubiera renuncias por parte de quienes tenían la batuta; sabían que el anhelo de la gran parte de la población era dar este paso hacia la democracia, y, estando Franco muerto, ya no se podía mantener el régimen franquista a base de porrazos.

Así, en un miércoles de diciembre, se aprobaba en referéndum la Constitución Española que dura hasta el día de hoy. En total, fueron 17.872.271 millones de ciudadanos y ciudadanas que se movilizaron en las urnas, lo que representaba un 67.11% del total de electores. La victoria por sí se selló con el apoyo del 88.54% de los participantes, un éxito rotundo. Después de tantos años de dictadura, la llegada de la democracia era una buena noticia.

Cataluña fue unas de las Comunidades Autónomas que con mejores ojos miraron el nuevo texto fundacional: un 90.46% de los electores le dieron su visto bueno. No importaba, en ese momento, que se incluyera la Monarquía con calzador en contra la opinión de la sociedad española tal y como confesó en un descuido Adolfo Suárez. La Constitución marcaba un punto y aparte en la historia de un país que sufría de forma ininterrumpida desde el inicio del golpe de Estado contra la II República en julio de 1936.

Varias generaciones que habían nacido y vivido la posguerra, veían, por primera vez, la opción de vivir protegidos con derechos y libertades constitucionales. La Constitución fue, lógicamente, fruto de los tiempos convulsos de donde se salía. Pero han pasado cuarenta años. Las lecturas que se deben hacer de la Constitución no serán de la nostalgia de lo que se dejó atrás, sino desde la voluntad de adaptarse a lo que está por venir. Y hay una serie de hechos que, mirándolos hoy en día, despiertan dudas sobre su validez a la hora de representar los diferentes pueblos que conforman el Estado español.

Decía Thomas Jefferson, uno de los padres de la Constitución americana de 1776, que tanto la Constitución como las leyes deberían expirar regularmente al cabo de 19 años, a no ser que fueran renovadas de manera activa durante la legislatura. Su razonamiento se basaba en tres principios:

  1. Tanto la Constitución como las leyes deben representar la voluntad de la gente.
  2. La voluntad de la gente varía a medida que crecen y nacen nuevas generaciones.
  3. El derecho a revocar una ley pasada no es el mismo que el derecho a elegir las leyes propias.

Si hacemos los números y nos preguntamos cuánta de la gente que vive hoy en día votó el texto central de nuestra democracia, y teniendo en cuenta que para votar tenías que tener 21 años, vemos que aproximadamente sólo un 30% de la población que vive hoy en España tuvo la oportunidad de pronunciarse. Es decir, quien pudo votar la Constitución tiene hoy en día, como mínimo, 61 años.

Quizá no hay que leer Jefferson para llegar a la conclusión de que este hecho significa un agravio comparativo para aquellas personas que nacen hoy en día. La mayoría de los habitantes de España de hoy, y en mayor medida en un futuro, lo harán bajo unas leyes heredadas por unos cuantos políticos, todos hombres, que vivían unos tiempos que poco o nada tienen que ver con los actuales.

Uno de los cambios que por suerte han llevado a los nuevos tiempos es el movimiento feminista. El patriarcado perdura hoy en día, y aún ejerce su cadena en infinidad de escenas cotidianas. Pero poco a poco la sociedad madura no tanto hacia la igualdad formal (que todavía queda camino) como la igualdad real. Por eso no es comprensible que La Constitución, el texto sagrado para toda democracia, fuera elaborada exclusivamente por hombres.

Siete fueron los “Padres” de la Constitución: Gabriel Cisneros, de la Unión de Centro Democrático (UCD); Manuel Fraga Iribarne, Ministro de Información y Turismo durante el Franquismo; Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, de la UCD; Gregorio Peces-Barba, diputado del PSOE; José Pedro Pérez-LORCA, también de la UCDMiquel Roca Junyent, fundador de Convergencia Democrática de Cataluña y Jordi Solé Tura, del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC).

Dejando aparte que la composición y elección de los “Padres” fundadores ya revela la correlación de debilidades que comentábamos, el hecho de que nuestra Constitución no conste de ninguna “Madre” es, en sí mismo, una anomalía democrática importante. Y una razón para repensarla y reformularla.

Y, por supuesto, esto no sería así si la Constitución hubiera demostrado fácilmente modificable con el paso del tiempo. Pero no ha sido así. De hecho, es la Constitución menos reformada de toda la Unión Europea. En estos cuarenta años de historia democrática, la Constitución sólo ha sido modificada en dos ocasiones. La primera, durante julio de 1992, fue para adecuarse a los requerimientos del Tratado de la Unión Europea (conocido como Tratado de Maastrich). Concretamente, la reforma consistió simplemente en añadir, en el artículo 13.2, la expresión “y pasivo”, que hacía referencia al ejercicio del derecho a sufragio de los extranjeros en las elecciones municipales.

Si la primera reforma venía más bien por la necesidad de homologarse con otras realidades jurídicas, la segunda reforma, del 2011, se percibió como una traición a la población. El día 23 de agosto, en plenas vacaciones de verano y lejos de la presión mediática, se modificaba el artículo 135 estableciendo en el texto el concepto de estabilidad presupuestaria para satisfacer los intereses de la deuda por delante de los intereses de la población española. España renunciaba prácticamente, pero sobretodo, simbólicamnete a su sobiranía. Aquél hecho iniciaría el fin del sistema bipartidista y una ola de descontento con las instituciones que dura hasta hoy en día.

Hoy, cuarenta años después, hay muchos motivos para modificar la Constitución. Sea por la necesidad de hacer del Senado una cámara territorial funcional, para introducir la posibilidad de hacer un referéndum, o para modificar la ley electoral. Pero quizás el mejor argumento es para hacerla adecuada a los tiempos que vivimos. Una Constitución viva que nos incluya a todas.

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